2005 Amner
En la narración anterior hablé sobre lo que sucedió en un cine…
Justo con la entrada del nuevo milenio, sumé a mi coto de caza a los cines porno también llamados para adultos. Por supuesto que yo ya sabía de su existencia desde hacía dos décadas cuando Zenaido, con quien compartía trabajo psicoterapéutico dentro del grupo SEXPOL, me invitó para conocer uno ubicado por el barrio de Tacubaya al sur de la ciudad.
El primer pero: nunca encontré “eróticas” por ningún lado a las películas porno. Cuerpos hermosos y perfectos, miles de centímetros cuadrados de topografía y orografía receptivos, reducidos a tres orificios (boca, vagina y ano) y un apéndice (la verga), con historias genéricas y recurrentes. Luego estaban las instalaciones mismas, sucias, aunado al constante acoso de los vigilantes que rondaban a hurtadillas por los pasillos oscuros, acechando para sorprender a los anónimos mamantes, flagelarlos con la potente luz de su linterna y asegurarse de que toda la concurrencia en la sala escucháramos cómo eran expulsados del lugar por su inmoralidad. Por eso mi ligue sugirió que nos encerráramos en uno de los excusados del baño, donde la pestilencia y la imagen de los papeles embarrados de mierda por todo el piso me hicieron huir de ahí, seguido del galán que solicitaba otra oportunidad para que fuéramos a un lugar “mejor”. Localicé a Zenaido y salimos del sitio.
Otra buena razón para no ir eran las constantes razias que la policía realizaba en esos cines durante la década de los 80, principalmente en el legendario cine Gloria, para extorsionar a toda la clientela… hubiera o no, chupado pito.
Pasaron los años y quise reconsiderar mi opinión sobre este tipo de puteros. El hedor a sordidez se mantenía. Sin embargo, se minimizó cuando mis ojos descubrieron un nuevo segmento poblacional gay y no tan gay entre los asistentes, no localizable en bares y cantinas LGBTTTIAQ+, en saunas, en las marchas del orgullo, en el último vagón del Metro o en cualquier otro lugar de encuentro para hombres; lugares distintos entre sí, aunque hermanados por una característica en común… la luz, quiero decir, iluminación que hacía VISIBLE a su público. En cambio, las sombras parecían ser el aliado perfecto para estos pornocinéfilos cuya búsqueda de placer era igual de arrolladora que su exigencia de secrecía. Quizás eran feos, o viejos, o casados, o muy machos, o reprimidos, o pobres, o frikis, o sabrá Dios qué.
Poco a poco mis pupilas aprendieron a dilatarse al límite y mi cerebro a interpretar desde la penumbra, los rasgos y silueta de los integrantes de esta nueva eroto-biota. Cual habitante de gruta o caverna agucé el oído, el olfato (nasal e intuitivo), manejé semejante a sensibles pedipalpos mis dedos por encima de camisas, chamarras y otras prendas.
Siendo este un espacio sombrío, las señales sexuales que emitían los demandantes de placer se acentuaban para despejar cualquier duda sobre la naturaleza del estímulo que se buscaba, acelerando al mismo tiempo la tramitología del ¿eres ésto? o ¿te gusta aquello?
Independientemente de la apariencia ruda o delicada de un hombre, si este se encontraba recargado en una barda parando el culito; si se sobaba o incluso tenía la verga afuera del pantalón; si se estaba acariciando el pecho por debajo de la camisa; si lanzaba miradas bragueteras u observaba fijamente la pantalla ignorando al mundo, se entendía lo que podías hacer.
Independientemente de la apariencia ruda o delicada de un hombre, si este se encontraba recargado en una barda parando el culito; si se sobaba o incluso tenía la verga afuera del pantalón; si se estaba acariciando el pecho por debajo de la camisa; si lanzaba miradas bragueteras u observaba fijamente la pantalla ignorando al mundo, se entendía lo que podías hacer.
