jueves, 5 de octubre de 2023

2017 Baruch


                                                               2017 Baruch

   Algunas veces me pregunto: ¿Por qué me gustan los “chacales”?

   Según los antropólogos y teóricos evolutivos, se calcula que la edad de la especie humana es de unos 200,000 años y que hasta hace menos de un siglo (apenas la dosmilésima parte), la división del trabajo y roles estaba bien diferenciada entre mujeres y hombres. Las primeras eran responsables de digamos… el componente sutil de sus sociedades, desde la crianza de los infantes, hasta el cuidado y mantenimiento del hogar, fuera este inicialmente una cueva, y luego una enramada o habitáculo de barro o piedra. Había que mantener vivo el fuego casi perpetuo de sus fogatas, herencia de anteriores y venideras generaciones, a ello se sumó la preparación de los alimentos, la labor textil, cerámica y otros oficios con valores relacionados a la paz, la fertilidad y la vida.
Los hombres por su parte aportaron el sustento alimentario proveniente durante las primeras nueve décimas partes de nuestra historia, de la recolección y la cacería de animales pequeños, otros medianos y muchos, ¡inmensos! y feroces. Otra función masculina era la protección al interior del clan familiar y también del exterior, para repeler los ataques de otros machos que deseaban despojarles de su/s mujer/es, presas o territorio.
 Así que ya fuera un cazador o un guerrero protector: ser fuerte, atlético, agresivo o valiente significó por miles de generaciones un valor altamente preciado en un hombre, resultando crucial para el futuro éxito social y reproductivo de cada macho…... y ese prototipo, se enquistó en el inconsciente colectivo de la humanidad, en varones, mujeres y ni qué decirlo, en nosotros los putos.
Estudiosos de muchas disciplinas o mejor aún, los guionistas, ilustradores y responsables del entretenimiento planetario, los constructores de estereotipos culturales y sociales cuyo fin es manipular emocional y mercantilmente a una colectividad lo saben, y capitalizan ese ancestral atavismo.

   Muchos orientadores y psicólogos piensan que esta antigua e intensa respuesta erótico/afectiva que un chico “malo” despierta en algunas mujeres adultas y en muchas adolescentes (dado que la habilidad racional es más lenta que la madurez sexual en el organismo humano) es la responsable de la mayoría de embarazos durante la educación secundaria y preuniversitaria, al verse infatuadas por la ilusión de una vida tutelada por su hombre.





   Bueno… ¿y eso que tiene que ver conmigo?, pues será porque reacciono eróticamente y de manera instantánea ante la imagen de un chico “malo”, musculoso y malencarado, con una acentuada actitud de macho. Tal vez mi cuaternaria hembra interior se sienta subyugada por su halo protector o, muy por el contrario mi joto cavernícola a fin de cuentas machín, desea medir fuerzas y testosterona con el otro garañón.

   Fuerza que por ejemplo, medí con un hombre de cuerpo delgado, atlético y con expresión amenazante, al que conocí en los baños Mina hace 20 años y que reencontré en baños San Ciprián, cuyo estado físico seguía siendo inmejorable, incluso más fuerte, un bello ejemplar de macho “lomo plateado”… nada más que ahora complaciente (lo mismo que yo).
El primer encuentro con Baruch a finales de los 90 fue frustrante. Nuestra oportunidad de gozar se perdió mientras simiéscamente nos medíamos la verga; —Yo soy activo… —que yo soy más… —¿te la meto?… —No, yo a ti… —¿te mamo las chichis?... —no me late, cómo ves si mejor te “bajas por los chescos”… No recuerdo bien en qué sintonía me encontraba entonces, supongo que muy pagado de mí, del alto índice de infalibilidad en el terreno de la seducción. Por fortuna en esta segunda chance, Baruch y yo disfrutamos sin limitaciones.
Con esta anécdota, a tono con el asunto de los chacales, diré que por encima de todos, mi macho predilecto y complementario al propio, es sin dudarlo Jaime, el Yin de mi Yang y Yang de mi Yin.



   Y paso a una siguiente interrogante: ¿Por qué los homosexuales somos tan promiscuos? la respuesta es… Porque podemos.

   En la biografía del genial comediante Charles Chaplin, este menciona que nunca pudo ver a una mujer sin que pasara por su cabeza la pregunta ¿tendría yo relaciones sexuales con ella? al margen de que deseara y pudiera o no hacerlo, o de las cualidades físicas de dicha mujer; simplemente era un honesto y divertido ejercicio mental.

