jueves, 5 de octubre de 2023

2008 JAIME parte II


                                                                            2008 JAIME: Parte II

   No puedo negar que durante muchos, muchos años, los iniciales y en total la tercera parte de mi vida acumulada, viví ensoñado con el amor. Lo único que ocupaba mi cabeza era pensar en el momento en que encontraría a un hombre al que yo amaría y por el que a su vez sería amado… para siempre.




   Nunca dudé de mi orientación, tan es así que, a pesar de haber tenido la oportunidad (algo tardía pero concreta) de estudiar para ser científico, o abogado, o historiador, mi única vocación fueron siempre los hombres. Durante la niñez les vi como seres míticos, fuertes y protectores. Entré a la adolescencia remojado en novelas románticas, y ya consciente de mi otredad ante la sociedad “normal”, se convirtieron en seres inalcanzables por quienes debía esforzarme mucho si quería ser seleccionado por uno de ellos, y si eso llegara a ser posible, afanarme aún más para mantenerlo a mi lado. Luego, escalando un nivel hacia la audacia, leí con avidez TODAS las técnicas que una Chica Cosmo debería dominar para seducir a su macho.
Pasó lo que pasó en los relatos de mi antología y finalmente entendí que todo lo que se necesitaba para “atrapar” a un hombre, era ser autosuficiente, coger bien, estar bueno (físicamente) y ser un hijo de puta.
Construir una relación de pareja desde esa perspectiva no ayudaba mucho; sin embargo, JAMÁS daría yo un paso atrás. Por el contrario decidí que sería precisamente ese, el punto de arranque.



   Los únicos hombres “buenos” que conocí desde la infancia vivían en libros, películas y en mi imaginación. Los ejemplos reales fueron mi padre, tíos, primos, abuelos, hermanos, amigos, compañeros de trabajo, amantes, ligues o conocidos… los propios y los de otras personas, de quienes guardo un extenso anecdotario sobre su actuar siendo hombres: de sus conquistas e infidelidades, su poligamia o por el contrario, del abandono a sus hijos y pareja; del desprecio hacia sus mujeres irónicamente por ser ingenuas, fieles y abnegadas.
No soy muy diferente de ellos, es solo que terminé adoptando el principio de poner al tanto a quién le interesara saberlo, de quién era yo.

   ¡Pero no todos los hombres son iguales! He oído decir hasta el cansancio a mucha gente.

   Seguro tienen razón, tan seguro como que existen los juegos de lotería… y que tampoco hay manera de saber cuál es el boleto ganador. Por eso no me entusiasma jugar lotería, así que tomé y sigo tomando de referencia para el trato que debo dar a un hombre, mi propia forma de ser hombre.
   Me conozco y sé que en el terreno emocional soy complaciente, leal, independiente y sensible; con todo ello, también soy desconfiado, lascivo, cínico y utilitario; ya lo dije antes… un hijo de puta.

   Desde el momento en que la relación con Jaime inició, aun a partir de un incipiente noviazgo, lo hice bajo la premisa explícita de igualdad de reglas y le propuse:
—Hagamos un acuerdo de hijo de puta a hijo de puta.