Y así, a lo largo de los años coseché magníficos orgasmos e historias memorables con personas únicas.
En 2010 cerró definitivamente el cine Teresa. Lleno de recelo visité el cine Nacional, del cual me habían dicho era divertido. Aunque debía tener cuidado con un grupo de jotos rateros que aprovechaban la aglomeración de hombres calientes que se formaba en un rincón atrás de las últimas butacas, para hurtar billeteras o teléfonos celulares. Debo decirlo, a mi edad y camino recorrido, creí que un sabroso chacal me besaba con “buenas intenciones” y al salir del cine descubrí que fui despojado de mi teléfono.
En 2010 cerró definitivamente el cine Teresa. Lleno de recelo visité el cine Nacional, del cual me habían dicho era divertido. Aunque debía tener cuidado con un grupo de jotos rateros que aprovechaban la aglomeración de hombres calientes que se formaba en un rincón atrás de las últimas butacas, para hurtar billeteras o teléfonos celulares. Debo decirlo, a mi edad y camino recorrido, creí que un sabroso chacal me besaba con “buenas intenciones” y al salir del cine descubrí que fui despojado de mi teléfono.
Al menos no hice el ridículo como esa pobre loca que de repente desgarró la oscuridad al gritar:
—AYYYY! ¡Me robaron mi teléfonooooo! No sean así……. ¡Llamenmen para que sueneeeeeeeee!
Lo que consiguió, fue un alud de risotadas por parte de los asistentes y el calificativo de: PENDEJA!!!
Por suerte el dueño cambió de administración, su nuevo equipo logró ubicar y vetar la entrada a los ladrones y en un par de años hizo de ese mísero putero uno de los lugares más originales y divertidos que yo haya visitado.
Contra todo pronóstico, donde se entiende por pronóstico la generalizada filosofía por parte de cualquier empresario que manejaba al inicio de los 2000 un negocio LGBT+, y cuyo principio básico era el de quedarse con el dinero de sus clientes sin importar el concepto que se ofreciera, Pepe, el nuevo administrador del cine Nacional, logró hermosear las prosaicas cogidas y mamadas de verga o culo, con un toque de cultura y generosidad.
El cine Nacional constaba de una enorme sala principal de exhibición en la planta baja, donde siempre se presentaron películas para heterosexuales. En el siguiente piso estaba la dulcería, otra sala más pequeña para ver películas de porno gay, y un pasillo que conducía a una terraza al aire libre, ocupada con macetas de arbustos florales (concretamente bugambilias) y bancas de hierro colado que usaban los visitantes fumadores o aquellos que deseaban (igual que yo) tomar aire fresco tras un placentero encuentro.
Una tarde escuché por las bocinas de la sala, que se invitaba a los presentes a disfrutar música rock que iniciaría en unos minutos en la sala “B” de arriba.
Lo que consiguió, fue un alud de risotadas por parte de los asistentes y el calificativo de: PENDEJA!!!
Por suerte el dueño cambió de administración, su nuevo equipo logró ubicar y vetar la entrada a los ladrones y en un par de años hizo de ese mísero putero uno de los lugares más originales y divertidos que yo haya visitado.
Contra todo pronóstico, donde se entiende por pronóstico la generalizada filosofía por parte de cualquier empresario que manejaba al inicio de los 2000 un negocio LGBT+, y cuyo principio básico era el de quedarse con el dinero de sus clientes sin importar el concepto que se ofreciera, Pepe, el nuevo administrador del cine Nacional, logró hermosear las prosaicas cogidas y mamadas de verga o culo, con un toque de cultura y generosidad.
El cine Nacional constaba de una enorme sala principal de exhibición en la planta baja, donde siempre se presentaron películas para heterosexuales. En el siguiente piso estaba la dulcería, otra sala más pequeña para ver películas de porno gay, y un pasillo que conducía a una terraza al aire libre, ocupada con macetas de arbustos florales (concretamente bugambilias) y bancas de hierro colado que usaban los visitantes fumadores o aquellos que deseaban (igual que yo) tomar aire fresco tras un placentero encuentro.
