jueves, 5 de octubre de 2023

2015 Pablo


                                         2015 Pablo

                                                                                                            Me preguntaron: —¿Has sentido en tu vida algún impulso de hombre buga?
                                                                                                            y respondí: —Sí… una vez le di el culo a una loca.



   —¡Pero qué maldita costumbre la tuya de olerlo todo! ¡Pareces perro! —me recriminó mi madre más de una vez al ver que desde niño y de manera automática, me llevaba los dedos a la nariz tras haber tocado cualquier cosa. Ni siquiera soy consciente de ello. La percepción que de un elemento tengo del mundo propio o del que me rodea no está completa si no le doy una olida. Podría asegurar que hay tantos olores como tonalidades en una paleta cromática. Huele en todos sus estados físicos la tierra, el aire, el agua y hasta el fuego. Huelen árboles y flores, la fruta y los vegetales frescos, cada leguminosa guisada, igual que la carne viva, cruda o cocinada, de ave, porcina, bovina, caprina y acuática, y no se diga los lácteos… la leche de la que tanto extraño ese olorcito almizclado, cuando mi tía abuela la adquiría directamente del establo; y qué tal el aire dulzón del jocoque o por el contrario, la peste afrodisiaca que despide un queso suave y madurado a la temperatura ambiente por una o dos semanas, quesos Brie o Port Salut acariciando mis sesos hasta su raíz más primitiva.
Y a pesar de haberlo mencionado muchas veces, lo hago de nuevo, las personas portamos una rica (por abundante) variedad de olores, a veces ricos (ahora sí en el sentido olfativo) a veces fétidos (incluida por qué no, el aura).

   Recuerdo a Pablo de 27 años, estatura media, fuerte y con rasgos faciales indígenas muy armoniosos, trabajaba en la construcción de un edificio cercano a la peluquería de Jaime a donde una semana atrás pasó para que le arreglara el cabello. Digamos que “transpiraba” confianza y por ello Jaime le permitió tomar una botella de cerveza, la cerveza lo relajó, dos horas después Pablo le propuso coger una vez que bajara la cortina metálica de su local, y así pasó. Sin duda el asunto quedaría ahí, no obstante el galán muy arregladito y peinado regresó el siguiente sábado justo cuando se estaba cerrando el negocio, a Jaime se le hizo fácil decirle que iba a alcanzarme en una cantina gay y si no le causaba problema el lugar, podría acompañarlo.
Al verlos entrar a la cantina y tomar asiento en la mesa, no pude menos que sentir envidia y orgullo por mi Amor, por su buen gusto y sobre todo por la habilidad para conectar con ESE tipo de hombres.
Jaime adivinó al momento que yo estaba cautivado, una hora después y en un gesto de generosidad y dominio sobre el machito, le pidió a Pablo que me siguiera al área de sanitarios cuando fui a orinar. Luego, en el vestíbulo simplemente se bajó los pantalones y en cuatro décimas de segundo me descubrí chupándole el pito… ¡Por todos los santos! a la placentera degustación de mi lengua y papilas gustativas se sumó una fragancia apenas encontrada pocas veces en décadas. Sus verijas despedían un aroma excepcional, imposible de clonar por perfumista alguno, y el prodigio se replicó cuando besé su pecho o al lamer sus axilas, estas partes de su cuerpo segregaban un aroma singular que la única manera de calificar es de Natural.


   Carne de rancho la llama Jaime, tejido muscular cuyas cualidades son diferentes a las de un hombre gay citadino, siendo más específico, a la estructura corporal (y psicológica) de una musculoca; el primero construido de manera orgánica y sin conservadores, hecho con trabajo machacón en el campo, la ganadería o la construcción;  el segundo esponjado en el gym, con aditivos y proteína sintética.
   Jaime sin embargo no le encuentra la complicación al asunto, estos son los machos con los que ha tenido relaciones sexuales a partir de su adolescencia en la región donde creció, en la que (no me cansaré de señalar) desde tiempos prehispánicos, a totonacos y huastecos no les quita el sueño el que dos hombres cojan.



