1994 Víctor
En los baños Mina descubrí a Víctor. Era un chakalón de 24 años, con tatuajes, ojos grandes con pestañas largas y caídas, parecidos a los ojos de un caballo, boca carnosa, nariz prominente y afilada (me dijo que por eso le decían la Pinocha), con actitud déspota e indiferente, su voz tenía un marcado acento de barrio.
Desde que lo vi entrar a las regaderas, quedé impactado con su pecho. Inmediatamente lo ligó un chico bien parecido y platicaron durante un largo rato. Yo estaba sentado vigilándolo de lejos, lleno de deseo y aterrado de pensar que en cualquier momento se lo llevaría el galán, Finalmente se despidieron e intenté ligarlo, me ignoró y estuve a punto de enloquecer. Minutos después, nuevamente pretendí hacerle plática en el cuarto de vapor seco y me cortó, diciendo que le gustaba el tipo que estaba sentado en la banca de enfrente. Por suerte era un conocido mío. Me levanté y acerqué para pedirle un “paro”; que fuera hacia el moreno, lo cachondeara y me invitara al juego, así lo hizo y mientras se estaban besando algo dijo al oído de Víctor, me llamó y entré a completar el trío. Sin más preámbulo, me lancé contra sus tetas, mi ansiedad y deseo era tanto que en unos segundos y sin siquiera tocarme, me explotó la verga con un gran chorro de semen, el placer fue inmenso.
Tener un orgasmo mientras mamo pezones es de los regalos más espléndidos que la vida puede darme.
Le dije que deseaba volver a verlo y aclaró que él cobraba dinero por tener sexo. ¡Claro! no había problema, así se haría.
Llegó varias veces a mi casa. Yo aprovechaba hasta el último centavo y segundo con él. También platicamos y me enteré que venía de una familia muy pobre y disfuncional, por eso se prostituía, que años atrás estaba muy confundido y durante unos meses se inyectó hormonas femeninas, pero las dejó porque no vio ningún cambio, excepto que las tetillas se le habían hinchado y ya no se le achicaron. El contraste era muy perturbador… un chico con actitud de patán, tatuado, con manos y pies toscos, los sobacos tupidos de pelo negro, y con esos enormes y jugosos pezones de los que yo no me desprendería cada vez que lo tuviera al alcance.
Creo que no la pasaba tan mal conmigo porque cada visita iba reduciendo la tarifa, y una vez que me sentí saciado de él, le expliqué que no podría recibirlo más debido a la “mala racha” económica por la que estaba pasando.
Una ocasión, después de meses de no verlo, llegó a la casa. No hicimos nada pues comentó que tenía días en que le ardía muchísimo el culo, lo revisé, tenía llagas en el ano y sobre la tela de los calzoncillos había una secreción amarilla y pegajosa. Di por hecho que era gonorrea, fuimos a la farmacia y pedí una caja de Trobicín (yo y muchos conocidos ya habíamos sufrido esa enfermedad años atrás y sabía que ese antibiótico era muy efectivo, incluso en casos agudos y era suficiente una sola aplicación), lo inyecté, le di ropa limpia y se retiró.
No volví a saber de él. Ojalá y siga vivo, debe tener 50 años y no niego que me gustaría mucho volver a disfrutarlo.

