jueves, 5 de octubre de 2023

1996 Jorge


                                                                                                                                        1996 Jorge

   Jorge llegó a Europa con la urgencia de salvar la propia vida. Era estudiante universitario en Tegucigalpa capital de Honduras, su cáustica participación política en agrupaciones de izquierda comenzó a causar escozor en miembros del gobierno e iniciaron una persecución en su contra. Supo moverse y consiguió asilo político en España. TODO cambió desde entonces. A pesar de no ser atractivo era joven, vital, con una suave piel sin vello y cautivó a Iñaki, un médico de origen vasco que lo hizo su amante. Hasta entonces conoció los placeres de una vida resuelta en el plano emocional, alimenticio y de vivienda.
   En su interior, el hombre revolucionario cayó en coma y dio nacimiento al niño caprichoso y demandante que estalló furioso cuando Iñaki le anunció que para completar la familia, había adoptado a un famélico huérfano proveniente del Perú. Pasaron ocho años y Jorge dio un ultimátum para que se escogiera entre la criatura y él………….. El “niño” de 31 años tuvo que cumplir su amenaza y salió para vivir en Madrid, donde se aplicó para conseguir nuevamente alguna ayuda gubernamental, lo que fuera menos trabajar, lo suficiente para compartir gastos de alquiler, comer y poder pagar de vez en cuando su entrada a un lugar de encuentros gay, como la Sauna Comendadoras donde lo conocí.
Cogimos y casi de inmediato me propuso el acuerdo de que si yo le daba la mitad de lo que pagaba en el hostal (2,500 pesetas, equivalentes a 20 dólares diarios) él dormiría en el piso y yo en su cama, es más: ni siquiera tendría que darle ese dinero, lo usaríamos para comprar comida, él la cocinaría y sería compartida por ambos.


   Me pareció un estupendo trato, su cuarto estaba a dos calles de la Plaza Real sobre Calle Mayor.
Con los diez dólares compraba fruta, vegetales, jugo, pan, cerveza y proteína de calidad, aunque debo admitir que me hice adicto a los callos madrileños que ya venían preparados y envasados en paquetes de un kilo, y eso, sin contabilizar el plus de acceder a su rico culo tres veces por semana.


   Mantuvimos correspondencia y cinco años después de mi viaje a Europa, Jorge viajó a América. De paso a su país de origen hizo una parada en México.
Una marcada lipodistrofia y la mueca de permanente hastío en su cara se combinaban para darle una expresión mezquina o de amargura. Estaba desarrollando sida y por tercera ocasión sus mandíbulas de sanguijuela habían logrado prenderse de la vena de la asistencia pública del erario español. Venía para ofrecerle a uno de sus sobrinos, la noble oportunidad de una “nueva” vida en Europa, sin embargo, como era ya natural en él, enfureció cuando le pregunté si en realidad lo que deseaba era tener a su lado a alguien que lavara su mierda, su hiel derramada y lo cuidara ante el inminente final de su viaje en este mundo.







   Por mi parte, hasta donde entendía, la decisión de viajar a España no se dio porque fuera un lugar que yo soñara con conocer. La visita a ese país y a otros de Europa me remitía a las pláticas que escuchaba entre mi mamá y sus amigas que habían regresado de allá y nos mostraban engreídas, las tacitas de porcelana, los platitos o llaveros ilustrados, las miniaturas de Torre Eiffel, el Big Ben o D´Pisa, el mini David de Miguel Ángel, la espadita de Toledo y más y más baratijas ordinarias dentro de sus vitrinas de cristal… también me recordaba esas veladas en casa de locas adineradas, mirando pasar de manera interminable las transparencias del carrusel que proyectaba sus fotos; aquí a la salida de un palacio, allá levantando jotamente la patita hacia atrás en la Fuente de Trevi.
Ambas tías, las consanguíneas y las postizas habían aprovechado la estupenda oportunidad que les ofrecía Viajes Bojorquez (para mí desde entonces, sinónimo de viajes para viejitas) de......“vivir y disfrutar 36 maravillosas ciudades a lo largo de Europa en ¡solo 21 días!......", trepadas en un autobús turístico diez horas por jornada, subiendo y bajando para tomarse de manera apresurada la foto frente a la fachada del monumento famoso en turno, conducidas dócilmente a tiendas de souvenirs o deseando (secretamente) a los únicos europeos con los que tendrían contacto, el chofer y el guía del grupo.


   Con los años, cuando pude visitar ya fuera por trabajo o vacaciones, diferentes ciudades y lugares, comprobé que no hay mejor manera de conocer otras tierras que caminándolas paso a paso, calle por calle, sentarse en sus mercados, templos y plazas... o por qué no, sobre la verga de alguno de sus habitantes.




