1995 Edgar
Este chico era atlético y fuerte, un jarochito que ligué en un cine porno cercano al Parque Zamora en el Puerto de Veracruz durante unas vacaciones. A los pocos minutos de toquetearlo, encontré que su cuerpo era una exquisitez, lo invité a mi hotel y por fortuna aceptó. Seré honesto, no cogimos, pero le fascinaba que le chupara el pene y el ano, y así lo complací hasta que eyaculó. Salimos a cenar y ya en confianza me reveló que hacía tres años (cuando tenía veintidós) había sido seleccionado nacional dentro del equipo de boxeo para las olimpiadas de Los Ángeles 1992.
Desde que él era adolescente y tal vez mucho antes, aunque de manera no profesional, la pelea cuerpo a cuerpo, los chingadazos, rajarse la madre cientos de veces, fue su vida…… y yo no me había liado a golpes (ni lo haría) con NADIE ¡en toda mi existencia!
Lo sorprendente es que tampoco alguien me golpeó. Sí, en esta antología he contado que mi mamá nos daba cintarazos o nalgadas a todos los hermanos cuando éramos niños y nos portábamos mal; que fui violado por un policía que apuntaba su arma a mi cabeza, y también narré que en su momento
Pancho o Alfonso me dieron una bofetada cuando mantuve una relación afectiva con cada uno de ellos, pero me refiero al tipo de pelea física que se da entre hombres (y mujeres) para resolver una disputa u ofensa, o peor todavía, tener que defenderme al ser aporreado por mi homosexualidad o por un maleante.
Eso no quiere decir que no fuera lastimado verbalmente en la escuela durante años, pero mientras no me tocaran yo soportaba en silencio sus burlas.
Después, crecí y entrené mi cuerpo y postura para lucir “cabrón”. Debo haber desarrollado algo parecido al camuflaje que varias especies de insectos usan para persuadir a posibles atacantes: el gusanito que parece serpiente, la polilla “araña”, la mantis devora machos vestida de “hoja”, o la humilde pero no menos efectiva mariposa que finge ser “caca de pájaro”.
Intentando profundizar más en el asunto, me pregunto si almacenar en mi interior las ofensas y la rabia, el no haberlas descargado a través de un encontronazo físico en toda mi vida, provocó un hábito obsesivo (y quizas compensatorio) de recrear dentro de mi cabeza hipotéticos duelos de tipo “intelectual” con otras personas, que obviamente siempre he ganado; aunque, al costo de desperdiciar en ello una gran cantidad de energía.
En seguida, desde un segundo sótano, surgen los deseos de dar su merecido a aquellas personas que hacen gala de prepotencia ante la gente indefensa, dada su posición como servidores públicos, del orden o por su nivel social. Gracias a que puedo “leer” la mente, saco a la luz sus mentiras y secretos infames, cubriéndolos de vergüenza y humillación.
Después, crecí y entrené mi cuerpo y postura para lucir “cabrón”. Debo haber desarrollado algo parecido al camuflaje que varias especies de insectos usan para persuadir a posibles atacantes: el gusanito que parece serpiente, la polilla “araña”, la mantis devora machos vestida de “hoja”, o la humilde pero no menos efectiva mariposa que finge ser “caca de pájaro”.
Intentando profundizar más en el asunto, me pregunto si almacenar en mi interior las ofensas y la rabia, el no haberlas descargado a través de un encontronazo físico en toda mi vida, provocó un hábito obsesivo (y quizas compensatorio) de recrear dentro de mi cabeza hipotéticos duelos de tipo “intelectual” con otras personas, que obviamente siempre he ganado; aunque, al costo de desperdiciar en ello una gran cantidad de energía.
En seguida, desde un segundo sótano, surgen los deseos de dar su merecido a aquellas personas que hacen gala de prepotencia ante la gente indefensa, dada su posición como servidores públicos, del orden o por su nivel social. Gracias a que puedo “leer” la mente, saco a la luz sus mentiras y secretos infames, cubriéndolos de vergüenza y humillación.
También están los que abusan de su fuerza física (bravucones, delincuentes, etc.) A estos, imagino que les propino tremendas golpizas, sean uno o muchos. Con rápidos movimientos los noqueo de un golpe o patada de karate, les arrebato el cuchillo o revolver y con el mismo los deshuevo o rompo la nariz. Un castigo en especial, llena de placer mi ficción… se aplica a quienes roban en el Metro o en aglomeraciones y yo mismo me pongo como cebo. Aparento ser un turista confiado, la billetera se encuentra al alcance del ladrón pero bien sujeta a mi ropa, al jalarla se activa un mecanismo que inyecta un veneno en la mano. Un leve pinchazo hace desistir al ratero de su acción y según su reacción baja él o yo en la siguiente estación y, en unos minutos el veneno hace efecto. Si no muere, por lo menos perderá la mano.
Y en los pantanos de mi cerebro, paciente, espera para surgir la más oscura de mis fantasías, ser:
El Ángel Exterminador, el instrumento de Dios para extirpar del mundo la perversidad humana, solo posible mediante un genocidio de proporciones bíblicas, en el que limpio a mi país (ya después se verá si exporto su sacra cólera a otras regiones) de narcotraficantes, violadores, secuestradores, traficantes de esclavos sexuales y laborales, de políticos, clérigos y empresarios corruptos, entre otros integrantes de tan despreciable calaña.
Mas el gozo que me produce esta imagen es interrumpido cuando recuerdo que mi idea no tiene nada de original, que YA ha habido a lo largo de toda la historia (aún hoy) personajes a los que diversas circunstancias les dio la oportunidad de mejorar el mundo, y que invariablemente el poder, esta sí a mi parecer una respuesta común dentro de la naturaleza misma de nuestra especie, los convirtió en tiranos crueles, en caníbales, en homicidas dementes “inspirados” por la Divinidad.
Leí alguna ocasión, que si fuera posible hacer una purga sobre toda la humanidad, algo como éso con lo que se masturba mi destructor celestial, en pocas generaciones el mundo estaría igual que antes. Insisto, la maldad debe ser algo inherente en el Homo Sapiens… ¡Qué rollo!..................... o también, nada más se trata de una fase atorada en el desarrollo de mi persona y tal vez una buena madriza, lucir orgulloso un ojo de cotorra en la cara, habría cambiado para siempre el rumbo de mi vida.
Leí alguna ocasión, que si fuera posible hacer una purga sobre toda la humanidad, algo como éso con lo que se masturba mi destructor celestial, en pocas generaciones el mundo estaría igual que antes. Insisto, la maldad debe ser algo inherente en el Homo Sapiens… ¡Qué rollo!..................... o también, nada más se trata de una fase atorada en el desarrollo de mi persona y tal vez una buena madriza, lucir orgulloso un ojo de cotorra en la cara, habría cambiado para siempre el rumbo de mi vida.

