jueves, 5 de octubre de 2023

1994 Ernesto



                                                                              1994 Ernesto                 




   El buen salario que recibía por mi trabajo, no solo modificó el modo de vida material que yo llevaba en los últimos dos años, el ego personal al igual que mi cuenta de ahorros alcanzó excedentes nunca antes vistos. Tenía una estupenda figura, una casa linda, juventud y placer a mi disposición, justo lo que cualquier hombre exitoso necesita para crear un reino propio, mejor aún, el nacimiento de la Dinastía Ugarte. Mi sobrina Ximena (hija de mi hermano Fidel) a sus trece años ya daba muestras de ser una niña brillante además de hermosa. Que mejor heredera para dar continuidad a mi “legado”.


   Aunque los tentadores comentarios de Ernesto, maestro fierrero (los que doblan y arman las varillas de acero que sirven de esqueleto en todas las construcciones) a quien conocí en la Alameda, no dejaban de sonar seductores en mis narcisistas oídos…
¿Por qué no tener mi propio hijo?



   Ernesto era alto, con sexis pies grandes, verga mayúscula, y pasivamente dócil en el sexo, bisexual de carácter noble pero caído en desgracia a raíz de su crónico alcoholismo.

   En una de las escasas ocasiones en que platicamos estando él en sobriedad, y ante su insistencia en saber si alguna vez yo había estado con una mujer, le comenté que en el trabajo tenía una compañera que se lamentaba de no poder quedar embarazada, pues su marido era estéril y estaría dispuesta a hacer “cualquier cosa” con tal de darle un hijo. El tono y el lenguaje corporal que usaba para decírmelo me hacía sentir que era para ella, todo menos un inofensivo confidente. A Ernesto se le encendieron las pupilas y lleno de entusiasmo sugirió que yo debería hacerle a esa chica el “favor”. Así proveería a mi vástago de una familia de clase alta, garantizándole un prometedor futuro al mismo tiempo que esparcía mi semilla por este mundo. Yo sería papá cuco (Cuculus canorus) y ellos los anfitriones de mi huevo parásito.



   He escuchado hasta la flojera el tema del Hijo como pase automático para la trascendencia después de la muerte. Lo cómico del asunto es que siempre se trata ¡obviamente! de la que obtendrá quien plantea esa cuestión. Me explico… los aspirantes a la inmortalidad vía cópula dan por hecho que a partir de ÉL o ELLA, su nombre se escuchará en loas e himnos por generaciones. Entonces pido que me hagan una semblanza de sus dos progenitores (¡claro! si no pertenecen a alguna de las once y medio millones de familias mexicanas donde el padre está ausente), para obtener información suficiente que podría llenar una o varias cuartillas con datos generales. Pero el asunto cambia cuando solicito que repitan ese ejercicio de memoria con sus abuelos maternos y paternos. Excepcionalmente pueden recordar sus nombres con el primer apellido, a que se dedicaban y una que otra anécdota, con lo que el “legado” de estas personas se puede contabilizar en escasos renglones; aun así vasto si se compara con lo que pueden hablar de sus bisabuelos/as… hay más palabras en esta oración de las que logran reunir con sus respuestas.
El recuerdo de sus antepasados, no sobrevivió más allá de la tercera generación.
No importa lo que yo intente hacer reflexionar en esos escuálidos Highlanders, siempre estarán convencidos de que su paso por esta tierra no será olvidado si procrean niños.

   De nuevo vuelvo a revisar dicha sentencia, y pregunto, ¿alguien aparte de las flacas referencias que brinda la Wiki, conoce los nombres de los autores biológicos de: Platón, Sócrates, Hobbes, Locke, Adam Smith, Spinoza, Leibniz, Florence Nightingale, Georgia O'Keefe, Francis Bacon, Ludwig Van Beethoven, Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel Buonarroti, Rene Descartes, Georg Friedrich Handel, Sir Isaac Newton, Friedrich Nietzsche, Albert Schweitzer o Eugenio Montale (premios Nobel), Américo Vespucio, Samuel Beckett, Coco Chanel, William Blake, María Callas, C. Collodi (autor de Pinocchio), Copernicus, Amelia Earhart, Simone de Beauvoir, T.S. Eliot, Havelock Ellis, Elizabeth I Reina de Inglaterra, Frank Frazetta, Greta Garbo, Immanuel Kant, Martha Graham, Freddie Mercury, Angela Merkel, Morrissey, Rudolph Nureyev, Anna Pavlova, Edgar Allan Poe, Jean-Paul Sartre, George Bernard Shaw, Gertrude Stein, Nikola Tesla, Walt Whitman, Johannes Brahms, Émile Zola, María Tudor, Amy Tan, Voltaire, Schopenhauer, Tchaikovsky o Federico Chopin…? Sin embargo, ninguno de los enumerados tuvo hijos y sus nombres han perdurado por décadas o siglos, y posiblemente se extinguirán junto con la humanidad.
La trascendencia no se gana desparramando genes, se alcanza por los ACTOS de una persona.


   Otro argumento (muy lamentable por cierto) dicho por muchos que han tenido descendencia es el de los hijos equiparables a un seguro de retiro.

   Hace años, durante una borrachera en el Internet, una cantinucha clandestina, miserable y muuuuuy divertida, estuve a punto de golpear en la cara a un tipo de clóset que decía sentir lástima por mí, ya que no tendría la suerte de ser mantenido cuando fuera viejo, tal y como pasaría con él por ser padre de dos hijos (a los que por cierto veía una o dos veces al año pues vivían en provincia). Con sarcasmo le dije que por lo menos fuera discreto para que los chicos nunca se enteraran de que solo significaban para él una póliza de jubilación, en lugar de seres con sueños y proyectos propios.

Eso sin hablar de lo mal enterado que estaba el pobre diablo del destino de miles y miles de ancianos/as (y créanme, no son gays o lesbianas) que sufren todos los días una muerte lenta y deplorable, sin alimentos, aseo o compañía, ante el abandono de su vasta prole de hijos, nietos y bisnietos a quienes les importa una mierda su vida. ¿Cuántos de ellos habrán creído que el simple hecho de engendrar les garantizaba una ancianidad digna?
(https://www.gerontologia.org/portal/information/showInformation.php?idinfo=2974#:~:text=Abandono%20social%20de%20los%20mayores&text=En%20un%20sentido%20general%2C%20se,las%20personas%20de%20edad%20avanzada%E2%80%9D.)


   Por último, torciendo un poco la realidad y complaciendo a mi dipsómano amante Ernesto. 
¿Qué habría hecho yo con un niño de mi carne? Mamá decía que la prueba de fuego para saber si uno valía o no como padre/madre, era ser coherente entre los propios principios y los que das a tus hijos.


   ¿Le transmitiría mi cada vez menor fe en la humanidad y creciente misantropía?

   ¿Me enorgullecería ante él/ella (de la misma forma en que lo hago en este blog) por mi promiscuidad y desprecio por las normas sociales?


   ¿Para ello haría uso de los “hábiles” sofismas que llenan estos escritos?

   ¿Tomaría como patrón para la educación de la cría,  la dura disciplina que mamá aplicó en nosotros sus hijos y que no puedo dejar de justificar, más ahora cuando veo los engendros tiránicos que las recientes generaciones de padres están cebando?

   ¿Criaría un cuervo y le sacaría los ojos antes de que me los sacara a mí?



   Creo que lo mejor que pude haber dado a mis hijos, fue la oportunidad de que nacieran en otro universo paralelo, no en este.