jueves, 5 de octubre de 2023

1994 Benito


                                                                                                                                                                                               1994 Benito


   Cuando conocí a Beny andaba franco o sea, no trabajó por ser el Día de la Fuerza Aérea Mexicana y salió a dar una vuelta… que completamos juntos después de que lo abordé e hice plática en el Metro. Mientras tomábamos un refresco escuché con interés los motivos que lo llevaron a enlistarse. La nula oportunidad para terminar una larga carrera universitaria y la urgente demanda de apoyo económico que se exigía de él al ser el hijo mayor, lo hicieron pensar rápido, estudió un año como programador de computadoras y se presentó en el ejército para pedir trabajo. Calculaba que su recién adquirida habilidad con la informática lo libraría de las incursiones (rifle al hombro) por montañas y barrancas en busca de narcotraficantes y criminales. Su apuesta fue correcta y a los 21 años (hacía dos) se integró a las flamantes oficinas del centro de mando de la Fuerza Aérea Mexicana con el grado de cabo, dentro del escalafón militar.

   Al tiempo que lo escuchaba, algo me decía que la previsora mente de ese chico no respondería de manera tan entusiasta a mis llamados de apareamiento inmediato, así que lo cortejé por dos citas más. Llegado el momento lo invité a “escuchar” música en mi casa, charlamos, bebimos un vino dulzón y afrutado en copitas de cristal y le apliqué un viejo pero efectivo truco: mirando unas figuritas en el librero de la sala, le pregunté si ya había visto ese chirimbolo y señalé hacia atrás de él, volteó y enseguida volvió a mirarme para preguntar ¿Qué es un chirimbo……… No completó la frase porque le estampé un beso en la boca y luego otro, Benito se quedó inmóvil y yo lo ametrallaba con otros dos, tres, ocho besos, que no podía esquivar a pesar de que volteaba para un lado y otro, pues mis manos le sujetaban sutilmente la cara. Él hinchaba el pecho y desorbitaba los ojos, que también fueron bombardeados por mis labios, labios serpentinos que con su vaho anularon la voluntad de sus puños cerrados. Mi técnica era impecable y de ninguna manera la ensuciaría agarrándole burdamente las bolas o manoseándole las nalgas. Poco a poco lo moví en dirección al sofá, lo tendí en él y desabotoné su ropa, llegó otra andanada de besos sobre ese pecho urgido de aire, sobre ese bajo vientre tibio, sobre ese jardín húmedo en su pubis y finalmente sobre su arma, la cual ineludiblemente depuso............
en el interior de mi funda.


   En los siguientes diez meses yo conocería su casa y familia, vivía literalmente en la punta de un cerro en la periferia de la Ciudad de México, al que se accedía por una larga y empinada escalinata.
Cuando me quedaba con Benito en su cuarto, subíamos por la noche a la azotea para contemplar desde allí una maravillosa vista de la ciudad iluminada. En una de esas ocasiones, habló de lo difícil que fue su infancia debido a la pobreza, pero principalmente por las constantes palizas que el papá les propinaba a él, a sus hermanos y a su madre, cuando llegaba embrutecido por el alcohol…… hasta que con 16 años de edad se armó de valor para encararlo, medio matarlo a golpes y dejarle bien claro que jamás volvería a tocar a su sangre.
Para cuando conocí a Beny, él ya era el macho alfa de la familia.
Era muy competitivo y esa cualidad (altamente apreciada por mí, al ser yo mismo alguien obsesionado por “ganar”) nos hacía compatibles para disfrutar de pesadas caminatas o rutinas de ejercicio. La culminación de este concurso de vergas se concretó durante el ascenso que hicimos al volcán Popocatépetl.

   Llegamos por la tarde al albergue de Tlamacas para descansar y alquilar para cada uno el equipo básico de escalada: un par de spikes para nieve y un piolet.
Al amanecer iniciamos el ascenso. Durante la primera mitad marqué el ritmo de la marcha, pues a pesar de cargar con 35 años de edad, me encontraba en el que fue sin duda el mejor momento de mi cuerpo físico. De pronto, en la etapa más dura e inclinada de la montaña, Beny me rebasó y comenzó a sacar más y más ventaja, ahora él mandaba, cosa que llenó de coraje mi orgullo y a mis piernas de presión para mantenerle el paso. Yo estaba furioso porque este soldadito resultó ser más cabrón.
No mostraba ninguna piedad hacia mí y lo recalcaba diciendo sonriente —¿Puedes? o te cargo…

   Finalmente tras varias horas llegamos a la cima y pronto olvidé mi tonta disputa al ver tan grandioso panorama; a nuestras espaldas se hundía un enorme y profundo cráter humeante del que emanaban nubes de azufre; hacia el frente se extendía un océano de nubes y la curvatura de la tierra; nuestros pies pisaban una interminable alfombra de nieve y al lado se encontraba el destartalado refugio Pico de Anáhuac donde apenas se podía leer una inscripción que indicaba que estábamos a 5452 metros de altura sobre el nivel del mar. Brindamos con sendos tragos del tequila puro que traía en una anforita y, con la punta de la pequeña navaja suiza que portaba, escribí sobre un pedazo de la lámina que en su tiempo fue el techo del refugio: Los gays también somos chingones.

