La podofilia es el fetiche en el que se obtiene placer al besar, acariciar, lamer, oler y chupar los pies.
La podofilia ha existido desde siempre, y salió del “clóset” a partir de gente famosa que ha expresado su afición por ella: Marilyn Manson, Andy Warhol, el actor Christian Slater, el director español Luis Buñuel quien afirmó en una ocasión que el fetichismo de los pies, era la más fascinante de las “perversiones humanas”, y no se diga Quentin Tarantino, que prácticamente en todas sus películas rinde tributo a los pies con una escena de culto en su honor.
Cualquier navegante de páginas web destinadas al ligue entre hombres ha visto con frecuencia perfiles de tipos cuya foto de presentación son sus pies o que lanzan mensajes para conocer a personas con pies bonitos, y ni hablar de los 350,000 hombres y mujeres bugas, usuarios de Feetfinder.
Si aun hubiere alguna duda, recomiendo darse una vuelta por las tiendas de juguetes eróticos para confirmar que este fetiche se ha posicionado entre los punteros del erotismo moderno.
Puedo asegurar sin modestia (y sin prejuzgar la motivación de quienes los buscaron en cines o saunas) que en todos estos años mis pies han obsequiado por lo menos a media docena de tipos, un electrizante orgasmo mientras los lamían o frotaban contra su rostro, sin que les interesara tocar ni por un segundo mis genitales.
Caminaba por la Alameda un sábado de borrachera por la noche cuando vi sentado en una banca a Luciano, tomé asiento a su lado y comenzamos a platicar. Venía del Puerto de Veracruz y tenía un perfecto “biotipo” de jarocho.
Caminaba por la Alameda un sábado de borrachera por la noche cuando vi sentado en una banca a Luciano, tomé asiento a su lado y comenzamos a platicar. Venía del Puerto de Veracruz y tenía un perfecto “biotipo” de jarocho.
Sé que suena absurdo, pero después de tantos años (y hombres) uno comienza a familiarizase con las características físicas de determinados grupos sociales según su procedencia geográfica y/o étnica. Cualquiera sabe que los hombres costeños son morenos y tienen el cabello crespo, sin embargo, los de los estados del sur que dan al Océano Pacífico son más bajitos y robustos, el cuerpo de los del Golfo de México es estilizado y tienen rasgos faciales afilados. En ambos casos y debido al constante uso de sandalias o huaraches, tienen lo que coloquialmente se llama “patas de tamal”, o sea pies y dedos muy anchos y dorados por el sol. En eso me equivoqué porque los pies de Luciano eran por encima de su ya deseable cuerpo, un ejemplo de fuerza, medidas y anatomía óptimos.
El tupido tapiz del vello de sus piernas terminaba exactamente donde comenzaba el pie, en el empeine se marcaban los tendones y venas que irradiaban hacia todos sus dedos, en los dedos ligeramente alargados y huesudos, aprecié el nudillo de cada articulación, el color y forma de las uñas eran armoniosos, el arco plantar tenía una curvatura saludable y todo el conjunto despedía un agradable olor natural.
Si bien recorrí cada espacio de su cuerpo con mis manos y boca, me resultó imposible retirar mi lengua de sus pies a los que regresaba solo unos momentos luego de alejarme de ellos, lo que debió parecerle inusual a mi ligue, por lo que tuve que pagar las consecuencias en el siguiente encuentro con él dos semanas después, al regresar a la Ciudad de México para recoger el pedido de cuchillos y otros implementos para su oficio de tablajero en la nave de cárnicos de la central de abastos del puerto.
Cuando nuevamente tuve a Luciano sobre mi cama, desnudo y “manso”, y me aprestaba para escudriñar milímetro a milímetro tan preciado fetiche, me advirtió con total precisión:
El tupido tapiz del vello de sus piernas terminaba exactamente donde comenzaba el pie, en el empeine se marcaban los tendones y venas que irradiaban hacia todos sus dedos, en los dedos ligeramente alargados y huesudos, aprecié el nudillo de cada articulación, el color y forma de las uñas eran armoniosos, el arco plantar tenía una curvatura saludable y todo el conjunto despedía un agradable olor natural.
Si bien recorrí cada espacio de su cuerpo con mis manos y boca, me resultó imposible retirar mi lengua de sus pies a los que regresaba solo unos momentos luego de alejarme de ellos, lo que debió parecerle inusual a mi ligue, por lo que tuve que pagar las consecuencias en el siguiente encuentro con él dos semanas después, al regresar a la Ciudad de México para recoger el pedido de cuchillos y otros implementos para su oficio de tablajero en la nave de cárnicos de la central de abastos del puerto.
Cuando nuevamente tuve a Luciano sobre mi cama, desnudo y “manso”, y me aprestaba para escudriñar milímetro a milímetro tan preciado fetiche, me advirtió con total precisión:
—No´mas no me chupes las patas porque no me gusta.
Igual lo disfruté, aunque la tortura de no poder acceder a mi objeto de placer me llenó de ansiedad y aceleró el derrame de mi verga en su interior, mientras olía frenéticamente sus pies, que hábilmente coloqué sobre mi pecho y frente a mi cara cuando le levanté “las patitas” para penetrarlo.
Sale sobrando, aun así, otra vez haré la aclaración de que no todos los pies de hombre me gustan y, aunque algunos callitos o dedos asimétricos no bastan para anular mi deseo una vez que he decidido divertirme con un galán, hay “patas” tan malolientes, o feas que pueden hacerme huir.
Me sorprende ver lo poco que puede preocupar a una persona la salud y apariencia de los propios pies o los de su pareja, o influir mínimamente en la percepción que puedan tener ante los ojos de terceros, como esas fotos que se han dado a conocer en páginas de internet de estrellas del futbol soccer y americano: Piqué, Ronaldo, Messi, LeBron James, o el velocista Usain Bolt…. hombres considerados símbolos sexuales, súper ídolos públicos, deseados por hombres y mujeres, pero la verdad, con esos pies horribles, no por mí.
Sigmund Freud, Carl Jung y otros analistas de la mente tienen sus teorías respecto a la carga sexual que se le da a los pies, y aunque no comulgo mucho con la conceptualización teórica de la sexualidad, una ingeniosa tesis afirma que en el cerebro, físicamente, el centro rector del erotismo se encuentra justo al lado del que gobierna la sensibilidad de los pies y por ello "salpica" de significado erótico a estos.
Me sorprende ver lo poco que puede preocupar a una persona la salud y apariencia de los propios pies o los de su pareja, o influir mínimamente en la percepción que puedan tener ante los ojos de terceros, como esas fotos que se han dado a conocer en páginas de internet de estrellas del futbol soccer y americano: Piqué, Ronaldo, Messi, LeBron James, o el velocista Usain Bolt…. hombres considerados símbolos sexuales, súper ídolos públicos, deseados por hombres y mujeres, pero la verdad, con esos pies horribles, no por mí.
Sigmund Freud, Carl Jung y otros analistas de la mente tienen sus teorías respecto a la carga sexual que se le da a los pies, y aunque no comulgo mucho con la conceptualización teórica de la sexualidad, una ingeniosa tesis afirma que en el cerebro, físicamente, el centro rector del erotismo se encuentra justo al lado del que gobierna la sensibilidad de los pies y por ello "salpica" de significado erótico a estos.
No dudo de la antilógica que da sentido a las fantasías sensuales de cada ser humano (y vaya que mi fantasía es como cabeza de Medusa).
Pero... si algún estudioso con bonitos y fuertes pies desea ilustrarme en el asunto, le ofrezco a cambio un relajante masaje sobre ellos.



