1996 Shiva
Estando en Madrid, caminaba por la calle de Fuencarral, en ese entonces estaba plagada de agencias de viajes para mochileros y vi que ofrecían vuelos muy económicos a la India y Nepal, compré un pasaje, una guía Lonely Planet en español y aventuré cuatro semanas. También chequé una guía gay Espartacus International que apenas comentaba en 5 o 6 renglones la inexistente o riesgosa vida homosexual pública en esa región, pero como para mí era un gran sueño desde niño ir allá, me resigné a tener un viaje muy espiritual.
La segunda tarde de mi estancia en Nepal, terminaba una jornada de caminatas por la capital. El día anterior recorrí el Thamel, un barrio muy animado con hoteles, bazares, restaurantes y callejones repletos de casitas y vecindades de una gran belleza arquitectónica, muchas de ellas lucían balcones de madera tallada con 400 o más años de antigüedad, y también había contemplado, desde afuera claro, la fachada del Palacio de Narayanhity. Jamás imaginaría que cinco años más tarde el príncipe heredero masacraría a toda la familia real incluidos el rey, la reina, a dos príncipes y a otros cinco integrantes de sangre azul durante una cena de estado, para finalmente suicidarse.
Estaba disfrutando desde lo alto del templo hinduista Maju Dega o “friky temple” (nombrado así por los nepalíes en alusión a la gran cantidad de turistas occidentales que lo subíamos), una vista completa del Durbar Square, que es el turístico y milenario centro de Katmandú y donde muchos guías sherpas ofrecen sus servicios para ir a la región del Himalaya. Yo ya había rechazado a varios, pero llegó un chiquito de unos 21 años, dijo que si podía sentarse junto a mí para platicar, los dos hablábamos un pésimo inglés y por eso nos entendimos de maravilla. Muy amable, me pidió si le invitaba una taza de té y accedí. En la casa de té seguimos conversando, pregunté si en Nepal se bebía cerveza y si sabía dónde, el caso es que terminamos en el lobby de mi hotel. Después de algunas cervezas me convenció de contratarlo tres días por ocho dólares diarios más comidas, para cargar mi equipaje y llevarme a diferentes lugares del país.
Estaba disfrutando desde lo alto del templo hinduista Maju Dega o “friky temple” (nombrado así por los nepalíes en alusión a la gran cantidad de turistas occidentales que lo subíamos), una vista completa del Durbar Square, que es el turístico y milenario centro de Katmandú y donde muchos guías sherpas ofrecen sus servicios para ir a la región del Himalaya. Yo ya había rechazado a varios, pero llegó un chiquito de unos 21 años, dijo que si podía sentarse junto a mí para platicar, los dos hablábamos un pésimo inglés y por eso nos entendimos de maravilla. Muy amable, me pidió si le invitaba una taza de té y accedí. En la casa de té seguimos conversando, pregunté si en Nepal se bebía cerveza y si sabía dónde, el caso es que terminamos en el lobby de mi hotel. Después de algunas cervezas me convenció de contratarlo tres días por ocho dólares diarios más comidas, para cargar mi equipaje y llevarme a diferentes lugares del país.
Cerca de las diez de la noche habló algo con el recepcionista y me comunicó que podíamos subir a dormir.
Yo le había contado que en México practicaba artes marciales, y en la habitación pidió que le enseñara algunos movimientos. Con un poco de malicia (y alcohol en mi cabeza, claro) yo aprovechaba para hacerle algunas “llaves” e inmovilizarlo de manera en que unas veces arrimaba mi verga a sus nalgas o con otro movimiento, hacía que su cara quedara frente a la mía, muy cerca, y mientras le daba a mi rostro una expresión pétrea y amenazadora, yo sorbía sutilmente su aliento.
Yo le había contado que en México practicaba artes marciales, y en la habitación pidió que le enseñara algunos movimientos. Con un poco de malicia (y alcohol en mi cabeza, claro) yo aprovechaba para hacerle algunas “llaves” e inmovilizarlo de manera en que unas veces arrimaba mi verga a sus nalgas o con otro movimiento, hacía que su cara quedara frente a la mía, muy cerca, y mientras le daba a mi rostro una expresión pétrea y amenazadora, yo sorbía sutilmente su aliento.
Después se bañó, yo no, pues hacía un frío glacial y entró a su cama. A pesar de que recordaba lo que leí en la guía, no dejaba de pensar en él, en sus labios carnosos y pequeño cuerpo. Murmuré que tenía mucho frío y que si podía meterme a su cama, respondió afirmativamente, pregunté si lo podía abrazar, me permitió hacerlo, lo abracé, bajé la mano, toqué su verga dura y entonces inició la fiesta.
