1991 Miguel
Hace poco platicaba con un ciberligue español acerca de mi intención de hablar PARTE por PARTE del cuerpo masculino, y me advertía sobre el riesgo de que ese despiece corporal pudiera llevar a la cosificación y olvidar que la persona es una totalidad. Y le doy la absoluta razón… aunque mi amigo mismo sería la antítesis para su dicho. La razón por la que me acerqué a él fue porque cierta parte de su físico mide y pesa unos milímetros y gramos de más (no, no es el pene). Al cachondeo con ese asunto “superfluo” se fue agregando información sobre la historia, el quehacer o pensamiento de ambas partes, y un día sin proponérnoslo ya éramos entidades completas y complejas comunicándose.
Creo que hace tiempo, en contadas ocasiones intenté comenzar una relación privilegiando el interior de la persona y dejando que la respuesta sexual surgiera como reflejo secundario. El resultado fue un rotundo fracaso. Mi verga no entendía de humanismos y lo más que obtuve en el mejor de los casos fue una nueva “amiguita”.
No encuentro otra manera de acercarme eróticamente a otro hombre, con o sin potencial para escalar al plano emocional, si no es a través de lo que ven mis ojos en su superficie. Y es tanto lo que he podido ver en centenares de superficies que he debido separar las partes y a su vez estudiarlas con la misma pasión que lo hace un ornitólogo con las aves, o el astrólogo para saber el impacto que el movimiento de los astros tendrá sobre el destino de los hombres. ¿Por qué no ser un huevólogo? o vergólogo, o chichólogo, ¿fundillólogo?... no suena mal, cada elemento erógeno del cuerpo de un hombre tiene respuestas singulares, en la propia experiencia corporal y en la percepción de un tercero.
Por ejemplo, cuando oigo las expresiones:
"¡Lo hice por mis huevos!".
"A ese pobre diablo le faltan huevos para hacer tal o cual cosa".
"Todo lo que tengo es mi palabra y los huevos para cumplirla".
"¡No te rindas! Ponle más huevos…".
Es obvio que no se está hablando de ellos como una mera fábrica de semen y hormonas. Simbolizan valor, esfuerzo, arrojo, honor… y ya fetichizados a los ojos del colectivo homosexual (y a veces buga) su tamaño también puede sugerir abundancia de estas viriles virtudes.
Miguel, el poseedor de esas joyas me provocó un deseo tan grande, que decidí esperarlo en la calle hasta que salió del lugar, sonreír e invitarle una jarra de cerveza, y enterarme entonces de su nombre, de que sus amigos machines (muy observadores por cierto) lo apodaban “el avestruz”… ¿por qué sería?, de que era electricista, le faltaba un diente incisivo y tenía 28 años. Cuando salimos de la cantina di por hecho que la noche terminaba, pero me pasó el brazo por el cuello y con una irresistible sonrisa chimuela, preguntó:
"¡Lo hice por mis huevos!".
"A ese pobre diablo le faltan huevos para hacer tal o cual cosa".
"Todo lo que tengo es mi palabra y los huevos para cumplirla".
"¡No te rindas! Ponle más huevos…".
Es obvio que no se está hablando de ellos como una mera fábrica de semen y hormonas. Simbolizan valor, esfuerzo, arrojo, honor… y ya fetichizados a los ojos del colectivo homosexual (y a veces buga) su tamaño también puede sugerir abundancia de estas viriles virtudes.
Hay de huevos a huevos, y los sé reconocer. Por su textura pueden ir desde ásperos hasta aterciopelados, hay peludos y lampiños, asimétricos o tan parejos que parece que uno de ellos se reflejara en un espejo, de color rosado, pálido o de un negro carbón, lo cual supone obviedad, pero el color lo escogen ellos mismos independientemente del tono de piel de su dueño; los hay discretos y recogidos o colgados cual piñatas, a la gran mayoría de ellos les fascina ser acariciados, besados, lamidos o devorados, y es un enigma el por qué suben y bajan de la manera alterna en que lo hace un pistón, una vez que vacían su peregrina carga… y también los hay perfectos, igual que los de Miguel, ese chico de aspecto rudo que vi en las regaderas y más tarde en la sala de vapor de los baños Guadalupe en 1991, a una calle de la China Poblana. Hacía ejercicio acostado de espaldas sobre la plancha de masajes, se movía simulando el pedalear de una bicicleta y tal vez para darle un mayor grado de dificultad al movimiento, levantó las piernas junto con la cadera dando el efecto de que ahora pedaleaba de cabeza. En ese momento descubrí que la fuerza de gravedad (golosa) atrajo hacia ella las prodigiosas bolas de ese hombre.
No sé si únicamente en mí, causa gozo esa visión de afirmación del ser macho (como género biológico) cuando miro los huevitos de un gato, los de un perro, un caballo, un león, un chivo o un toro. No solo se trata de gónadas, son un poderoso código visual. ¿O será un simple ornamento estético el famoso Toro de bronce a la entrada de Wall Street?
No sé si únicamente en mí, causa gozo esa visión de afirmación del ser macho (como género biológico) cuando miro los huevitos de un gato, los de un perro, un caballo, un león, un chivo o un toro. No solo se trata de gónadas, son un poderoso código visual. ¿O será un simple ornamento estético el famoso Toro de bronce a la entrada de Wall Street?
Miguel, el poseedor de esas joyas me provocó un deseo tan grande, que decidí esperarlo en la calle hasta que salió del lugar, sonreír e invitarle una jarra de cerveza, y enterarme entonces de su nombre, de que sus amigos machines (muy observadores por cierto) lo apodaban “el avestruz”… ¿por qué sería?, de que era electricista, le faltaba un diente incisivo y tenía 28 años. Cuando salimos de la cantina di por hecho que la noche terminaba, pero me pasó el brazo por el cuello y con una irresistible sonrisa chimuela, preguntó:
—¿Y ahora a dónde vamos?
Siempre provocó en mí una potente mezcla de placer y fuerza, ver a un hombre en posición de cuatro patas esperando a que yo entre en él, aunque antes de hacerlo, me tomo el tiempo suficiente para contemplar y dejarme arrebatar por el hipnotizante bamboleo de sus pelotas.

