jueves, 5 de octubre de 2023

2009 Lázaro


                                                                                                                          2009 Lázaro

   —¡¡VEN PAPITO!! Tengo una sorpresa para ti… —me urgió Jaime cuando irrumpió hasta mi escritorio de trabajo al interior de la casona en Alfonso XIII, lugar en el que se preparaban y revisaban los oficios que el abogado me enviaba para imprimirlos e ingresarlos en los juzgados en que se desarrollaban los juicios testamentarios que comencé a promover hacía dos años. Un año atrás (2008) yo había renunciado a mi trabajo en el colegio para maestras educadoras y así dedicar todo mi tiempo y energía a resolver ese rancio asunto de las herencias. Jaime a su vez llevaba seis años de haber montado su salón de belleza en el local comercial anexo a la casa, por lo que nada más teníamos que cruzar el patio trasero para llegar al lugar. Sentado, muy reservado, casi tímido estaba Lázaro esperándonos.



   Uno o dos fines de semana atrás, Jaime asistió con su grupo de amigos a La Lilí, una cantina muy popular, con cerveza a bajo precio, ubicada al oriente de la ciudad y concurrida en su mayoría por gays, chacales, y travestis de Iztapalapa, Neza, Zaragoza o Chalco, para bailar cumbia y salsa, divertirse y ligar. No recuerdo con certeza si dio con Lázaro durante algún manoseo espontaneo o platicando, el caso es que lo invitó a ir a su peluquería para hacerle sin costo un cambio de look en el cabello y de paso presentarlo con “alguien” que apreciaría mucho su peculiaridad.

   Pude ver que Lázaro era un hombre de estatura media, muy delgado, quizás 30 años, rasgos faciales afilados, un hoyuelo en la barbilla y con excepción de la cabeza y un bigote delgado y oscuro, la totalidad de su pálida piel era del todo lampiña (bueno, eso lo constataré 24 horas más tarde al llevarle a un jacuzzi privado). Platicamos sobre cualquier cosa, hasta que vi de reojo a Jaime que le cortaba el cabello a una señora, e hizo un ademán de abrirse la camisa con una mano al tiempo que me miraba con los ojos muy abiertos. ¡Ahhh! Creo entender de qué se trata, pensé, caminé hacia la parte trasera del salón dividido por una mampara, donde Jaime preparaba sus fórmulas de colorimetría para tintes de pelo. Llamé a Lázaro, se puso de pie y ya fuera de la vista de nadie, le expresé: —Me dijeron que tienes un regalito para mí…, —al mismo tiempo que yo le desabotonaba la camisa. El regalito era un regalote. De su blanco torso resaltaban dos hermosas tetillas similares a malvaviscos de fresa. Esos pezones le causaban mucho conflicto porque no podía ir a una alberca o playa o simplemente quitarse la camiseta, pues la gente reparaba de inmediato en ellos y en el mejor de los casos les causaban risa, cuando no era mirado cual bicho raro. Impávido, lo escuchaba “sereno” mientras se los tocaba con los dedos como si estuviera sintonizando una radio, mas por dentro mi deseo parecía un diablo urgido por devorarle las tetas, un convulsionado espíritu demoníaco a punto de ser expulsado por un implacable exorcista.
   Lo único que le impedía a Lázaro mutilarse, era el NO encontrar en este mundo otra cosa que le produjera un placer más arrollador, que una boca succionándole las tetas.

   Lo invité a tomar cerveza al día siguiente, cosa que nunca pasó ya que apenas hubo saludado, lo conduje a donde pudiéramos estar juntos. El resplandor de la aventura fue tan cegador que ese día llegué hasta medianoche a la casa, no le avisé a Jaime que así lo haría y lleno de angustia contactó a sus amigos para que lo ayudaran a buscarme, ante la sospecha de que algo terrible había sucedido.
Qué pena haberle causado ese dolor a Jaime, aunque no fue impedimento para otros encuentros con Lázaro, suficientes para iniciar con él lo que yo llamaría “mis expedientes XXX”, que contendrían por primera vez dentro de mi acervo histórico sexual, fotografías y videos de esos hombres considerados a mi parecer, con atributos únicos o con los que rebasaría las fronteras del erotismo formal, por ejemplo: esa sesión con Lázaro que sin ser sexual, nos llevó a los límites del placer sádico y de la total imprudencia, bajo el pretexto de iniciarme como realizador de piercings, saboreando con ello un perturbador coctel de adrenalina, excitación y dominio sobre él…

   No obstante, a su debido tiempo, Lázaro desapareció de nuestras vidas, pues dichos encuentros también me sirvieron para descubrir que aparte de intenso, perverso y conflictivo, tenía afición por la insidia o mala leche con el objetivo de dañar ante mí, la imagen de Jaime… mi CAZADOR favorito.


   Leí algún corto ensayo en el que Carl Sagan desarrollaba otro de los temas que le apasionaban aparte de la astrofísica, y ahí ahondaba sobre la historia de los deportes y la universalidad de las competencias entre los seres humanos. Se preguntaba a dónde había ido a parar ese poderoso instinto evolucionado dentro del Homo sapiens a lo largo de 200,000 años de cacería, de acecho y estrategia, que con la domesticación de al menos medio centenar de especies animales durante los últimos cuatro milenios resultó innecesario y se fue adormeciendo, pero finalmente, decía Sagan, ese reflejo arcaico y vital renació desde las profundidades en forma de competencia y torneos… y yo añadiría, también en una forma pura y llana de cacería, principalmente en hombres cuya clase va desde el pícaro “viejo verde” hasta el peligroso depredador sexual, quedando en el medio los parafílicos sexuales representados por Jaime y yo, inmersos en un patrón repetitivo de conquistas de personas (repito: consensuadamente) consideradas objeto de goce y uso.



   Sobre la categoría de las “presas” ya he hablado suficiente en esta antología y me autocomplazco en pensar que Jaime y yo somos buenos cazadores ateniéndose al dicho ese de que “La presa hace al cazador”, incluso a pesar de que las características del botín mismo fueron cambiando. Durante los primeros años de mi vida gay la motivación fue la belleza física, demostrarme y demostrar a otros habilidad para llevarme "al mejor", y décadas después, serle fiel a mi pito una vez que hube explorado a tientas por los nebulosos rincones de mi libido, al saber con certeza qué es lo que buscaba, de urdir un plan, de fingirse incluso el atrapado e intensificar con ello el objetivo último… orgasmos.

   Ahora, reconozco que el argumento que uso para ufanarme de mis habilidades de cazador, puede ser perfectamente usado con el mismo sentido por aquellos a los que menosprecio por ser o jugar a ser las "víctimas", vaya...
Cazar o ser cazado, ¿a eso se reduce mi dilema?