jueves, 5 de octubre de 2023

1995 Roberto


                                                                                                                                              1995 Roberto

   Con Roberto, un hombre joven, estatura mediana y gran seguridad en sí mismo, estuve una sola ocasión en 1984 y se habría desvanecido de la memoria a no ser porque once años más tarde se convertiría en mi respetadísimo sensei, al encontrarlo en un dōjō al que acudí a pedir información sobre artes marciales, pues deseaba ejercitar mi cuerpo.
   No era ni de lejos un propósito de año nuevo o algo así.



   A los trece años no entendía con certeza cómo funcionaba el mundo homosexual, aun así intuí que la apariencia física sería importante para caminar en ese medio y empecé a moldear mi figura.
Un varón adolescente normal habría comenzado por construir sus bíceps en algún parque público, tal vez integrarse al equipo de futbol de la escuela o el barrio, pero yo tenía más “categoría” (y muchos complejos), por lo que decidí trabajar en el seno protector y discreto del hogar.

   Mi primera coach fue Olga Breeskin en un programa matutino de revista en la televisión, donde daba clases de baile hawaiano a amas de casa. Mientras ejercitaba la cintura, también aprendí a decir
Aloha hayata (hola a la vida).

   Cuando el hula-hula sin aro me aburrió, pasé a las abdominales, y antes de los dieciseis años de edad ya ganaba en los torneos que el profesor de Educación Física organizaba en la secu. Podía hacer sin descansar ¡400 flexiones seguidas! Sin duda eso, y que frecuentemente lograba calificar en las finales de carreras de velocidad, diluía un poco la acidez de las burlas que mis machos compañeritos siempre tenían a flor de labios, y cuyo objetivo era mi cara.

   Para entonces no nada más había dibujado un perfecto six-pack sobre el abdomen, también se enquistó en mi pensamiento una permanente sensación de competencia contra los heterosexuales (y después generalizada hacia todo el mundo).




   Simultáneamente, desentrañaba los misterios del reino vegetal, animal y mineral bajo la sabia tutela de     El Pipirín, un librito (con el auspicio de Choco-Milk) que desnudaba los valores nutrimentales de la comida que día a día yo preparaba.



   Durante décadas hice de manera sistemática ejercicio en casa, sin instructores personales
, gym o clubes. No hubo linda ropita Nike o Adidas, nada más un par de calzoncillos y rutinas que aplicaba a todas las áreas donde existiera una fibra muscular. El espejo fue al único que le permití emitir opiniones sobre el tamaño de mis chamorros, muslos, nalgas, cintura y oblicuos, de la dureza o flacidez en abdomen, pecho, brazos, hombros, trapecios o espalda. La retroalimentación no la obtendría en una foto, sino en el efecto que causaba sobre aquellos a los que deseaba. Mi rostro nunca fue bonito, pero tampoco tenía "cuerpo de tentación y cara de arrepentimiento".



   Hasta que a los 37 años, por primera ocasión me di la oportunidad de practicar junto a un grupo de compañeros, todos alumnos de Roberto, 4°Dan dentro del sistema de grados en el Aikido y una presea más para el salón de la gloria Jota.

Le pedí a Roberto que fuera particularmente duro con mi entrenamiento, y después de un año pudo llevar a mi cuerpo al mejor nivel que haya tenido hasta ese momento de mi vida… o después de él.
El clímax se dio, no en una competición o algo por el estilo. De hecho, los principios del Aikido no permiten los torneos, aunque con toda deferencia a esta gran disciplina, me atrevo a afirmar que es por la alta letalidad de sus movimientos.


   Fue en una tarde de ejercicios al ras del tatami. Con el fin de fortalecer piernas, cintura y cuello, hacíamos una especie de lucha grecorromana para tratar de someter al contrincante y volverlo de espaldas. Ya lo había logrado con varios compañeros y el mismo Roberto me invitó a pelear con él. Tras el saludo de respeto comenzamos el combate, que fue muy reñido durante minutos. Los alumnos suspendieron sus propias contiendas para observar la nuestra. En un momento dado, vi en sus ojos que yo estaba a nada de vencerlo, dudé en continuar y él sin pensarlo me liquidó.

   Cuando terminó la clase y caminábamos al paradero de los autobuses con rumbo a nuestras casas, Roberto expresó:

   —¡No vuelvas a intentarlo, maldito!... estoy muy orgulloso de ti.

   ¡¡¡WOOOOOOOW!!! ¡Qué honor! El sensei se lo decía a un simple kyū cinturón blanco.




   Dejé el entrenamiento a finales del 96 cuando la vida me retó a participar en nuevas batallas.