Una tarde escuché por las bocinas de la sala, que se invitaba a los presentes a disfrutar música rock que iniciaría en unos minutos en la sala “B” de arriba.
No, no era un concierto transmitido en la pantalla, era un grupo de rock que tocaba en vivo encima de un foro frente a la pantalla mientras las escenas de sexo se reflejaban sobre ellos. Su época de gloria ya había pasado, pero eso no les impedía dejar el alma en el escenario (quizás el único y último que verían en sus vidas). Esa sí era una imagen maravillosa… el sonido de la batería y el bajo copulaban con los "¡Ohhh yea!", "¡Mhhhhh!", "¡Fuck me!", de los rubios protagonistas del filme, con quienes una o dos parejas en el área de las butacas competían como queriendo ganar el Óscar al dueto más ardiente y efímero. Siendo justos, también diré que al terminar su participación de 30 o 40 minutos, el grupo recibía un sincero aplauso de la docena de fans que habían suspendido sus correrías para escucharlos.
En otra ocasión, tomaba un refresco en la dulcería. Entonces, Pepe pasó a entregar personalmente un boleto canjeable por un coctel de frutas en la terraza, y salí presuroso para ser de los primeros en la fila. Sobre una mesa, muy atareado estaba un hombre pelando y rebanando con destreza: sandía, melón, papaya, naranjas y pepinos. Tomaba un poco de cada fruto y con el mismo rellenaba una hilera de 10 o 15 vasos desechables para repetir el proceso hasta que consideraba oportuno el reparto de los cocteles. Nuevamente el detalle me pareció exquisito, y no hablo del sabor sino de lo que significaba… un escape momentáneo a la invisibilidad de las concupiscentes sombras; instantes de cálida luz y cruce de miradas entre Personas. Sin que le restara valor a este espléndido gesto, a veces la fruta era sustituida por calientitos tacos de canasta, cuyo olor a chicharrón, frijol o adobo, removía de la nariz los aromas a sudor y otras excreciones que impregnaban el enorme salón interior.
Sin embargo, cuando yo creía haberlo visto todo, una tarde en el cine Nacional me topé, durante la víspera de Día de Muertos, con Amner, un chico con quien tuve varios encuentros sexuales en los baños Mina en 2005. Entonces me enteré que era Licenciado en Artes Plásticas egresado de la universidad y había sido contratado por Pepe para dar entre los asistentes al cine, que así lo desearan… ¡¡¡un taller para la elaboración de calaveritas de papel maché!!! La actividad se desarrollaría durante dos miércoles en el vestíbulo de entrada y encontré imposible negarme a participar, no tenía ningún costo adicional a los $35.00 que costaba el boleto de acceso al cine e incluía el material.
Confeccioné mi calaverita y recibí orgulloso el diploma correspondiente, junto a los demás alumnos en un ambiente de total cordialidad…imposible de replicar adentro de la sala donde siempre se entablaba entre todos, una encarnizada lucha por llevarse al mejor chacal o ser “la más bonita”.
Fue un shock llegar una tarde y hallar la cortina metálica que resguardaba al cine definitivamente sellada. Reencontré en la calle pocos meses en el futuro, a Amner, y comentó que todo sucedió muy rápido. Un jueves llegó un grupo de empistolados, tal vez criminales, tal vez policías (casi siempre son lo mismo), le dijeron a Pepe que a partir de entonces debían dar una absurda suma de dinero semanalmente o “plantarían” al interior del lugar paquetes de droga o peor aún, un menor de edad. Esto los hundiría en prisión a él, al dueño y de paso a varios clientes.
Consideraron la posibilidad de que solo fueran extorsionadores de poca monta, pero ante el total desprecio con que los recibió el comandante del sector policiaco en la zona, se tomó la decisión de cerrar el cine Nacional para siempre, apenas tres días después de la amenaza.