   Y así estábamos victoriosos, cuando llegó otro alpinista, platicamos un momento los tres y de repente dijo que no deberíamos estar tanto tiempo sin lentes protectores…
   —¿Qué? lentes qué…
   —Protectores… contra los rayos ultravioleta (que la blanquísima nieve rebota de manera perfecta hacia arriba, justo hacia los ojos que van revisando paso por paso la nieve por la que se va subiendo)
   —No, no trajimos…
   —¡Cuánto tiempo tiene que llevan aquí! —Preguntó alarmado el amigo.
   —Unos 40 minutos -respondimos.
   —¡¡¡Deben bajar inmediatamente, en cualquier momento los atacará la ceguera de las nieves!!! Yo los guío…
   Entonces emprendimos una desbocada carrera descendente por la ladera de Las Cruces, más larga pero mucho menos empinada, resbalando a veces y usando los piolets para sujetarnos. Llevábamos dos terceras partes del recorrido cuando Benito dijo que no veía bien y le picaban mucho los ojos, la caminata se ralentizó y solo pedía al cielo que no me afectara a mí porque entonces sí estaríamos en problemas. Por fin llegamos al albergue y ambos recibimos atención de emergencia aunque primaria, lo mejor era ir cuanto antes a un hospital.

   Después de viajar en autobús a la ciudad y ahí tomar un taxi al Hospital Militar, logré ingresar por el servicio de Urgencias a Beny, al que prácticamente guiaba como a un ciego. Él tenía quemaduras en las retinas, pero se pondría bien. A pesar de que no era miembro del ejército los doctores me revisaron y aplicaron una pomada en los ojos, afortunadamente y gracias al cristal de mis anteojos (aún transparente) se infiltró una mínima parte de rayos UV evitando un daño igual al de mi compañero.
Dormimos en mi casa y muy temprano llevé a Beny a la suya. La escena fue terrible; cuando bajé a su hijo del taxi con esos enormes parches blancos sobre los ojos, su madre gritaba de manera desgarradora —¡¡Mi hijooo!! Qué le pasó a mi hijo. Benito a su vez trataba de tranquilizarla al decirle que se iba a poner bien, en tanto yo lo llevaba al interior de su casa dando traspiés por el piso.






   En el terreno sexual las cosas siguieron igual que en el primer encuentro, él era activo pero sumiso, de hecho deliciosamente sumiso. Muchas veces al llegar a mi casa vestido con su traje militar azul oscuro, simplemente lo llevaba a la cama y así, con botas, uniformado, sin quitarle siquiera la gorra cuartelera, bajaba el cierre de su pantalón y lo montaba hasta descargarle la escopeta.
   Seguro mi actitud a los ojos de un especialista de la mente, tendría un significado psicológico relacionado con el padre, el poder, las jerarquías o alguna de esas mamadas, pero en ese momento me importaba un carajo.

   A pesar de que yo le pedía cada vez con mayor insistencia que me dejara penetrarlo, Beny se oponía tajantemente, incluso llegó a decir que si algún día se dejaba coger, únicamente sería por un “hombre/hombre”.
   Eso no impidió que de vez en cuando me diera una sorpresita, como esas noches donde mi sueño -para ser específico- el sueño de mi verga, era interrumpido por el suave roce de sus labios.
La primera vez al percatarse de que yo había despertado se alejó rápidamente y fingió dormir, entendí por dónde iba el juego y la siguiente ocasión fui yo quien simuló estar dormido, aunque convenientemente con la pistola cargada. El supuesto sopor que me invadía era tan intenso que ni siquiera los atragantamientos de su glotona boca, turbaban mi “descanso”.



   Cada quien en su momento siguió un camino propio. Él encontró por fin a su hombre/hombre. Fernando tenía esposa y dos hijos… ¡que mejor prueba de hombría! Tardó algo en descubrir que en realidad era un puto de clóset, jugando una farsa social en beneficio de su propio estatus como funcionario de nivel medio en el gobierno, aunque su miserable vidita solo era sostenible por litros y litros de alcohol que le descomponían hasta el ridículo la investidura, y a Benito la paciencia por lo que varias veces debió abofetearlo. El asunto apenas dio para un par de años.



   Beny siguió trabajando y administrando hábilmente su dinero para construir sobre el precario terreno que conocí, un primer piso, un segundo piso, locales comerciales… ¡un tercer piso!, incluso tuvo la asertividad de poner en renta la azotea de su casa privilegiadamente ubicada, para la instalación de una antena de telefonía celular.
Cuando cumplió veinte años de servicio para el ejército, había alcanzado el grado de sargento primero, pidió su retiro y desde entonces debe vivir de una manera envidiable y no menos merecida.



   En mi camino, los atuendos militares todavía siguieron causando efecto sobre mi fantasía, aunque nunca igual al provocado por Benito, un “caso” especial… hasta que con motivo de un aniversario más de la Independencia de México, escuché un revelador diálogo entre un par de chicas (a las que llamaría desde entonces mis sabias amigas) que se ubicaban adelante de mí para presenciar el desfile militar, y que decían mientras marchaba garboso frente a nosotros, un batallón de soldados que exudaba testosterona:

   —¡Papuchos! mira que lindos están, mana… —a lo que su compañera respondió visiblemente exaltada,
   —¡Sííí, están buenísimos! pero te juro amiga, que no entiendo por qué cuando les quitas el uniforme......
   no queda nada.

¡¡¡ZAZ!!!