Lo he besado todo, le mamé los huevos, su pinguita, las tetas, las nalgas y ya encarrilado, recordé que en la guía de ese país se suplicaba a los turistas ser muy respetuosos con las costumbres de los nepalíes; que había dos partes del cuerpo que eran intocables y tabú, la cabeza y los pies; la primera por estar en contacto directo con Dios y los pies con lo más sucio y terrenal. No pude evitar la tentación y el gran placer de sentirme corruptor y comencé a besar y chuparle los pies. El chico me miraba fijamente con la boca y los ojos muy abiertos, y dado que su pito seguía rígido, yo lo traduje en una invitación a continuar.
Después del numerito, ya en la sobrecama, le acariciaba el cabello mientras platicábamos, quise confirmar si era verdad lo que decía la guía y si yo estaba siendo irrespetuoso, contestó que era verdad, pero me perdonaba porque era extranjero y “no sabía”.
Después del numerito, ya en la sobrecama, le acariciaba el cabello mientras platicábamos, quise confirmar si era verdad lo que decía la guía y si yo estaba siendo irrespetuoso, contestó que era verdad, pero me perdonaba porque era extranjero y “no sabía”.
Durante esos días hablamos mucho. Supe que no fui el primer hombre con el que había estado. Antes estuvo con un alpinista holandés durante la primera fase de ascenso (a los pies) del Sagarmatha, nombre con el que llaman al Monte Everest. Él dormía y cuando abrió los ojos, el tipo le estaba mamando el pinus.
Charlamos sobre Dios y la reencarnación. Cuando le pregunté en qué le gustaría renacer, dijo que quería ser vaca o ¿¡arroz!? Me impactó muchísimo la humildad y cosmovisión del universo que poseía él y seguramente su pueblo. Sentí vergüenza por las pretensiones de los occidentales, que nos esponjamos arrogantes cuando un gurú afirma que en vidas anteriores fuimos cortesanas en el séquito de María Antonieta, o guerreros valentísimos en las cruzadas, samuráis, o amazonas; que entramos a las puertas del templo de Jerusalén al lado de Cristo, o todo aquello que nos consuele de que por lo menos en otra vida, hubo algo más interesante que en esta existencia aburrida y vacía.
También jugábamos cartas, o lo más divertido: cantar canciones de nuestros países y hacer que el otro las repitiera, yo lo retaba a entonar La cucaracha y él a mí, alguna cancioncita popular. El resultado era que los dos reíamos muchísimo.
Para el último día de nuestra relación… laboral, ya se había convertido en mi pequeño tirano.
Para el último día de nuestra relación… laboral, ya se había convertido en mi pequeño tirano.
El punto cumbre se dio cuando estábamos en el restaurante del hotel que ocupamos en Nagorkot, un centro turístico famoso por sus majestuosas vistas hacia la cordillera del Himalaya, me encontraba platicando con un atractivo joven inglés descendiente de padres árabes, que con voz suave y un toque de misticismo algo sobreactuado, afirmaba haber ido a Nepal para encontrar “peace and meditation”. De pronto el niño sherpa se desgañitó con el urgente reclamo de "¡¡¡I´AM HUNGRYYYYY!!!" al tiempo que señalaba del menú, el platillo que yo debía autorizar al mesero pues era el más “caro” (dos dólares/ciento diez rupias nepalís), un enorme dalbath, plato tradicional que contenía un guiso de cerdo acompañado de arroz, lentejas, salsa y variados vegetales.
Mi bendito y lleno de gracia interlocutor volteó para clavar sobre mi guía (más mundano que espiritual) el mismo gesto de quien desea destripar a una sabandija, y con flema británica se despidió con un "I must be going" tan limpio, como el plato metálico sin rastros de comida, que mi crío dejó sobre la mesa.
Pronto deduje y algunos me lo confiaron, que a los turistas caucásicos (al menos heterosexuales en apariencia) les interesaba muy poco enredarse, ya no digamos sexualmente, sino mínimamente con los nativos más allá del ámbito de la servidumbre... lo que no excluía por supuesto, su deseo de conocer la forma de pensar de otras personas (caucásicas) de diversas regiones (caucásicas) y por qué no, prosperar hacia alguna relación emocional (de corte caucásico) durante su viaje.
A mi guía nunca intenté penetrarlo, aunque sí, todas las noches merendé tibia leche de Yeti.
Ciertamente el contrato laboral se fue al diablo y a pesar de que también me llevó a Pashupatinath, Boudhanath y Swayambhunath, tuve que pagar íntegro su salario, sus alimentos y cargar yo mismo mi equipaje.
Él me decía “Carlús” y se llamaba: Shiva.





