jueves, 5 de octubre de 2023

1993 Oswaldo


                                                                                                                                                                                                          1993 Oswaldo



   Mi fascinación por la diversidad racial nació, irónicamente a partir de ver mujeres, concretamente el concurso Miss Universo, que por ninguna razón me perdí durante décadas desde los 16 años de edad.
   Independientemente de que mucha gente lo considere o no un degradante mercado de carne, de la legendaria ignorancia de sus participantes o de ser un mecanismo para la perpetuación de determinados rasgos de belleza (por cierto, una práctica que ha acompañado a la humanidad desde su nacimiento y no privativa del capitalismo moderno), me provocaba un enorme deleite visual esa primera parte del certamen donde las representantes de todas las regiones del planeta se presentaban una a una. Hace 40 años la mayoría de ellas pretendía ser blanca para ganar, pero en los últimos lustros he percibido una mayor intención de orgullo por los rasgos étnicos, propios de cada país. Y yo maravillado, trataba de cotejar cada elemento del rostro, cuerpo, tono de piel, cabello, idioma o lenguaje corporal, con la información que mi cabeza había obtenido a través de libros, fotos, películas, documentales, historia, mitos e incluso prejuicios sobre ese país.
Y veía pieles, cabello y ojos con docenas de tonalidades, rostros con todas las formas geométricas. Extasiado imaginaba el tipo de condiciones que llevaron a nuestra especie a diversificarse en tal cantidad de fenotipos… ¿qué clase de presión medioambiental llevó a unos grupos humanos a desarrollar una piel tan clara, o fosas nasales anchas a otros? ¿por qué los ojos se agrandaron o rasgaron? Ponía mucha atención para saber reconocer a chicas de cada punto cardinal de Europa, África o Asia que me ofrecían una riquísima gama de rasgos únicos, amasados y moldeados por miles de generaciones de relativo aislamiento hasta que hace unos siglos comenzara un lento pero cada vez más inminente proceso de mestizaje humano.

   Sé que el concepto de raza se ha desmentido en la ciencia, pero es innegable que sigue existiendo en las normas sociales, así como el efecto que ciertos rasgos genéticos de un individuo tiene en muchas sociedades y sus autoridades.

   Aun así, durante muchos años de mi juventud tuve la fantasía (que se marchitó no por su ambicioso tamaño, sino por costo y tiempo) de coger con un hombre de cada raza o etnia del mundo, no solo las mayoritarias,
 también deseaba hacer el amor con un esquimal, un siux, un yukuna del Amazonas, un gitano, un nómada de Mongolia, un tuareg, un papú de Nueva Guinea, un bosquimano, un maorí, un pigmeo, un guerrero masai, o con un aborigen australiano…… recolectar con mis dedos la textura de sus pieles, con mi boca el sabor de sus fluidos, su aliento y sudores con el olfato, y hablarnos con los ojos, para finalmente construir con todo ello la COGIDA universal entre hombres. ¡Alucinante, ¿no?!

   Al menos me queda el consuelo de que he estado con hombres de diferentes regiones y etnias originarias de México y galanes de 20 diferentes países.

   Oswaldo por ejemplo, venía de Venezuela, nos ligamos en el Viena, estudió Ingeniería Química y había conseguido trabajo en una farmacéutica aquí en la Ciudad de México. Era afrodescendiente, bajito, peludo, cachondo, con rasgos muy toscos, inteligente y con mucho sentido del humor, con el que neutralizaba hábilmente los comentarios sarcásticos o racistas de sus “amigos” y algunos extraños a los que apenas unos grados más de claridad en el Pantone de la melanina, les hacía sentirse con el derecho a burlarse de él. Tuvimos un noviazgo de cuatro meses y finalmente hicimos una buena amistad.
Tristemente, en 2002 su pareja llamó por teléfono para avisarme que Oswaldo había fallecido de sida.





   Debo insistir en que mi concepto de belleza masculina, complementario a la apariencia física de un hombre, tiene que ver más con la ACTITUD.

   Durante la adolescencia en la escuela secundaria, recibía todos los días, varias veces al día, el calificativo de ¡maricón! y ganarme el respeto a base de chingadazos jamás figuró entre mis alternativas, así que opte por resistir. Luego al entrar al mundo gay aprendí que si virilizaba (sin llegar a la parodia) mi postura, crecían mis posibilidades de movilidad y mejor aún, de ligar con el tipo de chicos que me gustaban, eso sin mencionar que quedaba oculto a la mirada de extorsionadores o golpeadores a los que la sociedad homofóbica de entonces, lejos de sancionar, solapaba. Poco a poco adquirí una apariencia “normal” misma que asimilé como un valor estético en mi persona y en terceros.

   Finalmente hoy, mi sueño por gozar de hombres ricos en variabilidad genética y regional ha quedado limitado a la pantalla del monitor de mi PC o de la televisión, sobre las que escaneo minuciosamente los cuerpos de los tipos que aparecen, no tanto en películas donde un director de casting ha escogido a los protagonistas, apegado a una limitada pauta de estereotipos (con honrosas excepciones como en ese filme hindú donde el héroe era un imponente hombre dravidiano), sino en programas del tipo Ninja Warrior Japan, o los concursos para seleccionar a Mr. Nigeria, que exalta el orgullo y la belleza del hombre africano entre otros, o en los que participan tipos “comunes y corrientes” que arrancan desde lo profundo de mi deseo (y seguramente una sospecha sobre mi estado de salud mental o dudosa apreciación estética), la expresión:
—¡¡Pero qué hombre más bonito!!