2018 Gervasio
—¡¡¡NO MAMES… ahora ya sé lo que sientes!!! —aseguró mi hermano Fidel a la mañana siguiente de una noche de copas locas. Él y Martín, otro compañero de trabajo, salieron a algún bar, ahí conocieron a dos atractivas mujeres que igual habían ido a divertirse, bebieron, bailaron y sin más, ellas los invitaron a su hotel. Cada uno estuvo con su respectiva chica y de repente ellas propusieron un cambio de pareja, así que también tuvieron sexo con la otra. Despertaron secos de semen, se vistieron y con un simple adiós salieron de la habitación sintiéndose mitad hechizados, mitad impunes. No, no hubo intercambio de números telefónicos, resacas culposas en ellas, expectativas para un segundo encuentro, ni apuro por fingir ningún interés de corte emocional, nada más allá del placer que lograron exprimir a la noche.
—Ellas cogieron por gusto y punto… —señaló de nuevo Fidel— ¡se siente increíble!, tal y como lo hacen “ustedes”. —Supongo se refería a los hombres homosexuales… o al tipo de homosexuales que lo último que tenemos en mente cuando la pulsión sexual es arrolladora y urgente, es romance e intenciones serias.
Afortunadamente, de ese tipo de hombres existimos MUCHOS, los suficientes para llenar toda clase de lugares de encuentro: cines porno, cabinas, dark rooms y mis favoritos desde hace 30 años, los baños de vapor o saunas que, a diferencia de los tres primeros tipos de putero, brindan la oportunidad de mirar en toda su desnuda realidad los atributos físicos de un hombre.
Mis iniciales 15 años de ligue en el mundo gay se ejercieron sobre la calle, en bares, fiestas privadas y en el transporte colectivo Metro. Entonces, la primera impresión visual que me atrapaba era el rostro, seguido de su envoltura (la ropa) y actitud, el resto del cuerpo (el caramelo) se degustaba ya estando a solas y desvestidos. Muchas veces la sorpresa resultaba insípida y otras tantas apetitosa, algo azaroso, pero era lo que había al menos para mí con esa estrategia de búsqueda.
Los primeros baños de vapor que conocí fueron los legendarios Ecuador a principios de los 80, demasiado para alguien autosobrevalorado en el mercado del sexo libre, pues resulté más bien timorato ante la pequeña Gomorra que descubrí. La zona de regaderas lucía “normal”, pasé a la sala de vapor donde no veía nada, y la única fuente de iluminación venía de una minúscula ventanilla en lo alto de un muro. Mis pupilas se dilataron al cabo de minutos e identifiqué algo parecido a un montículo sobre el piso, tenía movimiento y me acerqué para descubrir un conglomerado de manos, piernas, torsos, nalgas y cabezas; del amasijo nacían pujidos, ayes y resuellos. ¡Era un montón de hombres mamando, besando y sexando a ras del suelo mojado y baboso! Abandoné el cuarto, tomé un descanso y mientras decidía si seguir ahí o no, entró un tipo con pantalones cortos calzando botas de hule parecidas a las de un bombero, tomó una manguera de la que brotó agua, abrió la puerta de la sala de vapor y pidió a la muchedumbre salir de ahí pues iba a lavar el piso. Pude ver que muchos de los tipos que surgieron eran atractivos o tenían buen cuerpo, y descubrir a un sujeto realmente sabroso fue un pretexto ideal para continuar en el lugar. Terminó el bañero la limpieza y antes de retirarse gritó:
La reconciliación y mi consecuente matrimonio poligámico con los baños de vapor se dio en Puebla.
¡Gracias doy al Señor de las (literal) tinieblas!... hay muchas cosas que le agradezco a Dios, pero al César lo que es del César.
