jueves, 5 de octubre de 2023

1993 Samuel



















                                                                                      1993 Samuel




 






   Samuel tenía 26 años de edad y durante algunos meses llegaba a mi casa no solo para pasar la noche. Después de que hacíamos el amor se sentaba en el escritorio para estudiar hasta la madrugada, las guías y libros con los temas que contendría su examen de promoción para ascender de grado y convertirse en sargento segundo. Era la tercera vez que lo intentaba en cuatro años, pero a pesar de ser perseverante además de divertido, la competencia entre los miles de aspirantes era muy reñida, el número de promociones limitada y únicamente se escogía a aquellos con los puntajes más elevados.
Lamentablemente ya no pudo presentar por cuarta ocasión su prueba de conocimientos. Otro tipo de examen, realizado periódicamente sobre la sangre de cada integrante de esa institución castrense, lo dejó fuera de la jugada permanentemente. Dio positivo a VIH y lo conminaron para que saliera con honor y una modesta indemnización, que le permitió montar un changarrito para la venta de frutas y verduras en el barrio donde vivía.
   Pronto llamó para invitarme a conocer su negocio, allá fui, charlamos y a los pocos minutos me sorprendió ver salir de la parte trasera del local a una pequeñita de cuatro o cinco años que recién despertaba de su siesta. Samuel la presentó como su hija. ¡Wow! toda una sorpresa.

   También vi que de un cable colgaban varias piñatas y sin pensarlo siquiera, le propuse que concursara para convertirse en proveedor de piñatas en la compañía para la que yo trabajaba. Hicimos un boceto sobre papel con una idea simple y atractiva: un cono con el logotipo de la empresa y una bola de helado encima. Le indiqué cuál era el precio de costo que el departamento de compras buscaba y dos semanas después se presentó con una vistosa propuesta. Mi opinión era fundamental para la aprobación del proveedor y… a partir de ese día entregó mensualmente cientos de piezas.

Sin embargo una vez más el destino tenía para Samuel otros planes, desarrolló sida. Lo visité dos veces en el Hospital de la Raza y me partió el corazón mirar la manera tan despiadada en que esa enfermedad consumía su juventud y vida. Falleció en 1995.
Su cuñado, tío de la chiquita, continuó entregando piñatas aun después de que yo dejara la compañía.




   Desde mi ingreso en octubre de 1992, ya llevaba dos años laborando en la cadena de restaurantes Helen´s. Su Director Operativo era hermano de mi mejor (y burguesa) amiga María, estaba buscando a alguien que pudiera ocupar el recién formado puesto para la Coordinación de Eventos Infantiles. Ella lo convenció para que me diera la oportunidad de mostrarle mi talento, aunque él en realidad había pensado en una chica “mona” egresada de alguna buena universidad como pedagoga o Licenciada en Mercadotecnia para el puesto. Hábilmente me propuso un periodo de treinta días para que le presentara un diagnóstico y su consecuente proyecto… —para darnos la oportunidad uno al otro, de ver si era lo que cada uno buscaba.

   El primer día que visité uno de los restaurantes en calidad de incógnito, tomé café en una mesa cercana al área de juegos. Cuarenta minutos más tarde tuve que reconocer que no tenía ni puta idea de lo que yo hacía ahí. En mi libreta de notas comencé a pensar más que en una propuesta, en la manera en que redactaría la carta de despedida y agradecimiento a mi jefe, cuando un redoblar de tambores anunciaba el inicio de una de esas, alguna vez legendarias, fiestas de cumpleaños en Helen´s.
Todos los meseros rodeaban la mesa del festejado para cantarle las mañanitas, de la cocina salía un tipo portando el disfraz de……… ¿un ratón?......... ¿un ratón mutante?......... ¿un ratón sobreviviente de un ataque nuclear?... El pobre diablo jorobado y abatido, arrastraba las patas y hacía un esfuerzo sobrehumano para “bailar” mientras todos los meseros gritaban —mordida, mordida, mordida… —y uno de ellos embarraba la cara del cumpleañero con una servilleta llena de crema chantillí. El pobre niño quiso respirar y aspiró un poco del dulce, por lo que comenzó a toser estrepitosamente, la mamá lo ayudó dándole unos golpecitos en la espalda hasta que entre mocos y llanto arrojó el tapón de crema. Oportunamente los meseros y el ratón Bozz (con su grasiento y apelmazado peluche) desaparecían al tiempo que la madre del niño trataba de rescatar la “fiesta” entre risotadas que contrastaban con el delineador de sus ojos, escurrido por las lágrimas que minutos antes, le sacó la angustia. Todos aplaudían y la escena en su conjunto resultó ser… PATÉTICA.
A un lado del brincolín, una maquillista extorsionaba a cada niño que deseaba ser decorado y a quien le decía: —ve y pídele a tu papá una propina para mí.

   Y las ideas comenzaron a brotar de la cabeza: ¿Qué tal si se renueva la imagen de la mascota? ¿Y si se contrata a jóvenes con buena actitud y se dignifica su trabajo? ¿O se crea el puesto de animadora de fiestas, que a su vez puede ser una eficiente vendedora de paquetes infantiles? ¿Y si todo eso se concreta en un manual de operación y actividades bien planeadas?

   Un mes después el director formalizaba mi puesto con un salario mensual de ¡¡4,000,000 de pesos!! (un largo proceso de devaluación de nuestra moneda ante el dólar lo había llevado a acumular esa cantidad de ceros, de los que finalmente fueron eliminados tres en 1994) aun así equivalían a unos espléndidos 800 dólares que me permitieron vivir con confort y ahorrar como nunca antes.
En el refrigerador nunca faltaron botellas de vino espumoso, quesos y charcutería que compartía con mis invitados. Me torné sofisticado y presuntuoso.


   Además de la organización de eventos, experimenté con el montaje físico de los platillos a los que periódicamente se les tomaba fotos para ilustrar las manteletas de papel que se ponían sobre las mesas de los comensales, y también pude proponer el diseño de platillos infantiles, que dicho sea de paso me otorgó la antipatía de todos los chefs y su equipo de cocineros cuando en horas pico, en plena “camotiza” tenían que poner orejitas u ojitos en los alimentos destinados a los niños.





   Mi paso por Helen´s se prolongaría por casi un lustro y aparte de la gran posibilidad de ser creativo, pude acumular esos ahorros que me permitirían en unos años realizar mi obra maestra, la conjunción de todas esas habilidades acumuladas a lo largo de mi vida.