2001 Gustavo
En alguna de esas tardes de correrías por el cine Teresa, reencontré a Gustavo, con quien pasé una ardiente tarde en Acapulco durante la temporada previa a mi viaje por España. Yo platicaba con un chico muy lindo al que pretendía ligar en playa Condesa desde hacía unas horas, con juegos de miraditas y bobadas ya muy sobadas en mi repertorio de trucos para seducir. En eso llegó Gustavo, al que mi ligue presentó como su mejor amigo y… simplemente desapareció (el ligue) de mi universo, a pesar de que el intruso no lucía tan bello ni tenía el porte de modelo de su amigo.
Gustavo de 27 años, era alto, moreno, robusto con piernas algo flacas que contrastaban con su ancho pecho, desde donde (y por favor perdonen mi obcecación por el tema, pero debo señalarlo) un gran par de pezones abrillantados por el aceite de coco que usaba para broncearse, arponearon mi verga. Y por si no fueran ya suficientes mis filias, descubrí que su ombligo saltón me pareció sexi. Quince minutos después, Gustavo abría la puerta de su habitación en el hotel donde se hospedaba para invitarme a pasar.
Según la Kabbalah, el puro hecho de buscar algo, hace posible la materialización de lo buscado, si la idea (o deseo) incorpora en sí misma los siguientes pasos: emanación, creación, formación y acción, y estos sean coherentes unos con otros.
Seguro que suena muy atrevido el relacionar esta antigua escuela hebrea de pensamiento esotérico con mis puterías. Es solo que no puedo dejar de pensar en la manera en que los acontecimientos se han ido hilando a lo largo de mi vida. De adolescente buscaba algo, aunque no estoy seguro de que fuera un deseo genuino o preprogramado socialmente, y de pronto aparecí desnudo, parado frente a una infinidad de puertas y senderos. Las puertas que abrí y los caminos que tomé, tal vez eran los que DEBÍA de seguir… tal vez no. A estas alturas realmente no importa.
Mi búsqueda se materializó día a día en carne, en deseo y placer; incluida con los años, su versión digital.
Al momento de mi ingreso como trabajador en la escuela, yo contaba con un conocimiento apenas básico sobre algunos programas de la computadora de mi oficina: Office, Paint y el Explorador de Windows. Luego pasé horas adicionales a mi jornada laborable, picando ésta y aquella tecla para ver qué función cumplía, adicionando progresivamente las habilidades de un nuevo programa o aplicación, así llegué a internet y obvio… a la pornografía, para descubrir que era igual de ordinaria y genérica que en los cines y revistas, con un formato caducado, indistintamente de su versión hetero o gay.
Ya en casa por las noches, seguí picoteando el teclado de mi propia PC, buscando, rastreando, fastidiando el disco duro con virus informáticos, rehaciendo la información y vacunando la máquina. Acumulando imagen más imagen fui dando forma a mi propia pornografía. Además, resultó fascinante descubrir que sin importar cuán “raros” eran mis fetiches u obsesiones, me integré a comunidades y grupos con millares de miembros a lo largo del planeta, que compartíamos la misma fuente de placer, que de paso dejo claro, aun en su forma más extravagante se llevaba a cabo entre ADULTOS y de manera consensuada.
En una década logré colectar, editar, depurar y organizar 30,000 archivos de imagen y video, cada uno cumpliendo con los requisitos que mi verga exige para formar parte de las arcas de mi erario erótico, monedas canjeables (¿"titcoins"?, ¡Mmmm! suena bien) por orgasmos puros, la mayoría de ellos solitarios y vespertinos, igual de intensos y revitalizantes que los obtenidos en compañía de alguien.
Sin embargo, debieron pasar otros nueve años para que yo adquiriera las joyas de Eros… hombres reales, no virtuales, fetiche y fantasía hechos materia; tocada por mis manos, boca y pito, todo cuanto busqué e imaginé. Aquello que a media noche me arrebataba el sueño de manera avasallante mientras mi verga lanzaba chorros de semen.