   Pero, el costo del boleto de avión que me ofrecieron era una ganga, además de que también me daba miedo entrar a Europa por Francia o Reino Unido donde se hablaban lenguas que desconocía o apenas entendía.

   Y sí, el que yo me pudiera comunicar claramente con ceceos o no, seseos o no, con cualquier persona de España fue una bendición aparte de divertido (para ambas partes) y muy estimulante para mi cerebro al tener que buscar o interpretar mentalmente y con rapidez sinónimos o expresiones equivalentes, descubrir nuevas fórmulas gramaticales para construir una oración, aceptarme equivocado al asumir que por ser los españoles los padres de la lengua, TODOS lo hablaban correctamente, y escuchar deleitado que también se dicen barbarismos, pleonasmos o formas de conjugar que al menos aquí en México denotan y estigmatizan a una determinada clase social, "sube para arriba, entra para adentro, mira a ver, dijistes, trajistes o comistes". Lo mismo pasó cuando observé las dinámicas familiares, culturales o sociales, incluso dentro del ámbito gay había mucho en común.

   Supongo que la adopción del nacionalismo (y a veces chovinismo) como eje de la política cultural de un país, tiene en un inicio fines de integración e identidad, pero de eso a que derive en hacernos creer uniquísimos y originales creadores de todo lo que somos y pensamos en México es otra cosa. Daré un par de ejemplos que no por triviales, resultaron reveladores para mí:

   ° El chico que compartía los gastos del alquiler del departamento donde vivía Jorge (de quien hablé al inicio de esta narración) era de un pueblo cercano al que debía ir el siguiente 1° y 2 de noviembre para la celebración del día de muertos. Pregunté de qué forma lo festejaban y supe que casi la totalidad de las tumbas del panteón local recibían visitantes que llevaban flores, algunos escuchaban música y a la salida del camposanto se vendían churros, buñuelos y otros alimentos, "un mierdero pues", así remató la descripción el españolito. Si bien el colorido, pasión y matiz autóctono que los mexicanos imprimimos a esa fecha es singular, la raíz de la fiesta es cristiana, o sea transmitida por los españoles, y más aún, ahora adulterada por los gringos que inspiraron a televisoras y comerciantes para realizar en esas fechas el Desfile de Halloween, la Caminata de los Zombis o el patético Desfile del Día de Muertos que a pesar de promocionarse como una “tradición milenaria” es el resultado del reciclaje de toda la utilería usada para la filmación de una película de James Bond rodada en la Ciudad de México en 2015.

   ° Hasta hace unos años muchos fieles al orgullo nacional, despreciaban la escandinava leyenda de Santa Claus y se jactaban de transmitirle a sus hijos el arraigo por lo “nuestro”, tal era el caso de aquellos que traían sus juguetes cada 6 de enero…… Los Reyes Magos.

En Barcelona descansábamos Benito y yo sobre su cama después de una faena amorosa. Mirábamos en la televisión la transmisión especial de la llegada de sus Majestades de Oriente: Melchor, Gaspar y Baltasar a los que transportaba un helicóptero desde un supuesto barco en ultramar y los depositaba en un muelle frente a la estatua de Colón al final de La Rambla. Cientos de pequeñitos que habían sido llevados al lugar por sus padres, esperaban con la carita extasiada su arribo; minutos después recibían el mensaje de amor y paz que traían al mundo, y ya de paso algunos consejos sobre el deber que tenían de ser buenos y estudiosos…............ pero escuchemos mejor a su excelentísima el Rey Baltasar:
"Yo le quiero pedil a too loj chiquitico que se polten bien y sean obedientej con papá y mamá, bla,bla...". Comenté a mi acompañante que ese que hablaba, más que un miembro de la realeza me parecía un balsero caribeño negociando hábilmente una visa a cambio de su noble labor social. Benito estalló en carcajadas y ya más serio agregó que era un descaro la manera en que durante generaciones se le ha hecho creer a los niños españoles con baratos pero efectivos mensajes subliminales similares a esta “tradición”, que la monarquía es algo natural, bueno y deseable. Quedé estupefacto con la micro lección de Historia que escuché.



   Poco a poco comencé a sentirme parte de un proceso cultural común, antiguo y muy complejo, con múltiples derivaciones y agregados continuos.



   España me regaló además de una canastita llena y surtida de bombones XY (igual que en esos hoteles caros donde ponen sobre tu cama una deliciosa variedad de finos chocolates) una nueva visión de mi historia como mexicano, pero también como ciudadano del mundo.