jueves, 5 de octubre de 2023

2010 Sergio


                                                                                             2010 Sergio

                                                                                                                                                                              "La vida sin música sería un error".
                                                                                                                                                                                                        Friedrich Nietzsche




   Hace muuuchos años, fui cortejado por un hombre que me llevaba casi dos décadas de edad, tenía un cuerpo magnífico a causa de su inquebrantable disciplina para hacer ejercicio y ocupaba un buen cargo dentro del Poder Judicial de la Federación. A pesar de que yo trabajaba entonces como un simple acomodador de mercancías en un supermercado, no me extrañaba el asunto, para esas fechas ya entendía que las relaciones entre hombres homosexuales eran diferentes a las “normales”. Era frecuente enterarse que algún amigo o conocido había formado pareja con alguien mayor, poseedor además, de amplios recursos monetarios… (lo que ahora se denomina un Sugar Daddy), que le ofrecía la oportunidad de cursar estudios superiores y avanzar en la escala social. Fui invitado a cenar en dos ocasiones por él, para conocerme mejor. No tengo idea si mi nivel cultural le pareció suficiente, pero sí dijo estar fascinado por la vehemencia que mostraba en mis argumentaciones sobre la revolución social a la que me había integrado al ser militante del FHAR (Frente Homosexual de Acción Revolucionaria). Quizás le parecí muy inteligente… o muy ingenuo, el caso es que acordamos pasar nuestra primera velada juntos.
   Aquella tarde salí de trabajar y llegué a su espectacular piso con vista al Parque España, yo llevaba una botella de vino blanco dulzón (y barato) que por cortesía (¿o economía?) abrió para que la bebiésemos y tomamos asiento en la sala.

   ¡Wow! Todo un caballero, pensé. No parecía uno de esos típicos rodeos a los que la mayoría de heterosexuales están condenados a jugar, si desean encamar a una mujer. Lo digo porque desde que lo conocí le propuse acostarnos sin más, pues me gustaba, y amablemente respondió que quería hacer las cosas “bien”.

   —¿Y bueno… te gustaría escuchar música, o charlar? —preguntó.
   —Las dos cosas… —respondí con entusiasmo, mismo que falleció al instante ante la aclaración que hacía con una expresión de severa cortesía:
   —No… o charlamos, o escuchamos música.

   En ese momento entendí que cada minuto y acción que emprendiera junto a Sergio, estaría planificada de antemano por ese galán de sonrisa congelada.

   —Vale… escuchemos música. —Fue una de las dos últimas frases que oyó de mí. La siguiente se pronunció 40 minutos más tarde cuando terminaba un concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky, y agradecía sus finas atenciones antes de salir de ahí para no verlo jamás.



   Creo que a tono con la etapa radical que en aquel momento vivía, sobrerreaccioné, pero ahora comprendo que a la música bien vale la pena darle su propio espacio.
   La música ocupa en mi vida un sitio mucho más trascendente del que apenas pudo apropiarse la casi totalidad de los hombres de quienes he hablado en esta antología. De hecho, al escribir resultó de gran utilidad oír la pieza melódica que me recordaba a cada cual (digo… tampoco a todos), y experimentarla como si del fondo musical de un filme se tratara, donde mi memoria proyectaba el momento y contexto en el que viví alguna experiencia junto a ellos. Y más allá todavía, la memoria auditiva, igual que un túnel del tiempo, podía llevarme a la temprana niñez y adolescencia para desdoblarse en memorias gustativas, olfativas o anímicas.
Recientemente, apenas con un corto estribillo que evocaba, pude localizar 60 años después en internet, la canción grabada en ese pequeño disco de acetato que mamá nos ponía insistentemente en el tocadiscos del recién nacido hogar, como parte de su primigenio legado espiritual hacia nosotros.


   TODOS los ámbitos de mi existencia están musicalizados. Tengo carpetas con música para trabajar, para meditar, para los viernes de cita romántica con Jaime y yo en el balcón del departamento, para asear el hogar, para deleitarme y crease o no… música para morir.
   La carpeta clasic to die se formó durante años con lo que consideré las composiciones más cercanas a Dios y a la melancolía (para ejemplo, el devastador preludio 4 en E menor de Chopin), una colección que yo desearía escuchar en la antesala de mi propia muerte.
   Disfruté clasic to die por años mientras trabajaba en la PC, recreando una y otra vez mi adiós al mundo. Nunca imaginé que dicha play list rebasaría la frontera de los tímpanos y se instalaría ya codificada como un comando neurolingüístico (de lenguaje musical, pero lenguaje al fin) en mi cerebro.
   Seré conciso, pues los detalles aparecen en la última narración de la serie Bitácora de Viajes de este Blog. En el viaje con hongos alucinógenos -Niñitos Santos- que realizaría en 2019 en Oaxaca, pensé que acompañarme con tan deliciosa selección musical sería “mágico”, le di play a clasic to die y mi cerebro a su vez, me obsequió la más fiel y descarnada experiencia de muerte que jamás haya... ¿imaginado?





   Sin embargo años antes, ya había aprendido que, igual que la luna, la música tiene una cara oculta.
Sergio (otro Sergio ya en 2010, y expediente XXX con el nombre de "Ser"), de 25 años, aspirante a psicólogo, figura menuda y cabecita perversa a quien encontré entre las acuosas penumbras de los baños La Villa, resultó un buen paradigma de música hecha carne.
Aparejado a los lúbricos encuentros que tuvimos, Sergio me obsequiaba vía correo electrónico piezas derivadas a mi parecer, de un perturbador mestizaje entre undergrond, soul y blues: Beth Hart, Oona and Dave Tweedie, Chinawoman, Noora Noor, Gary B.B. Coleman y otros.
Rara vez investigo las letras de las canciones, y con estas no hubo excepción; no obstante sus voces, el ritmo, los espacios, me hablaban de pasiones sórdidas, de adicción tóxica, de llagas sangrantes y abandono propio, de la expulsión del paraíso del amado; melodías cuya equivalencia material yo encontraba en el cuerpo de Sergio……………...........… el Virgilio que me guiaría hasta la puerta de entrada a los siguientes estratos del inframundo erótico.