jueves, 5 de octubre de 2023

1993 Gilberto


                                                                                                                                          1993 Gilberto

   ¡Vaya “escritor”! Mira que botar, así como así, mi proyecto durante veinte días. Lo extraño es que no encuentro una razón obvia para haber hecho esto y debo entrar en el terreno de la especulación para ver si mi mente se aclara.
Tal vez:

   ° Fue el resultado de una posible catarsis después de lo que narré con MARTÍN MARCIAL (diciembre 1989) y que puso al descubierto la carne sangrante de una herida que no termina de cerrar, ni siquiera con la abundante solución salina que mis ojos me han provisto durante décadas para su lavado y cauterización.
Aunque pienso que sería una reacción algo tardía, considerando que ese “cuento” lo publiqué seis semanas antes de que suspendiera las publicaciones…

   ° Fue una pataleta, un castigo para el mundo, al ignorarme por completo.
Blogger ofrece a quienes hacen uso de esa plataforma para crear su página (blog), una herramienta llamada estadísticas, que indica el número de lecturas que ha tenido cada una de las publicaciones. Las primeras, que vieron la luz a principios de agosto, me indicaron que llegué a tener medio centenar de lectores, pero durante el último mes bajó a ¡¡¡tres!!! y uno de esos, soy yo mismo.
—¡Pues ahora para que sufran, no escribo nada! —d
ebió haber contraatacado mi amor propio.
Sí, parece que la ilusión de un pretendido público ávido por leerme, me hizo olvidar pronto los principios que sustentan este proyecto; reconstruir mi historia más allá de que a terceros les pudiera interesar o agradar, más allá incluso de mi propio ego…

   ° Tal vez agoté la fórmula con la que armo las narraciones; una breve o detallada presentación de un galán que en la mayoría de los casos da entrada a anécdotas personales… ¿Habré abusado, de las manos fuertes y ásperas, de la tonalidad muscular o morena, y de la masculinidad que describe a “mis” hombres? ¿O la premura por publicar me hizo sacrificar fondo por forma?


   Por lo pronto debo continuar y descubrir sobre la marcha, qué es lo que realmente deseo expresar.



   En esta ocasión el nombre de mi hombre es Gilberto, tenía 25 años, lo conocí en el Metro. Cogíamos rico y en nuestra quinta o sexta cita comentó que había perdido su trabajo. Era mozo… en sus dos acepciones: origen totonaco, cuerpo armonioso y fuerte, lampiño y cero amaneramientos; y por otro lado se encargaba de la limpieza y mantenimiento del hogar de la familia que ahora lo despedía. Yo llevaba un semestre trabajando para una cadena de restaurantes y ganaba un buen salario, aún me faltaba arreglar la sala y cocina de mi casa y simplemente le ofrecí empleo.
Las condiciones del trato eran muy simples: ganaría el mismo salario que recibía con el otro patrón, saldría a las dos de la tarde para que pudiera ir a la escuela y así terminar la educación primaria que no tenía, trabajaría seis días a la semana y tendría una habitación propia en el traspatio de la casa… o sea, NO dormiría más conmigo.

   Quizás no fui lo suficientemente claro con él porque antes de una semana abrió la puerta de la casa a medianoche y se metió en mi cama. Tampoco hice mucho por recordarle nuestro trato y lo acepté, otorgándole un generoso bono de... "mi parte”. Cuando quiso hacer efectiva por segunda ocasión la prestación adicional, encontró mi lecho ocupado y salió furioso de la casa para descargar su frustración sobre las cubetas y otros enseres de limpieza. Lo alcancé en el patio y le dije de manera tajante que si iba a trabajar conmigo no podríamos coger más.

   Gilberto laboró conmigo tres meses y su eficiencia era sorprendente. Cuando le encomendaba un trabajo que a mi parecer llevaría varios días, lo hacía en la mitad del tiempo. Resanó y pintó muros, lavaba pisos, tapetes, cobijas, ropa, trastos y semanalmente a la Bicha mi gata, cosa que jamás me permitió hacer antes ese animalito.
Me llamaba a la oficina al medio día para avisar que ya había terminado con los encargos y solo se me ocurría decirle que hiciera lo que quisiera, dormir, ver tele o salir a putear, tarea (esta última) que sin duda cumplía cabalmente. Recuerdo que un lunes por la mañana mientras él me preparaba jugo de naranja, noté que agachaba la cara y rehuía mi mirada. Pronto descubrí que tenía el labio inferior rebanado. El día anterior su macho se había embriagado y en un ataque de celos le quiso cortar la cara con una navaja. Lo llevé a un hospital para que lo atendieran y pusieran dos puntadas de sutura en la herida.

   Finalmente, Gilberto avisó un día que se aburría mucho en mi casa. Además, la vecina de enfrente le ofreció unos pesos de más para que se fuera a trabajar con ella, a la que acertadamente abandonó poco después cuando descubrió que tenía que asear cuatro viviendas y encargarse del lavado y planchado de la ropa de sus ocho integrantes, entre otras faenas.


   En este momento en que califico a esa puta gente de abusiva, dejo la puerta de la conciencia ligeramente abierta para hacer un examen sobre mi propia actuación con Gilberto…

   ¿Lo exploté sexualmente? No. Cogí con él cuando no teníamos ninguna relación empleado/patrón (salvo la única vez que mencioné antes y no volvió a pasar).


   ¿Lo exploté laboralmente?... No. Creo que sus condiciones de trabajo eran favorables y tenía la posibilidad de estudiar o desarrollarse personalmente en su tiempo libre.

   ¿Abusé de su condición sociocultural? No. Esa no fue la primera ni la última ocasión en que tuvimos relaciones sexuales yo y alguien con quien terminaría trabajando después. Que sea una pésima idea enredarse con compañeros dentro del trabajo, es otra cosa. Lo traté de la misma forma en que trato a TODAS las personas, ¿o debí ser condescendiente porque Gilberto era “indito”?

   ¿Lo utilicé sexualmente? Sí, y agregaría… nos utilizamos sexualmente uno al otro de manera consensuada, tal y como lo he hecho con todos los hombres con los que cojo, sean estos blancos, negros, indios, mestizos o reptilianos, y a los que procuro retribuir con la misma cantidad del placer que me brindaron.

   ¿Soy un ente malvado que solo uso superficialmente a los hombres? Sé de otros entes sumamente interesados en conocer el “interior” de las personas......... para utilizarlas de manera perversa y unilateral. Se llaman televisión, redes sociales, apps, los políticos y religiosos, los empresarios, las farmacéuticas, etc. etc. etc. Al menos yo les digo mis intenciones abiertamente a la cara y en la cama.