1992 Arturo
En la víspera de año nuevo, la última semana de 1991, se vendió el departamento de mamá en Puebla. Entregué a cada uno de mis hermanos la parte de dinero que les correspondía y regresé a la casa de la colonia Alfonso XIII en la Ciudad de México. Se hizo un reparto de los espacios, donde los más beneficiados fuimos Fidel y yo, pues mis hermanos Miguel y Víctor decidieron seguir viviendo en Puebla.
La casi totalidad de mi herencia la destiné para arreglar el que sería mi hogar por los próximos 20 años. Repetí la fórmula decorativa que apliqué en Puebla; tonos del gris al negro y motivos florales monotemáticos en tapicería, muebles y ropa de cama. Y aunque fui muy cuidadoso en cada uno de los elementos que formarían parte del todo, la obra principal fue mi cama, el Sanctum Sanctorum del placer.
El colchón king size se ensamblaba sobre una estructura de madera tapizada y mullida. A más de cuatro metros de altura en el techo, había un dosel con una pantalla en el centro que desprendía una suave luz azulada, y de sus orillas caía como cascada, gasa mosquitero de color negro que rodeaba toda la cama. Durante la temporada invernal, el edredón de satín se sustituía por una colcha de piel de alpaca, esa donde parece que cada uno de sus millares de pelos te acaricia suavemente. En el buró derecho se ubicaba el estéreo del cual salían las sutiles y enigmáticas notas de la música de Vangelis o Kítaro, con las que iniciaría las incontables rutinas libres de mis ejercicios amorosos. El conjunto siempre resultó muy efectivo para crear en mis invitados, una excitante atmósfera de misterio y sensualidad… al menos la primera vez.
Terminar de arreglar mi casa llevó meses y los fines de semana me asomaba al Viena (mi cantina favorita); ahí reencontré a Gustavo, el viudo de Nacho Álvarez, que a su vez me presentó con Arturo, el viudo de Osiris, el singular chichifo de los 70 y 80 en el que Luis Zapata se inspiró para escribir El vampiro de la Colonia Roma.
Durante los siguientes fines de semana llegué al departamento de Arturo en la colonia Anzures, fuimos novios y salíamos a cantinas o reuniones junto con Gustavo y Jorge (al parecer, un erudito en el estudio de la lengua Náhuatl).
No sé cuánto tiempo duró ni cuál era el tipo de pareja que formó con Osiris, pero Arturo estuvo con él hasta el final de sus días y le daría sepultura. De hecho, un día lo acompañé al Panteón de Dolores para llevarle flores. Siempre le vi una expresión de tristeza en los ojos.
Terminar de arreglar mi casa llevó meses y los fines de semana me asomaba al Viena (mi cantina favorita); ahí reencontré a Gustavo, el viudo de Nacho Álvarez, que a su vez me presentó con Arturo, el viudo de Osiris, el singular chichifo de los 70 y 80 en el que Luis Zapata se inspiró para escribir El vampiro de la Colonia Roma.
Durante los siguientes fines de semana llegué al departamento de Arturo en la colonia Anzures, fuimos novios y salíamos a cantinas o reuniones junto con Gustavo y Jorge (al parecer, un erudito en el estudio de la lengua Náhuatl).
No sé cuánto tiempo duró ni cuál era el tipo de pareja que formó con Osiris, pero Arturo estuvo con él hasta el final de sus días y le daría sepultura. De hecho, un día lo acompañé al Panteón de Dolores para llevarle flores. Siempre le vi una expresión de tristeza en los ojos.
Cierta noche, pidió que me vistiera con un pantalón y camisa de Osiris, bebimos cerveza, platicamos en la sala y me pareció oportuno compartirle una anécdota.
Una de esas noches heladas de finales de 1976, cuando vivía en la calle, desterrado por mi madre a causa de mi homosexualidad, me topé con Osiris cerca del monumento al Ángel de la Independencia. Yo ya sabía de él, al igual que de muchos otros personajes icónicos de la Zona Rosa.
Una de esas noches heladas de finales de 1976, cuando vivía en la calle, desterrado por mi madre a causa de mi homosexualidad, me topé con Osiris cerca del monumento al Ángel de la Independencia. Yo ya sabía de él, al igual que de muchos otros personajes icónicos de la Zona Rosa.
Saludó cortésmente y respondí con un monosílabo mientras torcía la boca, sonrió y preguntó: —¿Cómo estás? —Mirándolo altanero protesté, —¿pues qué no ves? Cagándome de frío.