Al momento de mi ingreso como trabajador en la escuela, yo contaba con un conocimiento apenas básico sobre algunos programas de la computadora de mi oficina: Office, Paint y el Explorador de Windows. Luego pasé horas adicionales a mi jornada laborable, picando ésta y aquella tecla para ver qué función cumplía, adicionando progresivamente las habilidades de un nuevo programa o aplicación, así llegué a internet y obvio… a la pornografía, para descubrir que era igual de ordinaria y genérica que en los cines y revistas, con un formato caducado, indistintamente de su versión hetero o gay.
Ya en casa por las noches, seguí picoteando el teclado de mi propia PC, buscando, rastreando, fastidiando el disco duro con virus informáticos, rehaciendo la información y vacunando la máquina. Acumulando imagen más imagen fui dando forma a mi propia pornografía. Además, resultó fascinante descubrir que sin importar cuán “raros” eran mis fetiches u obsesiones, me integré a comunidades y grupos con millares de miembros a lo largo del planeta, que compartíamos la misma fuente de placer, que de paso dejo claro, aun en su forma más extravagante se llevaba a cabo entre ADULTOS y de manera consensuada.
En una década logré colectar, editar, depurar y organizar 30,000 archivos de imagen y video, cada uno cumpliendo con los requisitos que mi verga exige para formar parte de las arcas de mi erario erótico, monedas canjeables (¿"titcoins"?, ¡Mmmm! suena bien) por orgasmos puros, la mayoría de ellos solitarios y vespertinos, igual de intensos y revitalizantes que los obtenidos en compañía de alguien.
Sin embargo, debieron pasar otros nueve años para que yo adquiriera las joyas de Eros… hombres reales, no virtuales, fetiche y fantasía hechos materia; tocada por mis manos, boca y pito, todo cuanto busqué e imaginé. Aquello que a media noche me arrebataba el sueño de manera avasallante mientras mi verga lanzaba chorros de semen.
Cada uno de estos hombres, simplemente apareció en su momento y ahora forman parte de mi historia y de esta antología.
Ahora mismo recuerdo a mi primo Sergio, que en una de las escasísimas reuniones entre miembros de la familia paterna realizada hace pocos años, contaba la anécdota de que a mi padre le gustaba exhibir con orgullo ante él (Sergio) y otros primos ya adultos, una libretita con los nombres y el teléfono de las mujeres con las que había tenido un encuentro sexual. Nunca especificó si dicho encuentro había sido pagado o producto de su técnica seductora, dando detalles de las características físicas de esas mujeres o habilidades en la cama. Tampoco especificó el contexto temporal en que se dieron estas aventuras, aunque me atrevería a decir que las tuvo a lo largo de toda su corta vida (incluso durante su matrimonio).
Es un hecho que no soy el primer hombre en coleccionar y narrar sus aventuras sexo/amorosas[*], unas conocidas por pertenecer a personajes públicos o la gran mayoría, anónimas como las mías.
¿Cuáles habrán sido, o serán las consecuencias que de mi actuar en este mundo resulten?
¿Kabbalísticamente, qué forma física tomará aquí y ahora mi presente búsqueda? De verdad no lo sé… por el momento me conformo con poder terminar esta antología.
Ahora mismo recuerdo a mi primo Sergio, que en una de las escasísimas reuniones entre miembros de la familia paterna realizada hace pocos años, contaba la anécdota de que a mi padre le gustaba exhibir con orgullo ante él (Sergio) y otros primos ya adultos, una libretita con los nombres y el teléfono de las mujeres con las que había tenido un encuentro sexual. Nunca especificó si dicho encuentro había sido pagado o producto de su técnica seductora, dando detalles de las características físicas de esas mujeres o habilidades en la cama. Tampoco especificó el contexto temporal en que se dieron estas aventuras, aunque me atrevería a decir que las tuvo a lo largo de toda su corta vida (incluso durante su matrimonio).
Es un hecho que no soy el primer hombre en coleccionar y narrar sus aventuras sexo/amorosas[*], unas conocidas por pertenecer a personajes públicos o la gran mayoría, anónimas como las mías.
¿Cuáles habrán sido, o serán las consecuencias que de mi actuar en este mundo resulten?
¿Kabbalísticamente, qué forma física tomará aquí y ahora mi presente búsqueda? De verdad no lo sé… por el momento me conformo con poder terminar esta antología.
[*] Dejo una interesante liga al artículo publicado por el diario El País, muy ilustrativo sobre el tema:



