2012 Salvador
“Al que madruga……….. Dios lo arruga”
-rancio refrán popular redefinido genialmente por mi amigo Miguel Ramos.
Por siempre he escuchado de la gran “sabiduría” que guardan los viejos. La ligereza con que se expresa esta máxima pareciera afirmar que la mera acumulación de años, arrugas y achaques, lleva implícita la sapiencia de Salomón, ¡así nada más! No importa cuán ignorantes o enajenados hayamos sido en el pasado, la vejez nos tiene asegurado un escaño en el consejo de ancianos de la humanidad.
En mi opinión, la sabiduría implica un proceso continuo de aprendizaje y desaprendizaje, de experimentación y comprobación, compartida y obtenida hacia y desde múltiples direcciones, que no se convierte en la meta sino en el camino.
Perdón por lo poco sabio de mi comentario, pero me atrevería a decir que en la mayoría de los casos un niño estúpido, se convertirá en un joven estúpido y este a su vez en un adulto estúpido cuya final fase será derivar en un viejo estúpido.
Un posible ejemplo de alguien así, tal vez lo era Salvador (expediente XXX con el nombre de “chava”)
Por la información que en segmentos fui obteniendo de él durante los dos años en que se llevaron a cabo los seis encuentros que tuvimos mientras iba y venía de su tierra natal en Nayarit, pude entender que Chava provenía de una familia de clase media, que estudió ingeniería en algo, se casó y procreó hijos, que su adicción al sexo dio al traste con su vida matrimonial y familiar, que inicialmente era asignado director de obra por sus empleadores, mas una creciente falta de atención y responsabilidad en los proyectos que le encomendaban, fueron degradando su posición dentro de los organigramas de mando en distintas empresas constructoras, por lo que en los últimos 15 años no conseguía cubrir otra vacante que no fuera la de albañil…… oficio que por otra parte, mantenía su cuerpo con ese firme acento muscular que mostraba bajo el chorro de agua que caía sobre él desde una de las regaderas de los baños Mina el día que lo conocí.
No había conectado hasta entonces con un hombre tan peculiar como Salvador. Incluso durante los primeros segundos de nuestra charla pensé que debería hablarle en inglés por su facha de “gringo”. La espalda y los brazos eran poderosos y de su pecho nacía un par de pezones tan largos que parecían dos pedazos de chistorra, sus nalgas eran firmes y juveniles, algo totalmente opuesto al estado físico de su rostro y culo… igual de desjetados, el primero por los inclementes rayos del sol que le acompañó durante décadas en el trabajo, el segundo por el impacto de los 62 años de pujante servicio, aunque su culo floreado compensaba por mucho lo que pudiera inhibirme su cara ajada.
Entre cogida y cogida fui entendiendo que su mucha inmadurez emocional llevó al hartazgo a su esposa e hijos, a hermanos y patrones que perdieron toda esperanza en un cambio de actitud, cuando se descubrieron defraudados reiteradamente por Salvador.
Yo mismo presencié su transformación de simple desempleado a indigente en 24 meses. En nuestra segunda cita no solo pagué, igual que lo hice siempre, la entrada al yacusi privado, también lo invité a comer. En la siguiente añadí al costo de mi “gustito” el pago por el servicio de lavandería donde se lavó toda la ropa que llenaba un costal que cargaba a sus espaldas. En otra debí comprar un champú mata piojos y aplicárselo pues el galán venía infestado por ellos (¡Sí, y qué! ¡Esas chichis, su culo y mi calentura lo valían!), aunque también acepto que esa cita puso final a la más intensa fantasía gerontófila de mi “homúnculo”.
Al momento en que esta historia sucedió yo tenía 54 años, buena salud (al menos física) y una figura capaz de seguir consiguiendo en mis propios términos, a los hombres que deseaba. No estoy muy seguro si entonces me tomé el tiempo para considerar que inevitablemente llegaría a la misma edad de Chava… con suerte un poco más, y tendría que enfrentar el cambio de marea.
Entre cogida y cogida fui entendiendo que su mucha inmadurez emocional llevó al hartazgo a su esposa e hijos, a hermanos y patrones que perdieron toda esperanza en un cambio de actitud, cuando se descubrieron defraudados reiteradamente por Salvador.
Yo mismo presencié su transformación de simple desempleado a indigente en 24 meses. En nuestra segunda cita no solo pagué, igual que lo hice siempre, la entrada al yacusi privado, también lo invité a comer. En la siguiente añadí al costo de mi “gustito” el pago por el servicio de lavandería donde se lavó toda la ropa que llenaba un costal que cargaba a sus espaldas. En otra debí comprar un champú mata piojos y aplicárselo pues el galán venía infestado por ellos (¡Sí, y qué! ¡Esas chichis, su culo y mi calentura lo valían!), aunque también acepto que esa cita puso final a la más intensa fantasía gerontófila de mi “homúnculo”.
Al momento en que esta historia sucedió yo tenía 54 años, buena salud (al menos física) y una figura capaz de seguir consiguiendo en mis propios términos, a los hombres que deseaba. No estoy muy seguro si entonces me tomé el tiempo para considerar que inevitablemente llegaría a la misma edad de Chava… con suerte un poco más, y tendría que enfrentar el cambio de marea.
El sexo, así entendido como sujeto de acción y no un concepto ¿tendría un lugar para mí?, y si lo tuviera ¿querría yo entrar?, ¿dependeré de la concesión que me otorgue un tipo con “buena voluntad” (y seguro que perverso) para gozar?, ¿mi fuego para entonces se habrá consumido y encontrado con ello verdadero sosiego?...
Lo ignoro, pero prometo que en 10 años la respuesta aparecerá en este Blog.
Lo ignoro, pero prometo que en 10 años la respuesta aparecerá en este Blog.
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