jueves, 5 de octubre de 2023

1996 Laxman


                                                                                                                                 1996 Laksman


   Durante muchas noches previas al viaje por Asia, estudiaba cuidadosamente la Guía Lonely Planet de la India, para familiarizarme con cada ciudad, con sus mapas, hoteles, restaurantes, lugares a visitar, precios y medios de transporte. Leía las recomendaciones o tips del autor sobre cómo vestir y negociar.

   La noche anterior al vuelo, me senté sereno en una banca justo donde nace el Paseo de Recoletos para contemplar El Palacio de Correos, la Fuente de Cibeles y la fachada del Banco de España, todos resplandecientes de luz y perfección.

   Llegué a Nueva Deli antes del amanecer y tomé en el aeropuerto (de la manera en que lo indicaba la guía) el autobús que me llevaría a Connaught Place, el punto de donde irradian todas las rutas viales que atraviesan la ciudad. Con la claridad del nuevo día se iba dibujando el perfil de una ciudad caótica, gris, sucia y superpoblada, que chocó frontalmente con la glamorosa postal madrileña que se había quedado en mis ojos cuando los cerré para dormir en el avión.
   Al bajar del bus ya iba aterrorizado, apenas si pude indicarle al hombre del rickshaw o bicitaxi el nombre del hotel preseleccionado en el mapa del Paharganj, la zona para turistas mochileros. Al entrar yo juraba que era el más feo y caro del rumbo, sin embargo con los días, sabré que TODOS los hoteles baratos en la India lucían así.
   El nocaut que me demolió, llegó al ingresar a la habitación y querer usar el baño… no había retrete o mejor dicho, estaba empotrado al nivel del suelo y en lugar de papel higiénico encontré un pequeño recipiente con agua, entonces imaginé la siguiente rutina: me siento en cuclillas sobre el “mueble”, cago, me limpio el culo con un dedo y ¡lo enjuago en el agua de la bandeja! (pronto aprenderé que un chorrito de agua se vertía por atrás y cerca del ano para lavarlo, aunque las primeras veces quedé batido). Pasé quizá dos horas sentado sobre el destartalado colchón del cuarto, abrazado de mi mochila y preguntándome en qué momento había escogido viajar a la India.
   Finalmente, decidí dejarme llevar por el viento y salí al exterior. No caminaba ni una calle cuando observé con detalle la expresión (¿o esencia?) en los ojos de los transeúntes y supe al instante que esa gente no iba a hacerme daño, no al menos como lo haría alguien en mi país o en España misma, al degollar mi pescuezo con tal de arrebatarme diez dólares, a pesar de que un taparrabos (dhoti corto) y un par de sandalias era lo único que esos hombres parecían poseer en el mundo.
   Este viaje me brindó una de las vivencias más extraordinarias y extremas, era un universo nuevo tan bello como despiadado. Yo pensaba que en México había miseria (¡y por Dios que la hay!), mas la escala de pobreza en esa nación era inimaginable… cinco o seis veces la población TOTAL de mi país podría ser el número de personas que vagaban a lo largo del subcontinente indio en esa condición.
Ahora contemplaba extasiado un templo milenario y a la siguiente hora apretaba con los dedos mi garganta para atenuar el desgarrador dolor de ver la forma en que un enorme pedazo de humanidad era ignorado por la parte bendecida.
   Hasta entonces pude entender el trabajo de la controvertida Madre Teresa de Calcuta… su mérito no consistió en la creación de hospitales o comedores para pobres, no; por increíble que se escuche, fue el ofrecer a un ser humano la posibilidad de morir sobre una cama acompañado de alguien que compasivamente le sostenía la mano o acariciaba la cabeza, nada más eso, tan poco y tan vasto considerando que todos los días millares de personas agonizaban lentamente sobre la calle sin la menor dignidad, solitarias, mordisqueadas por ratas u hormigas.




   En la cuarta semana del viaje, las últimas 4 jornadas las pasé en Bombay (Mumbai).
   Después de buscar algún hotel que se ajustara a mi presupuesto llegué al Apolo Guest House, el chico que llenó mi hoja de registro me dejó frío con su porte. Durante dos días, cuando yo salía a caminar y conocer la ciudad, lo miraba en la recepción y le consultaba cualquier tontería, no podía dejar de ver sus labios, seguro se daba cuenta y solo sonreía.
La tercera mañana yo estaba caminando en una plaza muy popular llamada Puerta de la India cuando lo encontré, platicamos (ambos en un inglés básico), supe que se llamaba Laxman, que era su día de descanso y le propuse me acompañara a una isla frente a Bombay llamada Elephanta, famosa por sus templos budistas en cuevas o cavados hacia adentro de la montaña, aclaré que yo pagaría todo y aceptó. En el trayecto hablamos más sobre ambos, él tenía 23 años, era de una zona rural muy al norte y cercana a los Himalayas indios, aseguró pertenecer a la casta Brahmán, haber ido a Bombay porque ahí tenía más oportunidades de encontrar un trabajo bien pagado y que su sueño era ir a trabajar a Sudáfrica. Mientras hablaba, yo estaba embobado con sus facciones y con sus pies (¡y otra vez los pies, por Dios que obsesión!) pues llevaba las clásicas chanclas que todo el mundo usa por allá. Regresamos tarde y paseamos un rato. De repente me agarró de la mano y ¡caminamos así!
Yo ya sabía que en aquella región, entre hombres es un gesto de amistad y confianza andar mano con mano. Cuando trabajé en el barco, veía a la tripulación pakistaní caminar de esa manera por los pasillos en su tiempo de descanso. Mexicanos e italianos por igual se golpeaban uno al otro el codo, torcían de forma socarrona la boca cuando los miraban y parecían decir "¿ya viste a esos maricones?".
Por lo menos así era hace 25 años, no sé si la moral occidental los infiltró y ya no lo hagan, pero yo estaba alucinado. La gente ni siquiera reparaba en nosotros... tal vez mi piel oscurecida previamente por el sol, la camiseta sin mangas que usaba, el cabello liso peinado hacia un lado y calzar chanclas me mimetizaba, aunque gozo mucho al fantasear que es justo la mezcla de razas que corre por mi sangre la que me integraba al paisaje.
Antes de llegar al hotel le pregunté si estaría disponible la tarde del día siguiente pues me gustaría invitarlo al cine y a algún restaurante. Respondió que no había problema.