   Nadie estaba obligado a ser fiel (o incluso obligado a ser infiel), lo que no implicaba ser grosero o falto de sensibilidad; o sea… mientras saliéramos juntos a comer, al cine, a caminar o a un lugar gay, no ligaríamos o mostraríamos un interés especial por otro hombre. Al fin y al cabo, cada quien vivía en su propia casa y quedaba mucho tiempo adicional para las andanzas.
   No era preciso que cada quien hablara sobre el o los encuentros con otra persona, tampoco se podía forzar al otro a escuchar la aventura, aunque si alguno insistía en querer oír detalles, se haría responsable de su petición evitando cualquier escena o reclamo. Los primeros años Jaime optó por darme la menor información posible a pesar de que (lo digo honestamente) siempre me ha fascinado escuchar sus enredos carnales. Podría ser que a nivel subconsciente vea en Jaime a un alter ego mío o una extensión de mi ser; tal vez en el fondo se trata de un enmarañado mecanismo de control por mi parte; quizás mi pasión por la cacería de hombres me llevó a admirarlo porque Jaime resultó tener un estilo propio y muy eficaz para atrapar a quien le gusta.
   Cada uno se haría cargo de la decisión de tener o no sexo protegido.
   Para compensar la balanza, un contrapeso para tanta libertad, habría unas pocas prohibiciones a las cuales comprometerse: ninguno podría involucrarse emocionalmente con otro tipo pues la experiencia decía, y así se lo expliqué, que una abrupta (y casi siempre fugaz) infatuación daría al traste con nuestro proyecto a largo plazo.
   No haríamos a otro hombre lo que nos hicieron y lastimó en el pasado, es decir, ilusionar o crear falsas expectativas sobre lo que sería sin duda diversión mutua y consensuada. Lo ideal era dejarle claro al novio en turno que ya se tenía pareja, obvio, si el tema salía a colación o cuando fueran solicitados encuentros subsecuentes.
   Una vez que decidimos vivir juntos, también se acordó no llevar el ligue a la casa, el lecho sería solo para nosotros. Después de todo, para aquellos habría una basta lista de opciones: hoteles, saunas, su casa, dark rooms, cabinas, cines, parques sin iluminación, etc. etc. etc.

   Reconozco que no todo fue tan lineal y hubo momentos en que alguno de los dos se llegó a aficionar por un amante casual, o invitar a casa al chico que a ambos nos gustó para un trío, a mentir sobre el propio estado marital ante el inminente desafane de un caballero reacio a dar las nalgas o el pito sin obtener antes una garantía de seriedad.

   Año con año la relación se sostuvo. Cuando llevábamos tres años yo escuchaba la canción Y si fuera ella de Alejandro Sans y retomé su letra para hacerme la misma pregunta… ¿Y si fuera Jaime a quien siempre esperé? Creo que sí, respondí, y hasta entonces, 
mil y una noches después, igual que lo hiciera el sultán persa Shajriar, suspendí de manera definitiva la decapitación de mis aspirantes a consorte, y le propuse a Jaime una relación formal.
Formal ante mi corazón, futuro y lealtad.
   ¿Lo otro?… ¿el culo y la verga? Para entonces ya sabíamos que dejarles retozar durante 15 o 30 minutos a su aire, apenas equivalía a la medio millonésima parte del tiempo que compartiríamos juntos a lo largo de nuestra unión.


   ¿Suena muy frío y calculado? ¿Poco romántico? Debe ser, sobre todo para quienes no creen que el Amor definido así por la RAE, no la de Madrid España sino la Real Apetencia de la Economía, es el conjunto de fantasías, condicionamiento y manipulación de las necesidades (¿o carencias?) afectivas de las personas para controlar la energía vital y económica de una sociedad.

   En 2008 cumplimos una década acompañándonos, y un año después… nos casamos.

   ¡¡¡Ándele culero!!! ¿No que no? "Más pronto cae un hablador que un cojo", dice el dicho. ¿Pues no que despreciabas los cánones sociales? Y para colmo te ayuntaste con la sacrosanta institución del matrimonio… ¡Farsante!

   Lo que aprendí sobre el matrimonio cuando era pequeño y miraba televisión, es que ha existido desde la prehistoria y existirá hasta el fin de los tiempos. Siempre constituido herméticamente por papá, asalariado y explotado por un hombre dominante; mamá, muy pendiente y afanosa por mantener el hogar en armonía, auxiliada afortunadamente por una docena de electrodomésticos e idealmente por servidumbre; y los hijitos, a veces complacientes a veces rebeldes, pero en el fondo siempre buenos de corazón.


