1994 Dagoberto
Es una aburrida tarde de domingo, he venido a dar una vuelta a la Alameda Central. De pronto se suelta una lluvia torrencial y todo el mundo corre hacia el vestíbulo de la estación del Metro.
Todos nos hemos dado una buena ensopada, también un hombre que llama mi atención. Está secando el cabello de una niña de 7 u 8 años, se incorpora y ¡Dios Santo!... qué veo, el agua fría empapó toda la camiseta que ciñe su torso, parece su propia piel y en el pecho, empujan como queriendo rasgar la tela, igual que dos bebes alien, un par de pezones que apuntan directo a mis ojos y quedo con la boca trémula.
Entonces, se une a la bola de personas que intentan pasar por los torniquetes de entrada, inmediatamente corro hacia allá, aprovecho la aglomeración para acercarme y un supuesto empujón de la gente me hace quedar junto a él. Voltea y sonríe. Ya pescó el anzuelo… ¡no lo sueltes!...
—¡Asu! Qué aguacero, ¿no?—
—Sí, estuvo fuerte.
—Y mira tú como te mojaste.
—Sí, pues.
—Y también tu hija…
—No, es mi sobrina…
—¡Ahhh!, —le respondo. Me ve a los ojos y seguro alcanza a percibir aparte de gotitas de agua, mi instintiva (y animal) mirada copulatoria. Ahora su sonrisa muestra en todo su esplendor unos fuertes dientes blancos. Le comento que me gustaría platicar con él e invitarle algo “caliente”, capta la indirecta y dice que sí, pero debe ir a dejar a la niña con su mamá. Promete regresar en unas dos horas, solo debo esperar en esta misma estación. Lo veo al igual que mis esperanzas, alejarse dentro del vagón.
Espero… espero… no me muevo de la estación, ni siquiera del mismo lugar donde tenía mis pies cuando él se marchó. ¡Mierda! estuve tan cerca……… y ahora tan ensimismado que no lo veo llegar hasta que se para frente a mí.
Se llama Dagoberto, tiene 28 años, es profesor normalista, oaxaqueño de origen zapoteco, y cada que regrese a la Ciudad de México con los contingentes de maestros que vienen a protestar para exigir mejoras en su salario y prestaciones sociales, se quedará en mi casa. Tiene rasgos afilados y mirada de águila, muy esmerado al vestir (usa un bigotito fino bien delineado y el cabello perfectamente peinado), cuerpo firme y delgado, es completamente lampiño, el escroto de sus huevos tiene una exquisita textura aterciopelada. Me gusta mucho y también me exaspera hasta el límite, por ladino. Tiene una actitud socarrona y sumisa mas es un gran manipulador, no por nada con los años descubriré en Facebook que ha alcanzado un puesto de concejal en su pueblo.
Hoy tengo una fiesta en casa y Dagoberto ha llegado de Oaxaca. Todos preguntan si es mi novio, pero parece que estoy más preocupado por una imagen de ejecutivo exitoso y con gustos refinados que por ser honesto. Me porto indiferente durante la reunión, y mientras charlo con varios invitados, veo que uno de ellos está platicando con él en el jardín, lo corteja, hace fintas de querer besarlo y Dagoberto juguetea también. Me invade una oleada de furia y lo llamo con un grito.
Ve mi rabia y comienza a hacer una escena pidiendo disculpas y jurando que no estaba haciendo “nada malo”, lo hace en voz alta de manera que todos le oigan, yo trato de acallarlo pidiéndole con los dientes apretados de coraje que baje la voz. Él redobla su rosario de excusas y arrepentimiento, nada más que ahora con un tono tres veces más alto. Estoy reventando, son obvios para todos, mis celos, que no soy el hombre impenetrable y calculador que presumo ser, además, Dagoberto comienza a mezclar con su melodrama una risita mordaz. Lo quiero maltratar, pero más aún, muero de ganas por cogérmelo.
