jueves, 5 de octubre de 2023

1996 Cirilo

                                                           1996 Cirilo:


   Con apenas tres milímetros por encima del mínimo permitido para pertenecer al Ejército Mexicano, Cirilo consiguió ingresar. Eso no mermaba en absoluto su estampa de feroz y miniaturizado gallito de pelea con perfectas proporciones, hasta que sonreía, de esa manera en que lo hizo en los baños Mina cuando lo conocí y compartimos mi lecho una temporada. Tenía un aura que inspiraba confianza y afecto, y por lo que platicamos algunas noches deduje que no solo en mí causaba ese efecto. Me gusta creer que su rostro amable y habilidad con la máquina de escribir le consiguió pronto un puesto como asistente secretario de algún alto mando.
   Con el tiempo, empezaron a llegar a su lugar integrantes de la tropa que lo querían saludar porque “les caía bien” o se veía “buena onda”. Si estos soldados tenían intenciones de amistad o ligue, a Cirilo no le interesaba averiguarlo ignorándolos condescendientemente… pero uno de ellos escaló a un nivel más directo y comenzó a llevarle, ahora un pastelillo, mañana un sándwich o pasado mañana un jugo de fruta envasado. Con los días al guerrero se le iba endulzando la adusta voz, y ni así se atrevía a declararle su amor, o deseo o lo que fuera que este sintiera por Cirilo, hasta que en una apuesta de todo o nada el cabo se presentó un 27 de junio, día de San Cirilo de Alejandría en el escritorio de mi pequeño amante con un gran globo y un oso de peluche como detalle de su parte. Lo único que se le ocurrió al festejado fue abrir muy grandes los ojos y soltar enseguida una gran carcajada. El Romeo uniformado lo interpretó como un desaire y aventó el regalo por la ventana para salir de la oficina lleno de frustración y despecho.
Después de pedirle a Cirilo que me jurara que algo así había sucedido dentro de las instalaciones de la sede nacional del Ejército Mexicano, me respondió besando la clásica cruz que se forma con los dedos: "¡Neta wey!". Luego insistí en preguntarle si no temía alguna represalia por parte del novio ofendido y volvió a responder lleno de seguridad que a él no lo espantaba nadie y que no le preocupaba resolver el asunto a chingadazos.

   Más aún… Cirilo nunca se percató que desde la cámara de circuito cerrado, ubicada en el techo del vestíbulo donde estaba el escritorio, su jefe, un coronel o general (no recuerdo bien qué me dijo) seguía con mucho interés dentro de su oficina, los detalles del fallido romance, porque en otra sobrecama con Cirilo escuché que durante una guardia nocturna, el alto oficial lo llamó al interior de la oficina y con el aliento sospechoso de quien ha bebido alcohol le pidió tomar asiento, mencionó algo relacionado con su buen desempeño, guardó silencio unos segundos y volvió a hablar para decirle sin más, que lo respetaba y envidiaba.

   Para el superior, llegar al nivel que había alcanzado tras tantos años, implicó aparte de méritos, sacrificar todo por la institución, principalmente ese “todo” que ahora se materializaba en el ser libre que se sentaba frente a él, sin miedo a amar a quien desease o lo que se hablara de él. 
Agradeció su paciencia para escucharlo y le ordenó retirarse a descansar.





   Y esa no ha sido la única vez que he escuchado que miembros de elevado rango dentro del ejército admitan respeto y admiración por un integrante de la tropa que se asume dignamente un hombre gay.

   En la narración de Roberto (1994) y la charla que sostuve con él, salió a relucir el nombre de un vecino y conocido nuestro llamado Edwin, con un modesto grado de soldado cabo dentro del escalafón militar, pero con unos huevos gigantescos al plantarse frente a la ventanilla de vigencia de derechos para registrar a su ¡esposo! como derechohabiente al servicio médico y todas las demás prestaciones a las que un integrante “normal” tiene por ley derecho, dentro de las fuerzas armadas. Me dijo Roberto, médico con grado de Capitán Primero que sus superiores se quedaron fríos con el aplomo de Edwin, incluso uno de ellos, lleno de estrellitas en las solapas del uniforme, tuvo la honestidad para declarar que (aunque en realidad no lo haría), tenía muchas ganas de cuadrarse frente al cabo que por primera vez cimbró hasta los cimientos, la machista estructura del Ejército Mexicano.








   Perdí de vista a Cirilo unos años y mi historia con él llegó a su fin un día que llamó por teléfono para invitarme a conocer la casa que le había heredado su recién fallecido padre. La cita era al día siguiente en la ciudad de Tlaxcala donde había nacido.
   Ya en la estación de autobuses me recibió con un abrazo, se veía realmente descompuesto por lo que había sido sin duda una gran borrachera. Pronto descubrí que llevaba enredados en una mano varios pañuelos o pedazos de trapo teñidos con sangre, y a pesar de que insistió en que todo estaba bien y que fuéramos a comer algo, quise echar un vistazo a la herida. Mis entrañas se congelaron cuando vi el horrible tajo sobre la palma de su mano.
Horas antes, en la madrugada cuando la celebración llegaba al final, apareció su hermana cegada de rabia al haber sido ignorada por su padre en el reparto de bienes, intentó entrar a la “casa” que en realidad era un humilde jacal hecho de tablas de madera y techo de palma seca sobre un lote de tierra que apenas alcanzaba los 40 metros cuadrados. La puerta que Cirilo pretendía mantener cerrada era de cañas de bambú y justo por los espacios que se abrían entre ellas pasaba el filoso cuchillo que le rebanó la mano.
   Acepté su invitación a almorzar con la condición de entrar posteriormente a un tradicional temazcal aledaño al mercado, y de paso comprar jabón, alcohol, bactericida, gasas, pomada antibiótica y cinta quirúrgica micropore. Ya en el cuarto donde el horno de piedras ardientes producía al contacto con el agua un relajante vapor aromatizado por el manojo de hierbas con salvia, eucalipto y pino, bañé cuidadosamente a Cirilo, lavé y desinfecté la herida de su palma para cerrarla con múltiples vendoletes y cubrirla con gasa estéril.

   ¿Me porté como toda un alma piadosa?........ No tanto. Justo en el intermedio entre la enjabonada y la curación detuve mi tarea para mirar su compacta anatomía, su vulnerabilidad, y besar la llaga sangrante de su mano e historia, mientras nuestras vergas se ponían tiesas para revivir viejas batallas.