   ¡Ay no exageres! Eran caricaturas, historias animadas…

   Nada de lo creado en la industria de los medios de comunicación está libre de carga ideológica, de domesticación social o con la finalidad de vender algo (de hecho es todo junto). En este caso se trata de convencer a los niños y luego a sus mayores mediante esas telenovelas cuyo guion ha sido clonado por eras hasta lo incontable, que la familia nuclear y monogámica es la ÚNICA opción a la que se debe y puede aspirar, y solo hay una manera de acceder a ello por medio del matrimonio.
   Ni siquiera hay que ser historiador o antropólogo social para saber que el matrimonio siempre significó un contrato civil y mercantil para resguardar o acrecentar el patrimonio económico, sociocultural, político o genealógico de cualquier grupo social, casi siempre de corte patriarcal.
Así se le consideró al matrimonio por milenios hasta que surgió el Romanticismo, un movimiento cultural que exaltaba el Yo y daba prioridad a los sentimientos.
Mi tío abuelo Liborito, militar de cepa, honorable y macho nobilísimo, nacido allá cuando agonizaba el siglo XIX, expresó de manera exquisita su opinión acerca del tema al oírle decir: "¡Mierda!, todo marchaba bien hasta que los franceses inventaron el amor y todo se fue al demonio", cuando en su avanzada vejez miraba cómo la mayoría de las uniones conyugales de sobrinos, nietos y otros jóvenes se desmoronaba en poco tiempo.

   En el filme Matador (1986) de Pedro Almodóvar, el mismo director hace una brevísima actuación representando a un diseñador de vestidos para novia. El desfile de modelos está por iniciar en la pasarela y un periodista que hace la reseña del evento le pregunta:
   —¿Cree usted que el matrimonio es importante?
   A lo que el diseñador (Almodóvar) responde con una frase que me pareció genial e hilarante:
   —¡Por supuesto! Si no existiera el matrimonio yo no podría vender mis vestidos…
   La respuesta condensa para mí, la parada final a donde ha arribado dicho acto social. El porqué del matrimonio ha sido deformado hasta el absurdo, para resignificarlo en una parodia comercial del amor, que nace con la parafernalia de los preparativos y muere al regresar de la “luna de miel”.

   Actualmente, cuando miro en anuncios espectaculares la publicidad que invita a asistir a exposiciones y ferias para la planeación de bodas LGBT+, tengo emociones encontradas. Recuerdo tiempos en que la menor manifestación de afecto entre hombres, incluso el puro amaneramiento resultaba en prisión, violencia y desprecio generalizados. Igualmente sé que en respuesta, eso fue lo que nos hizo fuertes, combativos, críticos y demandantes de igualdad en todos los ámbitos ante el resto de la sociedad.
Y la equidad llegó, sobre todo para quien tiene los recursos económicos para ejercerla, sea cual sea su orientación... igualdad para comprar, para consumir, para ser enajenable.


   Y entonces, ¿Por qué te casaste? Si tanto repudias el matrimonio, si lo consideras una institución caduca y esclerosada…

   Lo hice para darle seguridad jurídica a Jaime. Entre las anécdotas que digo tener, existen muchas sobre la manera en que una pareja de hombres homosexuales hubo construido un patrimonio común (un departamento, negocio, un automóvil, o menos todavía), y de cómo era despojado vilmente de todo, cuando uno de ellos moría y aparecía la rapaz familia para reclamar su “derecho” a los bienes, cuando ninguno de ellos había cuidado y acompañado hasta el final a su familiar, destruido principalmente por sida u otras afecciones terminales.

   Por esas fechas (cuando me uní a Jaime), yo me había empeñado en resolver de una buena vez, el embrollo de las sucesiones testamentarias de las tías Rosa y Esther, la de mamá y la de mi hermano Miguel Ángel. Ello me llevó 7 años y paradójicamente, la relación con los coherederos estaba más tensa que nunca, dos de ellos mostraban una hostilidad declarada por Jaime y tuve claro que si yo fallecía, lo echarían a la calle.
La solución ideal para asegurarme de que eso no sucedería estaba en la unión civil.

   Justo en el 11° aniversario de habernos conocido, se realizó la ceremonia ante una juez de lo civil.
¡Estaba hecho! Fuimos doce participantes: Jaime, yo y la gente más allegada a nuestros corazones.