Todos se han ido. Dagoberto, sentado en la sala, me reta cínico con la mirada, sabe que me ha dado una buena paliza por pendejo y prejuicioso.
Esta noche mis besos, las yemas de mis dedos y verga, descargan todo su “castigo” sobre cada centímetro de su abrazador cuerpo. Me desbordo dentro de él mientras beso y lamo sus pies horneados por el sol (supongo que normalmente usa huaraches).
Jamás volverá a llamar por teléfono.
—¡Asu! Qué aguacero, ¿no?—
—Sí, estuvo fuerte.
—Y mira tú como te mojaste.
—Sí, pues.
—Y también tu hija…
—No, es mi sobrina…
—¡Ahhh!, —le respondo. Me ve a los ojos y seguro alcanza a percibir aparte de gotitas de agua, mi instintiva (y animal) mirada copulatoria. Ahora su sonrisa muestra en todo su esplendor unos fuertes dientes blancos. Le comento que me gustaría platicar con él e invitarle algo “caliente”, capta la indirecta y dice que sí, pero debe ir a dejar a la niña con su mamá. Promete regresar en unas dos horas, solo debo esperar en esta misma estación. Lo veo al igual que mis esperanzas, alejarse dentro del vagón.
Espero… espero… no me muevo de la estación, ni siquiera del mismo lugar donde tenía mis pies cuando él se marchó. ¡Mierda! estuve tan cerca……… y ahora tan ensimismado que no lo veo llegar hasta que se para frente a mí.
Se llama Dagoberto, tiene 28 años, es profesor normalista, oaxaqueño de origen zapoteco, y cada que regrese a la Ciudad de México con los contingentes de maestros que vienen a protestar para exigir mejoras en su salario y prestaciones sociales, se quedará en mi casa. Tiene rasgos afilados y mirada de águila, muy esmerado al vestir (usa un bigotito fino bien delineado y el cabello perfectamente peinado), cuerpo firme y delgado, es completamente lampiño, el escroto de sus huevos tiene una exquisita textura aterciopelada. Me gusta mucho y también me exaspera hasta el límite, por ladino. Tiene una actitud socarrona y sumisa mas es un gran manipulador, no por nada con los años descubriré en Facebook que ha alcanzado un puesto de concejal en su pueblo.
Hoy tengo una fiesta en casa y Dagoberto ha llegado de Oaxaca. Todos preguntan si es mi novio, pero parece que estoy más preocupado por una imagen de ejecutivo exitoso y con gustos refinados que por ser honesto. Me porto indiferente durante la reunión, y mientras charlo con varios invitados, veo que uno de ellos está platicando con él en el jardín, lo corteja, hace fintas de querer besarlo y Dagoberto juguetea también. Me invade una oleada de furia y lo llamo con un grito.
Ve mi rabia y comienza a hacer una escena pidiendo disculpas y jurando que no estaba haciendo “nada malo”, lo hace en voz alta de manera que todos le oigan, yo trato de acallarlo pidiéndole con los dientes apretados de coraje que baje la voz. Él redobla su rosario de excusas y arrepentimiento, nada más que ahora con un tono tres veces más alto. Estoy reventando, son obvios para todos, mis celos, que no soy el hombre impenetrable y calculador que presumo ser, además, Dagoberto comienza a mezclar con su melodrama una risita mordaz. Lo quiero maltratar, pero más aún, muero de ganas por cogérmelo.
Todos se han ido. Dagoberto, sentado en la sala, me reta cínico con la mirada, sabe que me ha dado una buena paliza por pendejo y prejuicioso.
Esta noche mis besos, las yemas de mis dedos y verga, descargan todo su “castigo” sobre cada centímetro de su abrazador cuerpo. Me desbordo dentro de él mientras beso y lamo sus pies horneados por el sol (supongo que normalmente usa huaraches).
Jamás volverá a llamar por teléfono.