Volvió a sonreír y añadió si deseaba ir a dormir a su cuarto, a lo que respondí:
Volvió a sonreír y añadió si deseaba ir a dormir a su cuarto, a lo que respondí:
—Yo no le pago a ningún chichifo.
Por undécima vez afirmaré que siempre escuché decir a mi madre que el sexo era un gran obsequio de la vida, la más elevada forma de comunicación entre dos personas y algo que no tenía precio. La monetización de casi todos los aspectos de la vida humana ya era agobiante para que además, debiéramos vender o comprar ese bien.
Por undécima vez afirmaré que siempre escuché decir a mi madre que el sexo era un gran obsequio de la vida, la más elevada forma de comunicación entre dos personas y algo que no tenía precio. La monetización de casi todos los aspectos de la vida humana ya era agobiante para que además, debiéramos vender o comprar ese bien.
Los primeros años de mi vida gay, miré con menosprecio a los hombres que se prostituían… hasta que murió mamá y regresé a la capital de México, donde prosperaron mis ingresos y mi ego.
Para ese momento, el índice de efectividad al seducir y encamar a un hombre que me gustaba era casi ideal, porque ese “casi” incluía a los chichifos, y algunos de ellos parecían haber sido creados por la parte más lasciva y sórdida de mi imaginación.
Si lo único que se interponía entre mi verga y esos tipos era el dinero; si yo contaba con ese dinero; si eran ellos mismos los que habían puesto precio a su cuerpo; si las personas iban a las tiendas para comprar por mero gusto una chaqueta o bolso o pantalón de piel; si le rascaba tantito a la Historia y encontraba que la prostitución había sido llamada el oficio más antiguo de la humanidad….................. "Sigue, sigue, ya quedan muy poquitos escrúpulos que vencer", murmuraba embustera mi dupla cerebro/pito; si mandaba al carajo a esas locas migajonas que decían ser TAN bonitas que jamás pagarían por sexo; si entonces… "¡YA, mierda! Cómprate un chichifo y punto", fue lo último que me oí pensar sobre el tema.
Osiris nunca dejó de sonreír inmutable ante mi actitud grosera y recalcó que, si deseaba pasar la noche lejos del frío, podría hacerlo en su cuarto sin que yo tuviera que pagar de ninguna forma. Caminamos unas calles y llegamos; era una sola habitación, pero contaba con baño. Preparó y sirvió para ambos una bebida caliente. Charlamos, su tono de voz era grave y hablaba de forma pausada. Noté que tenía una vitrina con muchos vasos y, al seguir mi mirada se levantó, abrió el mueble y sacó uno para mostrarlo mientras contaba que, una vez al año realizaba con sus clientes una reunión para beber y convivir todos juntos. En un gesto de agradecimiento por la lealtad al contratar sus servicios, Osiris obsequiaba a cada uno de ellos un vaso con su nombre (el del cliente) grabado en el cristal.
Con 18 años de edad y unos meses en el mundo gay, fui incapaz de comprender el tamaño de persona que Osiris era. Y para quien espera impaciente saber si al menos confirmé el otro tamaño, el de su legendaria y descomunal verga, lamento decepcionarlos. Durante un momento acarició y besó mis nalgas, me tapó con una cobija y dormimos, él en su cama y yo sobre un sofá. A lo largo de los años nos encontraríamos en el Metro o en la calle y hablaríamos brevemente sobre trabajo, los clientes, la salud y la vida.
A mitad de año y gracias a mi excompañera de la SEP y mejor amiga María, entré a trabajar a la cadena de restaurantes Helen´s y dejé de visitar a Arturo.
Con respecto a los chichifos, mi afición por ellos duró muy poco, aprendí pronto que muchos combinan su oficio, con la adicción a las drogas y el robo. En las páginas donde se anuncian, aseguran tener pitos gigantes y saber cumplir cualquier fantasía. Suerte para ellos y sus clientes.
Con respecto a los chichifos, mi afición por ellos duró muy poco, aprendí pronto que muchos combinan su oficio, con la adicción a las drogas y el robo. En las páginas donde se anuncian, aseguran tener pitos gigantes y saber cumplir cualquier fantasía. Suerte para ellos y sus clientes.
Y si eventualmente llegara a necesitarlos otra vez, no sé si podré actuar como aquel amigo que, después de un “servicio” mediocre, les dice:
—Toma… no te estoy pagando para que te quedes, te estoy pagando para que te vayas.