   —¿¡No vas a ir así a tu boda, verdad!? —Preguntó horrorizada la novia de mi hermano cuando vio que solo vestía con un pantalón de lino, camisa y corbata. Deduje que también se preguntaba si tampoco habría salón de fiestas, centros de mesa con flores, sillas con moños, banquete (aunque fuera barato), un DJ y su predecible play list… ¿No bailaríamos “El venao” y “La víbora de la mar” y una batucada con globos? ¿Sería posible que no hubiera pajecitos corriendo por todo el salón?, ella entendía que no se lanzara ramo de novia, pero ¿Y todo aquello que ha fetichizado al “Día más Importante de Nuestras Vidas”?.........
Quizás mi cuñada tenía razón, según cifras del INEGI (Instituto Nacional de Estadística y Geografía) año con año baja el número de personas que se están casando y aumenta el de divorcios. Los juzgados de lo familiar están atestados de juicios en contra de cónyuges que se desobligan de sus vástagos, que violentan a su par, que tenían menos información sobre la pareja con la que se casaron y procrearon hijos, de la que yo he vertido en alguno de mis relatos. Sí, es posible que esa fiesta sea el día más feliz de sus vidas, considerando los miles que vendrán por delante, plenos de desencanto.

   Si la familia monogámica, excluyente, esa que se cocina durante años dentro de una olla de presión, es la receta para una mejor vida, y mirando sin hipocresía la realidad del lugar a donde hemos llegado como sociedad… ¿De verdad está funcionando la fórmula?








   Después del acto civil llevamos a nuestros invitados a un centro botanero, una cantina en la que cada trago se acompaña de un buen platillo: paella, chamorro de cerdo, carne tártara y otras delicias.
Los amigos de Jaime no se quedaron con las manos cruzadas ante la afrenta de no ser invitados, y nos organizaron una fiesta “espontánea” en la casona de Alfonso XIII. Llegaron con docenas de botellas de alcohol, cerveza, cazuelas con guisos, pasteles y un show.
La celebración terminó hasta el amanecer.








   Lo curioso es que salvar el acuerdo como relación sexualmente abierta, fue la parte menos compleja durante estos 10 años. El verdadero reto estuvo en comprobar que igual que lo entendí durante el viaje a la India, una pareja puede aprender sobre la marcha a enamorarse uno del otro, aprender a conocerse día con día, a celebrar la afinidad y respetar las diferencias… incluso capitalizarlas.
Siempre me he creído culto (que lo sea es otra cosa), entonces yo sería un maestro y Jaime mi pupilo;
A Jaime le gusta sentirse un niño… y a mí un papá;
Él detesta (o tal vez lo propicié) mover un dedo para mantener en orden el hogar y eso permitió mi “realización” siendo un excelso amo de casa, lo que no quiere decir que a veces no lo lamente;
Cada quien debió enfrentar el hecho de que muchas de las expectativas que teníamos sobre el otro, no serían cumplidas;
Nunca antes alguien que no fuera él, mantuvo mi interés sexual por tantos años, acumulamos cientos de orgasmos compartidos, algunos de ellos parecía que serían los últimos cuando sentí claramente que el corazón me explotaría junto con la verga;
Ambos resultamos ser trabajadores y tener afición por el ahorro, los viajes, la cerveza y la comida rica, ir al cine o visitar templos religiosos.






   De vez en vez, al escucharnos hablar sobre la forma en que llevamos a cabo nuestra relación, alguien pregunta:
   —¿Qué tipo de pareja son ustedes? —y respondemos con dos ejemplos del reino animal… están los periquitos que son fieles de por vida y pasan su tiempo despiojándose uno al otro, y están los lobos cuya naturaleza es la cacería.
Nosotros somos lobos, le aclaramos.


   ¡Óyeme! que los lobos también son fieles hasta la muerte…

   Es verdad, sin embargo, eso entre muchas otras cosas, también las desconoce quien pregunta algo así.
   Pero bueno, dejémoslo en que somos titis brasileños, unos adorables monitos que también se unen en pareja para siempre, no obstante cuando llega la temporada de apareamiento, se desata un frenesí arrollador entre el clan y todos cogen con todos. Una vez que la hembrita queda preñada sin importar de qué macho, regresa con su único amor para que ambos esperen el nacimiento de su bebé, mientras contemplan el atardecer de cada día, sentados sobre una alta rama de su árbol y con sus largas colas enroscadas entre sí.


                                                                                                                                                         Continuará…