Los primeros baños de vapor que conocí fueron los legendarios Ecuador a principios de los 80, demasiado para alguien autosobrevalorado en el mercado del sexo libre, pues resulté más bien timorato ante la pequeña Gomorra que descubrí. La zona de regaderas lucía “normal”, pasé a la sala de vapor donde no veía nada, y la única fuente de iluminación venía de una minúscula ventanilla en lo alto de un muro. Mis pupilas se dilataron al cabo de minutos e identifiqué algo parecido a un montículo sobre el piso, tenía movimiento y me acerqué para descubrir un conglomerado de manos, piernas, torsos, nalgas y cabezas; del amasijo nacían pujidos, ayes y resuellos. ¡Era un montón de hombres mamando, besando y sexando a ras del suelo mojado y baboso! Abandoné el cuarto, tomé un descanso y mientras decidía si seguir ahí o no, entró un tipo con pantalones cortos calzando botas de hule parecidas a las de un bombero, tomó una manguera de la que brotó agua, abrió la puerta de la sala de vapor y pidió a la muchedumbre salir de ahí pues iba a lavar el piso. Pude ver que muchos de los tipos que surgieron eran atractivos o tenían buen cuerpo, y descubrir a un sujeto realmente sabroso fue un pretexto ideal para continuar en el lugar. Terminó el bañero la limpieza y antes de retirarse gritó:
—Chicaaaaas, ya pueden pasar al comedor…
Esperé un poco bajo la regadera y decidí regresar a la nebulosa sala. Apenas pude mirar de nuevo y mis ojos recibieron otra revelación; un tipo penetraba a otro que a su vez penetraba a otro que a su vez penetraba a otro, y este a otro y a otro y a otro… ¡Wow! ya me habían hablado de los famosos “trenecitos” de los Ecuador. Suficiente para ese día y hui. Creo que lo lamento, porque cuando quise regresar cuatro años después, la puerta de entrada mostraba un vistoso sello de clausura impuesto por las autoridades sanitarias de la ciudad. No sé si aquí en México haya habido un paciente cero de la manera en que lo hubo en Estados Unidos, de lo que estoy seguro es que los baños Ecuador SÍ fueron el punto cero del que irradió la infección por VIH que devastó a mi generación.
Antes de que terminara el viejo milenio, resultaba casi imposible encontrarse con alguno de aquellos amigos y conocidos que pagaron con su vida, el quemante boleto de entrada a los baños Ecuador.
La reconciliación y mi consecuente matrimonio poligámico con los baños de vapor se dio en Puebla.
¡Gracias doy al Señor de las (literal) tinieblas!... hay muchas cosas que le agradezco a Dios, pero al César lo que es del César.
Recuerdo que estando en Barcelona entré a un bar para hombres leathers, tomé unas cervezas y decidí rondar por la zona de jaulas semi oscuras, noté que un grupo de tipos rodeaban a uno en particular, le besaban la boca o el pecho llenos de ansia, otros le chupaban el pene o las axilas, esperé un poco para ver de quien se trataba y vi a un hombre vestido con pantalón y gorra de piel negros, chaleco desabotonado del mismo material, botas industriales, lucía un espeso y largo bigote estilo candado, muy al modo hiper viril de las estampas de Tom de Finland y pensé, -bien por él-. Al siguiente día me asomé al sauna Condal y al poco rato reconocí de inmediato entre los asistentes, al asediado amigo con atuendo de cuero negro, nada más que ahora llevaba puesta la pequeña sábana que entregan a todos los que entramos a ese lugar. Aunque era delgado no tenía cintura y sí una graciosa barriga, por debajo de la sábana asomaban unas piernas flacas de blancura más bien insana. Peregrinaba de acá para allá sin llamar la menor atención de nadie... era invisible.
Ni siquiera para el lobo que digo ser es posible adivinar el hermoso u ordinario cuerpo que alguien esconde bajo trapos. Acepto que hay saunas para hombres de clases sociales altas y las hay para pobres, con visitantes jóvenes o maduros, aun así en cualquier baño de vapor, no hay manera de mostrarse ante los demás arropado por “marcas de prestigio”, caracterizaciones, títulos académicos o ideología. Para los fines que buscamos quienes asistimos a un baño de vapor gay no hay nada más transparente, que muestre lo que cada hombre realmente posee.
Platicaba hace meses con un conocido sentado en la plancha de masajes que se encuentra frente a la puerta de acceso a la sala de vapor de los baños San Ciprián cuando salió de ahí Gervasio, 35 años, de rasgos muy rudos, lampiño, cuerpo sólido y cachondo, (lo que Jaime llamaría "un indiote")… adjetivos que mi acompañante economizó y redujo a una frase: —¡tiene una verga sublime!!!
Platicaba hace meses con un conocido sentado en la plancha de masajes que se encuentra frente a la puerta de acceso a la sala de vapor de los baños San Ciprián cuando salió de ahí Gervasio, 35 años, de rasgos muy rudos, lampiño, cuerpo sólido y cachondo, (lo que Jaime llamaría "un indiote")… adjetivos que mi acompañante economizó y redujo a una frase: —¡tiene una verga sublime!!!
A eso me refiero al asegurar que todo lo que me interesa mirar de un hombre, lo hallo en un baño de vapor; de abajo para arriba están sus pies, grandes, chicos, anchos o delgados, sanos (si), con hongos en las uñas, callos o juanetes (no); están las piernas con muchas variantes: muslos y chamorros fuertes, muslos fuertes y chamorro flaco, uno y otro desinflados que si sostienen a un galán musculoso son llamadas “patas de pollo”, hay piernas regordetas o flácidas, peludas o tersas, cuya tonalidad va a juego con el resto del cuerpo o blancuzcas que no han recibido luz solar en años; siguen las nalgas, vigorosas o planas, colgadas en pliegues, con estrías o celulíticas, redondeadas por la naturaleza, con esfuerzo, o por implantes o polímeros; el vientre puede ser magro y presumir músculos abdominales o estar abultado e ir desde una sexi pancita a una barriga fofa; del torso ya sería hartante hablar, pues es bien conocido mi fetiche por los pezones… capaces de transformar a un feo, o gordo, o viejo en un instantáneo Adonis ante mis ojos; en la anchura de espalda y fortaleza de brazos también hay harto que leer; igual que en el conjunto total, en el caminar e interactuar con otros hombres, puede verse un grupo de loquitas estridentes y remilgosas o por el contrario a varios chicos (también estridentes) exagerar poses masculinas, mientras se retan con ese juego de palabras y doble sentido cuyo fin es someter sexualmente de manera verbal al otro macho, acción mejor conocida por alburear (que muchos sociolingüistas no dudan en calificar de juego abiertamente homosexual). Afuera o dentro de la sala de vapor la dirección que toma la mirada de un hombre dice mucho de lo que desea, bueno… hasta la manera en que se coloca la sábana que cubre la cadera y zona púbica puede serme objeto de interpretación. Yo en lo personal adopté el estilo de doblar la sábana por lo largo hasta dejarla muy angosta, simulando una minifalda que anudaba hacia el frente y a un costado de mi pene, mismo que siempre dejé a la vista del público con la obvia intención de dar un mensaje: esto es lo que ofrezco, soy macho y activo……………………… de la misma forma en que lo fui con Gervasio cuando aceptó ir a mi cuarto. Definitivamente demostré ser macho por mi arrojo y valentía al devorar su tremendo garrote sin un solo pujido o titubeo, y activo porque no descansé hasta dejar inconsciente a fuerza de sentones, a ese pito engreído.
Lo digo con sinceridad, visitar los baños de vapor durante más de tres décadas, no significó ir a tomar sin dar algo a cambio. Siempre cultivé mi cuerpo, no para mirarlo en un espejo y ya, también deseaba ofrecer en retribución, la posibilidad de que otros lo gozaran de manera visual o material, cuidé mis pies, piernas, nalgas, abdomen y pecho, brazos y cutis, rasurado de cabello y olor, quité los pelos que nacieron en el lugar equivocado o por haberse convertido en cana. Los baños de vapor se transformaron en un reino donde con el cetro de mi desnudez, una toalla y sandalias, gocé los placeres que únicamente han vivido emperadores, patricios y cortesanos, y pude gobernar tal reino hasta las horas previas a la cirugía que puso final a la capacidad erectiva (que no orgásmica) de mi verga.
Pero ese es otro tema…




