jueves, 5 de octubre de 2023

1991 Aristóteles


                                                                                                                      1991 Aristóteles


   Este joven marchaba junto a su madre en una de las constantes manifestaciones por parte de organizaciones campesinas que llegaban para exigir sus múltiples demandas de justicia frente al Palacio de Gobierno del Estado de Puebla ubicado en el Zócalo. De inmediato llamaron mi atención las grandes y redondas nalgas de Aristóteles, su cuerpo elegante y finos rasgos faciales. De alguna manera le di mi número de teléfono y pudimos estar juntos en dos ocasiones.


   La historia habría llegado hasta aquí si no fuera porque lo reencontré cinco años después en los baños Mina en la Ciudad de México, y a pesar de que lucía más fuerte y atractivo que antes, solamente platicamos. Mostraba mucha seguridad en sí mismo y habían desaparecido de él los leves amaneramientos que le conocí.
   La homofóbica madre del chico casi logra su objetivo de convertirlo en "todo un hombre", cuando decidió enviarlo a estudiar tres años en la Academia Estatal de las Fuerzas de Seguridad Pública de Puebla.

   Y Aristóteles se graduó como policía, no con honores igual que en las películas gringas, pero sí me aseguró que su nombre ya era una leyenda en dicha institución… el mérito; haberse tirado a la totalidad de los cadetes que le gustaron.



   ¡Qué maravilla! Mientras lo escuchaba, se agolparon en mi cabeza todos los recuerdos que tenía de ese lugar, ¿por qué? Porque antes de que ese edificio se convirtiera en escuela de policías, fue la Academia Militarizada Ignacio Zaragoza, una escuela/internado a donde fuimos enviados los tres hermanos cuando mamá y papá se separaron, y donde estuvimos tres años. Estaba integrada en un enorme edificio de corte colonial con patios centrales, aulas, un extenso comedor, regaderas colectivas y cinco dormitorios llamados cuadras, nosotros ocupamos la Cuadra 1, destinada a los niños que cursábamos la primaria, unos cuarenta tal vez.
Por ser el más pequeño con solo 6 años, mi hermano Miguel se convirtió en la “mascota” de la escuela, pero fue destronado al año siguiente por
"la hormiga", un chiquito tan enclenque que provocaba ternura y risa al verlo marchar con su uniforme militar. Las Cuadras 2 y 3 las ocupaban los chicos del nivel secundaria y la 4 era para los cadetes de bachillerato. Excepcionalmente se ocupaba el quinto dormitorio en años donde la matrícula de alumnos alcanzaba su máximo esplendor. Por el prestigio de ese colegio, llegaban jóvenes de todos los puntos cardinales del país, incluso desde Centroamérica.

   ¿La escuela? bien… ¿La comida? no estaba tan mal, aunque periódicamente los internos adolescentes desataban una guerra campal de “bolillazos” cuando este pan estaba descaradamente tieso. Todos los niños mirábamos resguardados (y muy divertidos) bajo las mesas, como los incomibles proyectiles cruzaban el cielo del comedor a todo lo largo y ancho, hasta que llegaban los oficiales para restablecer el orden y arrestar a los responsables, que eran encerrados en el calabozo uno o los días que fuera necesario para quebrar su rebeldía. Lejos de doblar a muchos de ellos, el frío y lúgubre calabozo de piedra al que apenas entraba un chorro de luz desde una ventanilla enrejada, se convertía en símbolo de hombría y reciedumbre para quien lo aguantaba.
   Algunas ocasiones varios niños pedíamos al oficial menos severo, que nos metiera unas horas ahí para acompañar a los convictos. En mi memoria aparece claramente uno de ellos, al que yo miraba como si fuera un dios. Con la ropa sucia y descalzo, Meléndez, un joven con hermosos ojos y pestañas rizadas, cantaba a capela una canción y lo escuchaba absorto mientras “algo”, un incipiente fuego ardía en mi interior cuando me sentaba a su lado. También recuerdo haber visto en las regaderas, a muchos de los cadetes que recién estaban estrenando cuerpo de hombre, con vello en el pubis o pecho.

   Y ni hablar de Don Luis (un hombre en sus treintas) el encargado de la tienda de víveres, que salía al patio a ejercitar brazos y pecho con unas pesas improvisadas, hechas con un tubo y botes rellenos de cemento seco, lo hacía sin camiseta y yo con la boca abierta le miraba el torso, con sus sobacos peludos y los pezones negros y saltones. A los nueve años de edad apenas imaginaría que hombres así, semejantes a Don Luis, me harían explotar de deseo una década después.

   Que afortunado fue Aristóteles al haberse servido a su antojo en esa escuela 25 años más adelante, de los hombres que quiso.

   A diferencia de ese pobre compañerito nuestro del internado, que era de tercer año de secundaria y lo descubrieron chupándole la verga a otro cadete. Todos se enteraron de la noticia; para el mamador no hubo mayor castigo que la expulsión de la escuela, el deshonor y la vergüenza de ser puto. Para el “mayate” también hubo exclusión, sin embargo, para salir por la puerta de la institución, debió atravesar una valla paralela formada en ambas lineas, por todos aquellos cadetes que desearan expresar su desprecio con escupitajos, bofetadas y maldiciones, mientras el infeliz corría presuroso hacia afuera.




   No quiero parecer uno de esos parlanchines compulsivos que se sueltan hablando al preguntarles sobre su experiencia en el servicio militar; pero puedo platicar de cuando todos los sábados a las cuatro de la mañana la totalidad del colegio salíamos a marchar por las calles, con banda de guerra y todo; de las escapadas a nadar en el caudaloso río Atoyac; de los maravillosos fines de semana en que llegaba mamá para visitarnos; del pobre oso sarnoso que languidecía en una triste jaula en el Paseo Bravo; de cómo dejábamos juntar la ropa sucia hasta formar una bolsa gigantesca que teníamos que cargar entre los tres para llevar a la lavandería; de cuando atravesábamos corriendo por encima de los depósitos de chapopote apenas endurecido, en la estación de trenes, sin sospechar siquiera que podríamos haber muerto hundidos en ellos; de la vez en que……………………………………….