   Esa segunda tarde fuimos al cine a ver El día de la Independencia, la que hizo Will Smith, pero doblada a lengua Hindú!!! Salimos e inmediatamente cogió mi mano -como amigos claro- y fuimos a comer a un restaurante que él deseaba mucho conocer. Afuera, otra vez de la mano deambulamos todo el atardecer por un paseo marítimo (malecón) llamado Marine Drive que circunda la bahía, hasta Nariman Point en el extremo de este paseo, y nos sentamos sobre unas piedras para mirar la ciudad iluminada pues ya había anochecido.
De camino al hotel y tomados de la mano comencé a juguetear con sus dedos, primero muy sutilmente para ver qué reacción tenía, minutos después, descaradamente yo los trenzaba con los míos. Entonces le lancé el comentario de que me gustaría retozar con algo más que sus manos. Inmediatamente me soltó, se puso muy serio y pensé “ya la cagué”, marchamos todo lo largo de una calle en silencio, de repente me volvió a sujetar y solo dijo, "YES". Lo que siguió fue un caos, era mi última noche y el taxi pasaría a las 6 de la mañana para llevarme al aeropuerto, le propuse rentar un cuarto en otro hotel, a esa hora debía cambiar divisas a precio exorbitante y finalmente no conseguimos ninguna habitación, nos despedimos y cada quien llegó al hotel por su lado.



   Estaba resignado a no verlo, sin embargo a la una de la mañana mientras arreglaba mi maleta, alguien tocó a la puerta, noté que estaban apagadas todas las luces del pasillo exterior y abrí, era Laxman que se metió rápido a la habitación. Nos fuimos encima uno del otro para unir nuestros labios, le saqué del pantalón la verga, él me estrujaba, yo intentaba ensartarme sobre su chile hindú al tiempo que me indicaba con el dedo que guardara silencio, yo se la volvía a mamar, a besarlo en boca y ojos, todo era atropellado hasta que le pedí parar. Ya tranquilos, terminamos abrazados y comiéndonos suavemente la boca, acostados en la cama por unos veinte minutos más. Mencionó que debía irse y entre adioses y lágrimas nos separamos. Intercambiamos direcciones y se fue. Cuando bajé a la calle en la madrugada para tomar el taxi, no lo vi en la recepción.





   Todavía estuve en España otras tres semanas. Retorné a México y ya tenía correspondencia de Laxman en el buzón.
   Durante 15 meses fueron y vinieron misivas, las primeras eran como las de cualquier par de enamorados: fotos, palabras lindas, un manual para aprender su idioma y muchas promesas. Luego esas promesas se convirtieron en una fuerte expectativa de venir a México; "que envíame la copia de tu pasaporte; que investiga en la embajada; que si se necesita una carta/invitación; que déjame hacer cuentas; que vamos a inventar que eres maestro de yoga; bla bla bla". 
Las últimas dos cartas fueron desesperadas. Me explicaba que su madre le recordó que ya estaba comprometido en matrimonio desde que era pequeño. Los padres de la niña ya habían dado una dote (algunos bultos de grano o animales, parece) y él ni siquiera la conocía. Me pedía garantizarle que lo traería a México, porque una vez que incumpliera su palabra, iba a deshonrar a la familia y no podría volver a su pueblo. Finalmente le escribí que esa decisión tendría que tomarla él. Ya no hubo respuesta.




   Ahora que releo fragmentos de aquellas cartas siento emoción y asombro, sus textos en “inglés” y caligrafía son terribles, mas considerando que su lengua y escritura era el hindustaní, tiene mucho mérito. También me invade un poco de nostalgia… y culpa. Para mí fue una hermosa aventura de viaje, para él, no lo sé con certeza.



   Sí… hace unos años lo estuve rastreando por Facebook y lo encontré. En una de sus fotos se ve más llenito de la cara, a su lado hay una linda mujer vestida con sari y dos pequeñitas de entre 7 y 11 años. Una foto familiar.
Solo lo vi, no pedí solicitud de amistad ni nada. Se veía feliz. Debe ser, pues en la famosa guía de viaje de la que he hablado, leí que por allá los matrimonios eran arreglados, que las parejas aprendían a enamorarse sobre la marcha y que apenas estaban ganando terreno las relaciones por amor.