   He conocido a muchos de ellos cuando me los presenta en el parque principal, en el río o festividades durante las visitas que hemos hecho a su tierra por muchos años. La totalidad de ellos llevan vida de casados, tienen hijos y otros hasta nietos, hombres que maduros o jóvenes también son compartidos por los demás homosexuales del lugar, la contraparte, los “jotitos de pueblo” y de los que también conozco vida y milagros. El pueblo es pequeño, oscila entre los 2500 y 2800 habitantes, suficientes a pesar de ello, para recrear la complejidad humana de cualquier gran ciudad, solo que sin farsas, y no porque sean sus pobladores cristalinos; es que no hay espacio para el anonimato. Siendo mi tema, puedo decir que ahí he identificado una gran variedad de formas de ser gay, hay putos viejos y aun enclosetados, travestis, varoniles, locas con familia adinerada, o por el contrario muy humildes, sin embargo hay tres de ellos cuyas historias encuentro cautivadoras.

   ° El Chévere logró conseguir hace años una plaza laboral como auxiliar de limpieza en el colegio de bachilleres del pueblo, pronto mostró una gran capacidad para participar en la organización del carnaval anual. En el siguiente lustro formó un grupo de danza folclórica y fue nombrado profesor de artes de la escuela (que las autoridades corruptas y burocráticas del municipio no lo hayan homologado salarialmente dentro del escalafón profesional no le importó), y gustoso desempeñó el cargo que también incluía coordinar las ceremonias de graduación de todos los niveles escolares. Finalmente su popularidad e integridad le hicieron ganar en las urnas, y ser investido presidente municipal del ejido de María Andrea en las recientes elecciones.

   ° La Chencha ha sido durante años ejemplo de tesón en el trabajo, comenzó vendiendo tacos, luego puso un pequeño vivero a la orilla de la carretera para ofrecer a los viajeros toda clase de plantas, con los años se hizo de buenos clientes pero desgraciadamente en 2021, Grace, uno de los huracanes más poderosos del siglo devastó la costa del Golfo de México, incluido su florido invernadero convertido en pocos minutos en un montón de escombros. Únicamente se salvó una semilla… la de su creatividad y resiliencia, se hizo rezandero y rebasó por mucho a las mujeres que prestaban sus servicios en los ritos funerarios, ya que adicional a las oraciones, la Chencha ofrecería un “arreglo” en honor al difunto. Su fama llegó a pueblos y ranchos cercanos donde vivos (y seguro que muertos) requieren con avidez su presencia.

   ° Ángel, tiene una peluquería sencilla, no es la mejor del pueblo, sin embargo es muy solicitado por los caballeros… y muchos de ellos necesitan de él más que un corte de cabello. Por los pocos machos que nos ha mostrado ya en persona, ya en fotos, puedo decir que está a un milímetro de convertirse en mi héroe. También he seguido con delicioso morbo su transformación, o mejor dicho la transformación que Jaime le ha provocado con sus “consejos”. Originalmente, Ángel nada más se agachaba para que se lo cogieran, creía que debía portarse como mujer y no se masturbaba, quedaba muy caliente y al retirarse el garañón, él se la jalaba. Jaime lo convenció de disfrutar y masturbarse durante la penetración. Sin importar que trajera puesta una minifalda, lo hizo y sintió muy sabroso. Algunos tipos (no todos) encontraron interesante ver que su “hembra” tenía el pito duro e intentaban tocárselo. Nuevo dilema, nueva consulta a Jaime y dio otro paso, si ellos se la querían agarrar pues que se la agarren y punto. 
   —¡Jaime! Me la quieren chupar, ¿qué hago?... —que te la mamen, tu goza y déjalos gozar. .
   —¡Ay Cristo del Huerto! Jaime ¡Quiere que se la meta!... —¡métesela!, pero toma muy en cuenta lo que uno de ellos te advirtió: no se lo digas a nadie o te las verías con su machete.





   Años y años de viril y mayatesca tradición se han ido resquebrajando, un poco por la insidia de Jaime y un mucho por los tiempos que corren. Nada más falta que alguien quiera anexar a los mayates de rancho dentro del “incluyente” colectivo LGBTTTIQ+ con la inicial M.




                              Si se llegara a ofrecer, yo podría sugerir un modelo de bandera para ellos:



   °Amarillo: simbolizando el sol que los rostiza en la parcela o la construcción.

   °Ámbar: el color de los miles de galones de cerveza y aguardiente que se maman para hacer llevadera la vida.

   °Gris: el color del cemento o la tierra polvorienta que respiran 60 horas a la semana mientras se parten la madre trabajando.

   °Rojo: por la pasión y deseo que despiertan en muchos de nosotros los putos.

   °Verde: el color de los verdugones o magulladuras por las palizas que dan a sus mujeres y a muchos de nosotros los putos que los deseamos.

   °Blanco: el número de iniciativas que el Estado tiene para mejorar la vida de ellos, y la de los putos que los deseamos, y la del resto de los/as mexicanos/as.