jueves, 5 de octubre de 2023

1993 Eustoloquio


                                                   1993 Eustoloquio:



   Todo el desprecio y condena social por la masacre estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968, recayó durante décadas sobre los soldados que siguieron las órdenes de sus superiores: los Secretarios de Defensa, el de Gobernación y el jefe de estos, el Presidente de México, que dejaron hace años este mundo entre vítores, homenajes y sentidos pésames por parte de la clase política, sin haber pagado por su crimen.
   

   México olvidó, y el ejército (su tropa) recuperó poco a poco su prestigio. Los medios de comunicación oficiales y privados los volvieron héroes por su actuación en los sismos que devastaron la Ciudad de México, o en otras poblaciones azotadas por inundaciones y huracanes, y en algún momento su estampa de pueblo moreno investido de “valor y sacrificio” convirtió a los soldados en objeto de deseo por parte de un sector de la comunidad gay.

   Mi “primer” soldado lo contacté paseando por La Alameda, se llamaba Eustoloquio y hacía un año que había salido como la mayoría de los integrantes del ejército, de algún pequeño rancho olvidado (básicamente por el Estado Mexicano) en la montaña, la costa o el semidesierto de nuestro enorme territorio. Un salario fijo y muy superior al que podría obtener cultivando la rústica parcela familiar, era más que el patriotismo, el principal incentivo para que estos jóvenes se integraran a las Fuerzas Armadas.
Con el pretexto de que hacía mucho calor le convencí para ir a “bañarnos”. Cuando lo comencé a acariciar se quedó petrificado (igual que su verga), estaba impresionado de ver la forma en que yo se la mamaba y más cuando lo monté para ensartármela por el culo. No se movía, tenía una mirada asustada y febril, la respiración era entrecortada y supe que eyaculaba por los espasmos de su estómago. Fuera de eso siguió estático unos instantes más, antes de levantarlo y bañarlo como a un bebé.
Meses después lo encontré prostituyéndose en el parque donde lo conocí, ya había desertado del ejército y vivía con una mujer.
Su mirada de ingenuidad, había desaparecido.



   Simultáneamente, una pequeña cantina ubicada justo enfrente del Palacio Legislativo de Donceles comenzaba a cobrar popularidad por la interesante mezcla de sus parroquianos: unos eran soldados que habrían encontrado el lugar atractivo por su ubicación y la cerveza económica. Los otros eran gays que llegaron como invitados o “amiguitas” de Carlos su dueño, que era homosexual. Una loca le invitó cervezas a algún guachito (de guacho, palabra que según leí, significa perro o sin madre en una de las muchas lenguas indígenas que se hablan al sur del país, a donde por décadas ha ido el ejército para quemar los plantíos de mariguana, ganándose tal calificativo por parte de los pobladores y del que también fueron despojados por los soldados para autonombrarse orgullosos de esa misma forma) y ¡clic! surgió un pacto perfecto... —yo pago la borrachera y tú me la metes.

   El soldado raso le dio el tip a sus compas del batallón, y mi comadre “solo” a sus amigas íntimas. Meses después el lugar literalmente hervía de jotos y guachos, así que Carlos su dueño, mudó el “14 Las Adelitas” (en homenaje a las leales mujeres que seguían a sus combativos hombres durante la Revolución Mexicana) a un local muuucho más grande, tan grande que daba cupo a una gran pista de baile que también era el foro para presentar todos los fines de semana el más sórdido y morboso show que hubiera visto hasta entonces. 
   Una vez que los danzantes de música de banda, o ranchera, o rock desocupaban la pista, dos ayudantes colocaban en ella uno o dos sillones mugrosos, se apagaban las luces y Carlos anunciaba el espectáculo de “Las Cachondas”. Enseguida comenzaba a sonar música de Locomía y salían una a una, un grupo de 4 o 5 chicas exuberantes (con seguridad provenientes de las mismas tierras donde nació la tropa) en bikini, daban una vuelta por toda la pista al tiempo que bailaban y se despojaban del top. Carlos por el altavoz decía sus nombres y exaltaba sus dotes amatorias. Luego retaba a algún valiente para que pasara al foro a ver si era capaz de satisfacer a tan exigentes damas, eso sí… dejaba muy claro que nada más podían pasar machos de verdad:

—¡Solo militares! ¡¡Solo verdaderos HOMBRES!! —instigaba Carlos desde las bocinas del antro. 

