jueves, 5 de octubre de 2023

2016 Flavio


                                                                     2016 Flavio


                                                                                                            GALA-HAI: Pena Máxima
                                                                                                        (versión personal sobre el ángel caído)


   Hamí observaba relajadamente a través del enorme ventanal del Recinto Azul. La vista después de todo, resultaba familiar: el cielo de suave luz ámbar, las majestuosas nubes de espeso vapor, continentes aéreos sobre los que titánicas ciudades se proyectaban aún más hacia el espacio. La parte inferior de la ventana dejaba ver un océano dorado, que cual colosal espejo reflejaba esa luz proveniente del fondo, más allá de las nubes o del horizonte, esa luz que nacía del centro mismo de Aighor; estrella súper gigante -la segunda más grande en la galaxia- y de Tao, estrella azul tan brillante como un cuásar. Ambas formaban un sistema estelar binario y sus nombres se conocían desde tiempos inmemoriales.
También era sabido que albergaban a casi un centenar de planetas como este, que ahora contemplaba Hamí con indiferencia.
   Su mirada se dirigió hacia el interior del salón. Levantó la cara y sus ojos siguieron la curvatura de la gran cúpula que coronaba aquel recinto circular… —azul, lo llaman— pensó mientras miraba caer desde lo alto miles de chispas de diamante que en cascada brotaban sin parar desde el centro de la bóveda y que antes de tocar el suelo se esfumaban en una clara luz que inundaba todo el lugar. Fue entonces cuando sus ojos al bajar se encontraron con los del hermoso anciano que le miraban cristalinos y profundos, al tiempo que le repetía la pregunta:
   —¿Es verdad todo esto que se dice de ti Hamí?
   Como negar que en su interior habían despertado deseos nuevos o, mejor dicho, deseos ancestralmente olvidados. ¿Podría negar que el deseo de poder, de territorialidad y posesión, que la vanidad y un ego desbordado bullían incesantemente en su interior? Hamí no lo negó, tampoco lo afirmó, simplemente sus ojos se perdieron de nuevo en el vacío.
No obstante ni su cuerpo ni la expresión de su rostro habían perdido un ápice de luz, de belleza y perfección, esa perfección que solo una especie tan altamente evolucionada pudo alcanzar a lo largo de millares de generaciones. Al igual que todos los que le rodeaban, él había nacido en un lugar y una época donde era posible vivir cientos de años sin enfermedad, sin dolor, sin culpas, moral compulsiva ni mentiras, donde el amor universal y el conocimiento científico eran la escuela que les guiaba.

   —¡Hamí, amado hermano! —llamó con dulzura una mujer desde el estrado de blanca piedra, al mismo tiempo que extendía hacia él sus brazos abiertos. El recinto retumbó con una segunda súplica que ahora lanzaban a coro todos los asistentes de la tribuna.
Hamí contempló la escena; la suprema armonía en los movimientos y la pureza de líneas que asomaba tras la túnica de luz tejida de cada ser ahí presente, no causaron en él efecto alguno, por el contrario levantó con altivez la palma derecha, esto significaba que aceptaba la pena máxima: tendría que desterrarse y vivir en Gala-Hai, ese hermoso y primitivo lugar donde podría dar libertad y acción a cada uno de sus deseos, al fin y al cabo, no era el único que lo había hecho pues sabía que ahí vivían muchos seres como él.

   Aunque desconocía la manera en que sería llevado a ese lugar, se levantó con aplomo, dejó caer su túnica y caminó hacia el centro del recinto, se posó sobre un círculo de color púrpura, dirigió a toda la concurrencia un último gesto de absoluta soberbia y cerró los ojos, para caer en la más densa y helada oscuridad.

   El frío y un reflejo desconocido le hicieron encoger el cuerpo y apretar brazos y piernas contra su pecho para mantener el calor, y así, en esa negrura sin tiempo, un único sonido le rodeó… el lejano golpe de un tambor, constante, inflexible.

   Jamás sabrá con certeza cuánto tiempo pasó, sin embargo su mente siempre recordará cuando ese batir de tambores aumentó hasta convertirse en un frenético ritmo. Una masa viscosa le oprimía el cuerpo, lo precipitaba hacia el vacío, y en un instante de caos y terror indescriptibles, sobrevino la caída. Su lengua conocía por vez primera el sabor de la sangre, tampoco entendía por qué de su boca surgieron gritos que conmocionaban todo su ser, y de los ojos lágrimas como jamás imaginó.
   Finalmente y de manera difusa, observó como su cuerpo atormentado era entregado a una mujer que lo recibía llorosa sobre su pecho, con una confusa expresión en el rostro, mezcla de dolor, amor y esperanza, mientras escuchaba atrás de sí, una voz grave que decía:

   —“Felicidades señora… fue un hombrecito”.




   Mamá lloró emocionada cuando terminé de contarle este cuento corto escrito durante un taller de literatura que tomé en 1983, a pesar de que frecuentemente criticaba mi cándida apreciación sobre la naturaleza humana y una optimista fe en ella. Yo apostaba entonces, que de la misma manera en que lo hace un antivirus, la razón terminaría por librar al mundo entero del prejuicio y la ignorancia, convirtiéndonos en una raza científica mirando al futuro.
   Al igual que muchas personas también ansiaba la llegada del nuevo hombre, sin reparar en que lleva 200 mil años apareciendo en cada niña y niño recién nacidos, y en que apenas una infinitesimal fracción escapa a la embrutecedora sociedad que mutila a muchos o por el contrario engendra nuevas generaciones de tiranos, mesías y otros monstruos.
Hubo un tiempo en el que la raza humana me causaba el mismo arrobamiento que sentía ante la gran diversidad de estampas y posibilidades que contemplaba del mundo, con sus mares y montañas, desiertos y praderas, ríos y bosques; prodigio con mil derivaciones… Igual hoy me sigue extasiando mirar mi planeta, no así la imagen monocromática del desierto llamado humanidad, que se ha incrustado lo haya escogido o no, en mis retinas.

   Y el futuro me alcanzó… no con forma de humanismo sino con un tufo a misantropía.
Ignoro si un síntoma de ello sea mi deleite por las películas apocalípticas que gracias a los efectos especiales me hacen “gozar y vivir” a todo color la extinción de la humanidad, por ejemplo: No Mires Arriba, 2012, Impacto Profundo, Terminator Salvation, El Día Después de Mañana, 12 Monos, Mad Max, Guerra Mundial Z, Bird Box, Interestelar o Knowing entre muchos otros títulos que miro y recontra miro cíclicamente.
¿Cuándo fue que mi cerebro dejó de ser positivo y ahora únicamente deseo que se acabe el mundo? ¿Al perder la fe en la humanidad… perdí la fe en mí?
Aunque es posible que en realidad solo esté mostrando un rasgo de inmadurez y mezquindad, un soberano berrinche porque la vida no resultó de la manera en que utópicamente soñé, y hoy la raza humana debería desaparecer a causa de mi frustración.

   Resulta sospechoso que con todo lo que digo sentir por mis congéneres, NO haya dejado de coger con ellos, sin embargo no se debe confundir que me gustan los hombres como entidad física, a que me gustan los hombres (ni las mujeres) como ente biológico/social con su vocación de plaga.
¿De verdad son tan bellos los hombres que me hacen olvidar su naturaleza? ¡Sí!, por 20 o menos minutos sí. Lo demás son excrecencias y miseria y primitivas resonancias del sistema límbico o el complejo reptílico: superstición, caca, ambición de poder, posesividad, basura, ignorancia, belicosidad, etc. También es probable que experimente por los hombres algo muy similar a lo que los misóginos heterosexuales sienten por las mujeres… las desean y las odian simultáneamente.



   Por eso, no dejé pasar la oportunidad de materializar mi desestimación hacia los hombres, cuando comencé a contactar en Manhunt a “esclavos” en busca de un amo dominante. Gocé e hice gozar a varios, mas fue con Flavio (expediente XXX con su nombre), de 45 años y un elevado estatus cultural y socioeconómico con quien llevé a su máxima expresión el sadismo como potenciador de placer.

   En la sesión final y cumbre de nuestros encuentros (una siguiente terminaría con seguridad, de manera trágica) se aplicaron los amarres del tipo bondage de “rutina”, exploré sus intestinos con manos o dildos... a veces con ambos al mismo tiempo, hubo azotes, bofetadas y la exigencia de obediencia total a mis obscenas peticiones.
   La cerveza en mí y los poppers en él, facilitaron el ascenso al siguiente nivel. Lo sujetaba con fuerza del cabello para besar su boca y Flavio sonrió tímidamente, una señal que con frecuencia se envía al compañero para indicar “recuerda que esto es un juego nada más”, señal que deliberadamente ignoré para acentuar en él un sentimiento de vulnerabilidad real y grité:
   —¡¡¡De qué te ríes cabrón!!! ¿¡acaso tengo la cara de pinche payaso!?
   Y al verle un asomo de temor rematé —¡Ahora sí ya valiste madres!!!!! 
   Coloqué a Flavio en posición de cuatro patas y sumisamente se dejó poner adentro de la boca una gruesa cuerda anudada, de esa manera en que se le pone el freno o embocadura en el hocico a un caballo, lo penetré con fuerza y envestí su culo salvajemente mientras jalaba de la cuerda para que volviera el rostro y mirara mi despectiva mueca, Flavio se estremecía, profería lastimosos gemidos y desorbitaba los ojos lagrimeantes. Por un segundo dudé de continuar al verle tan aterrorizado, sin embargo al revisar su verga, ésta parecía hecha de hierro candente que con mi puro toque estalló con chorros de semen… seguidos de los míos dentro de sus entrañas.




   Una hora después, yo pedía un suculento bifé con lomo (T-bone steak) en el lindo restaurante de cortes finos al que Flavio me invitó a cenar, acompañados de una botella de vino tinto chileno. Cena, que Flavio adivinó al mirar mi expresión de mansedumbre y gratitud, sería impensable pagar con mi triste presupuesto.

   Ojalá y Flavio no haya leído esa frase perdida entre los textos del Kama Sutra, que encontré cierto día y declaraba:
“…muchas veces el esclavo, resulta ser amo encubierto…”