   No me creo la pretendida superioridad moral con la que algunos hombres heterosexuales se santiguan al investirse de autocontrol y fidelidad. Si no cogen con muchas mujeres es porque a ellas NO les interesa el sexo de la manera en que a los hombres sí. De hecho… los hombres heteros fornican y bastante, solo que de manera farisea, cobijados por el sistema patriarcal y machista que todos mantenemos. Un orden de gobierno que al menos en México da protección a proxenetas que proveen las calles y centros de “diversión” de todas las categorías, con 800,000 mujeres y niñas dedicadas a la prostitución (INEGI y CATWLAT)1 de las cuales el 75% fueron ingresadas al oficio desde los 12 años, y habría que ser o quererse pasar de ingenuo al creer que los consumidores de estas mujeres son solteros o estudiantes en formación profesional, ya que los hombres heteros casados son según su dicho, intachables.
El tráfico de mujeres con fines de explotación y esclavitud sexual es uno de los negocios más rentables a nivel global. Rusia por ejemplo, es el principal exportador de trabajadoras sexuales “de lujo” en el mundo, aunque en un intento por lucir éticamente ejemplar, penaliza y persigue la homosexualidad para “proteger” a sus niños. No sé allá, pero en mi nación y coincidiendo con datos de la OCDE (2019), la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas reporta que en mi país se cometen al menos 600 mil delitos sexuales cada año, donde 4 de cada 10 son menores de 15 años de edad y de estas, 9 por cada 10 víctimas son mujeres cuyos agresores sexuales en el 65% de los casos fueron sus tíos, primos, hermanos, padrastros, padre, abuelo y otros familiares. El porcentaje restante lo ocupan desconocidos, compañeros de escuela, profesores y ¡claro! integrantes del clero.
   ¿Que soy promiscuo? ¡Por supuesto! Soy putísimo… ¿y debería agachar la cara por ello, después de encontrar lo que a pocos les interesa (o conviene) revisar?



   Lo acepto, debo tener algunos “problemillas” de adicción al sexo, sin embargo y en defensa propia también me ciño a las estadísticas... algo alegres y aproximadas, hasta que alguien me lo refute:

México tiene: 48,800,000 hombres, de ellos
                        27,100,000 cuentan con 18 a 59 años de edad
                        - 2,700,000 que no tienen sexo (asexuales, beatos o con disfunción sexual)
                        24,400,000 hombres sexualmente activos
                        x 0.06%      que según A. Kinsey y otros sexólogos serían hombres homosexuales
                          1,464,000 hombres homosexuales mexicanos
                        x 0.125%    de hombres demográficamente gays para la Ciudad de México
         TOTAL        185,000 hombres gays sexualmente viables (sin contar bisexuales y heterocuriosos)
De esos solo a 1000 me cogí ¡en toda mi vida! nada más uno por cada 185, a quienes ya fuera por obesos, enclenques, viejos, jóvenes, feos, bonitos, locas, machos, freaks, pobres, ricos, ignorantes, intelectuales, reaccionarios, comunistas, apolíticos, incosteables, blancos, morenos, pintos, peligrosos, por no tener pezones grandes, porque los tenían pero no les gusté, u otras variables, no despertaron mi deseo.
¡Si eso no es selectividad, no imagino qué lo es entonces!



   ¿Cuántos de mis antepasados habrán deseado, o al menos tenido la opción de ejercer su vida y sexualidad de la forma en que lo he hecho? Supe, porque mamá nos lo contó, que su prima mayor Margarita Quiroz, la oveja negra de la dinastía, se casó muy joven, su macho era un rufián que la maltrataba (no muy distinto a los maridos de otras primas), por fortuna enviudó pronto y Margarita, en lugar de guardar luto el resto de sus días (no muy distinto a lo que hicieron otras primas) convirtió la propiedad que heredó en el que sería el burdel más elegante de Puebla, del que fue la Madame, siempre cortejada, colmada de obsequios, viajes, e irónicamente, de respeto por parte de sus amantes.

   Puede que la crónica de mi vida sea reprobable para muchos heterosexuales (y gays), aun así me autoproclamo reivindicador de la triste historia sexual de mi familia, del placer aquietado a garrotazos, a mea culpas, asfixiado por la frigidez de sus mujeres y la doble moral de sus machos.
Por ustedes mis consanguíneas, virtuosas y no obstante vilipendiadas Justinas, soy la Juliette de Sade ...premiada por la vida, a pesar de su harto libertinaje.





   (1) Instituto Nacional de Estadística y Geografía, y la Coalición contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina.