1996 Johan
De haber llegado tan solo diez minutos después a los baños Adán (o sauna como se le dice por allá) en Madrid, no habría descubierto el imponente cuerpo de Johan, holandés que representaba perfectamente la imagen de un vikingo. Sí, ya sé que holandeses y vikingos tienen diferentes raíces étnicas a pesar de ser vecinos, pero era el primer hombre con un parecido equivalente que tenía al alcance de mis dedos: 1.90 metros de altura, casi albino, cabello, barba (y otros pelos) color dorado amarillo, ojillos de un intenso tono azul, expresión fiera, atlético con pectorales coronados con las joyas que tanto aprecio, pies y manos con magníficas dimensiones, y una voz grave a juego con el todo. Estaba adentro de su habitación terminando de secar su piel con una toalla, pasé rumbo a los cuartos de vapor, sonreí al mirarle y sorpresivamente me invitó a pasar al interior con él. Johan tenía 45 años.
El lugar, ya me habían advertido era frecuentado por hombres maduritos que buscaban ligarse o contratar los servicios del otro sector visitante, hombres sudamericanos (“sudacas” llamados así despectivamente por muchos españoles) en su mayoría brasileños que se vendían. En reciprocidad, mi apariencia le atrajo, como a otros en aquel lado del mundo; por ser latinoamericano y moreno, bueno… artificialmente moreno a causa del intenso bronceado al que me sometí en Acapulco días antes de cruzar el océano, motivado por el fuerte rumor de que allá los chicos gays con piel oscura éramos muy solicitados.
No hubo con Johan sexo coital, pero sí un frenético manoseo y lamedero mutuo por varios minutos. Hablaba español con fluidez y al saber que en unos días yo marcharía a Barcelona, anotó en un pedazo de papel su número telefónico invitándome a llamarlo cuando estuviera en esa ciudad, para salir a tomar café y platicar con calma sobre los dos. Dijo adiós y se marchó.
Una vez en Barcelona, realicé los primeros días la obligada peregrinación a los destinos consagrados en mis guías turísticas (la genérica y la gay), además de la visita a un monasterio benedictino ubicado en las alturas del impresionante macizo montañoso de Montserrat a una hora de viaje y cuya edificación se remontaba al ¡siglo XII!
Al abrir la puerta de su hogar, corrió a recibirnos una perrita chihuahua que Johan levantó y besuqueó, caminó a la sala y se agachó al piso para dejar al animalito y recoger una bufanda o pashmina visiblemente mordisqueada y gritar con su acento extranjero al que agregó una modulación de voz algo afectada: "¡Ohhhh! ¿Y ahorra cómo voy a salirr a ligarr esta nocheee?".
° Podría ser que ese desprecio con el que se dirigían hacia mí mis compañeros y -oh sí- también las niñas de las escuelas por las que transité mi adolescencia, se enquistó en mi básica doctrina de valores, el software social para el lente con el que vería y juzgaría a las personas. A fuerza de incontables repeticiones provenientes del exterior, terminé por despreciar a mi maricón interior y sin duda a los otros maricones.
° Podría ser que el desdén hacia los putos viniera de la imperdonable renuncia que hacíamos a la “superior” ventaja otorgada por el solo hecho de haber nacido hombre en una sociedad patriarcal y falocéntrica, y peor aún, imitar los modos y deseos de ese ser "creado" por Dios para servir al varón, a saber… la mujer.
° Podría ser que al descubrir que si masculinizaba mi fachada ante los que me rodeaban, fueran hetero u homosexuales, mis posibilidades de movilidad social o laboral crecían, aunque definitivamente la estrategia redituó enormes ganancias en el mercado de lo sexual. Siempre me gustaron los hombres varoniles, pero con el rudimentario esquema macho/hembra con el que nací al mundo gay, únicamente era escogido por aquellos que gustaban de loquitas y frecuentemente me frustraba el ser rechazado por los chicos viriles a los que yo deseaba penetrar.
° Podría ser que, no importa cuantos años haya yo participado en agrupaciones que buscaban la equidad, el respeto o repeler la mierda arrojada sobre nosotros los gays; cuantos libros sobre la cuestión homosexual, sobre género y nuevas masculinidades haya leído, sobre los estereotipos y su poder nefasto en perjuicio de las personas, la cosa es que… NO me excitan los hombres "afeminados”.
° Podría ser que, ahora ya entrado en confesiones, diré que no eliminé del todo a MI preciosa loquita…….......… (ni que fuera tan pendeja). Siempre ha estado ahí. Salvo excepcionales ocasiones, la dejo mostrarse al público, sin embargo le otorgué un lugar privilegiado, un palco en algún jotísimo lóbulo cerebral de mi cabeza desde donde puede ver todo cuanto sucede allá afuera.
° Podría ser que pertenezco a una generación rebasada por 45 años de evolución colectiva, donde al fin comienzan a disolverse los esquemas y roles de género, o…................. al igual que mi “ruda” pose, es una jugarreta para que un nuevo orden ideológico nos meta la verga a todos.
Como dijera Tomasi Di Lampedusa: “Que todo cambie… para que todo siga igual”.
(*) Derivación verbalizada de Joto (los jotos: jotean), palabra con tanto abolengo como Puto. Unos dicen que surgió para nombrar a aquellos homosexuales encarcelados desde inicios del siglo XX en la siniestra Prisión de Lecumberri en la crujía J, por lo que eran llamados jotos, luego el término y su fuerte carga delincuencial fue adoptado por la sociedad en general que, de suyo ya nos consideraba criminales.
Explicado jocosamente por
Juan Jacobo Hernández en su Locabulario, dentro del segundo número del periódico
Nuestro Cuerpo, publicación del FHAR, hay otro posible origen de esta
palabra y viene desde la época de la colonia española, cuando los bisabisabisabuelos de
nuestra machina nación vieron a varios hombres moverse de forma “rarita” mientras
bailaban una jota (danza española) y, por ende fueron bautizados... jotos.
Finalmente, igual que en
esas palabras gringas donde una misma significa tantas cosas, puede ir, de muy ofensiva hasta divertida dependiendo del contexto, de la entonación, de quien la
pronuncia y hacia quien va dirigida.