Y saltaba uno y luego otro y otro para ser escogido por una de ellas, la cual le bajaba el pantalón y los calzoncillos liberando su miembro ya rígido unas veces, y otras que recibía ayuda de los colorados labios de la mujer.
Como si llevara de paseo a un perrito, una chica jalaba del pito a un ufano y alcoholizado macho hacia el sillón para que le hiciera el sexo.
En otra esquina, una buena mamada y la cabellera dorada de la Güera, no bastaron para encender al segundo garañón, pero eso obviamente no era culpa de ella y quedaba en entredicho la hombría del tipo, al que Carlos instaba con 100 decibeles de volumen, a salir de la pista para recibir la rechifla de toda la concurrencia y la burla de sus “carnales” de Infantería.
Con los otros dos no hubo contratiempos, uno de ellos algo bruto, sonreía al público y hacía la finta de golpear la cabeza de su compañera, que hincada se afanaba en exprimir el contenido de ese “miembro viril”, recalcaba Carlos.
Aunque el galardonado esa noche, fue ese moreno al que se le tensaba cada fibra muscular de la espalda y nalgas al tiempo que embestía rítmicamente el vientre de La Pokahontas, la cual mostraba en la cara una expresión similar a la de las pinturas de Santa Teresa con su éxtasis místico. Era indudable que estaba teniendo una venida gloriosa, sin importarle el llamado que su patrón hacía para indicar a todas las chicas que debían terminar la función, con la frase:

—¡Llegó el lecherooooooooo! ¡LECHE recién ordeñadaaaaaaa!

Mientras tres de ellas mostraban altivas como si de un trofeo se tratara, los condones conteniendo el preciado jugo de sus hombres, La Pokahontas siguió bizqueando, gimiendo, santificada por su Xochipilli (dios azteca del amor) durante unos segundos más.

   Para cuando el espectáculo terminaba, la tensión sexual en el ambiente, concretamente en nosotros los putos, era insostenible. La barra no se daba abasto con la demanda de cerveza, gran parte de ella destinada para chulear, seducir o abiertamente comprar los favores de un soldado… hasta el más feíto de ellos era cortejado en su momento.

   La fama del lugar no solo atrajo al intelectual Carlos Monsiváis, era común ver de cuando en cuando a integrantes de la alta cultura.
No sé si realmente pasó, pero supe que durante una visita a México para promover su reciente película, el cineasta español Pedro Almodóvar respondió a un grupo de exquisitas locas que deseaban llevarlo a conocer un “exclusivo” bar gay en la zona más elegante de la ciudad, a donde asistía gente bonita y de buena clase social... —¡NO! yo quiero conocer el 14.

   La existencia del “14” también llegó a oídos de los oficiales superiores del ejército y eventualmente se organizaban redadas en el lugar, los soldados eran arrestados y pasaban una o dos semanas acuartelados. En respuesta, Carlos acondicionó un cuarto o bodega a la que se acedía por una puerta perfectamente camuflada en el fondo del putero, además de un “halcón” en la entrada, que avisaba con un fuerte chiflido la inminente llegada de los oficiales. Entonces había que sujetar muy bien la botella de cerveza durante la estampida de guachos que corrían despavoridos hacia su escondite, empujando maricones, aventando o volteando sillas y mesas para ocultarse. Una vez que la inspección y quizás un billetito desplazado discretamente al despedir y acompañar a la salida al jefe, todo volvía a la normalidad.

   Mis visitas al “14” se prolongaron por lo menos dos años, y varias ocasiones platiqué con Carlos el dueño. Una noche al saludarlo y preguntar qué tal estaba, con una expresión de enfado en su cara contestó —¡Ashhhh! ¡Me ha ido de la chingada!, hoy nada más me han cogido ocho cabrones.
Sí, la pasión de Carlos por los militares era cosa seria, y por simple estadística tarde o temprano se coló a su cama un tipo loco y lo asesinó taladrándole el cráneo. 

   El “14” sobrevivió, lo manejaba su socio y asistente, pero comenzó su decadencia y finalmente fue cerrado. Se cree que a Carlos lo protegía un padrino muy fuerte en las esferas del poder.
Además de aquel terrible hecho, también escuché en esa cantina, muchas, muchas pequeñas tragedias.
No faltaba alguna loca enamorada sin esperanza de un “hombre/hombre”, o su contraparte; la historia de cientos de jóvenes soldados como Eustoloquio, que despreciaron su empleo y optaron por prostituirse, perderse en el alcohol o delinquir, deslumbrados por la atmósfera de deseo, obsequios y halagos por parte de muchos gays (¿debería decir voraces?) iguales que yo. 


Verdugos o víctimas, en los últimos años la imagen de los militares ha comenzado a descomponerse debido a las múltiples acusaciones en su contra por ejecuciones extrajudiciales, connivencia con el crimen organizado, violaciones, secuestros y desapariciones forzadas dirigidas a la población civil.

......—Seguiremos informando.