jueves, 5 de octubre de 2023

1991 Mariano


                                                                                                             
 1991 Mariano




   Con frecuencia se veía en el Zócalo de Puebla a grupos de artesanos de origen náhuatl tratando de vender su mercancía al público, principalmente textiles. A uno de ellos tuve el placer de conocerlo una tarde, era un joven perteneciente a la comunidad indígena de San Miguel Chilac y me sedujo la pasión que irradiaban sus ojos al hablar con lucidez sobre conciencia política y derechos humanos. Esa misma noche estuvimos juntos en mi cama y Mariano quedó invitado a ella las veces que lo deseara o necesitara cuando fuera a la ciudad.
   En alguna de las varias “tertulias” que teníamos, salió el tema de los hijos y me sorprendió escucharle decir que deseaba ser padre. Yo, con actitud pedante le recordé que él era homosexual… a lo que respondió, —sí, ¿y cuál es el problema? Deseo ser el padre del Hombre Nuevo.
   Altanero pregunté: —¿El de Marx?, ¿el de Marcuse?, ¿el de Nietzsche?, ¿el de los escritores soviéticos de la nueva ciencia ficción materialista?, ¿el de Huxley?, ¿el hombre masa de Ortega?, ¿el hombre invisible de Musil?, ¿el hombre vacío de Agamben?, ¿el hombre borrego de Skinner? o el hombre muerto de Malraux...
   —El Hombre Nuevo nada más —repitió Mariano para sellar la disertación.







   A mi Hombre nuevo… o viejo, a mi ser humano, lo había perdido hacía rato, así que aproveché una invitación por parte de un buen amigo que deseaba ayudarme a salir del pantano donde me encontraba hundido, para ir a escalar el Pico de Orizaba o Citlaltépetl.

   Llegamos mi amigo, su novio y yo a Texmalaquilla, una ranchería al pie de la montaña, cuando se ocultaba el sol.
Tomamos café caliente y pan en la casa de uno de sus pobladores, pidió nos anotáramos en la libreta de registro para escaladores y fuimos a dormir unas horas al auto.

   La marcha comenzó a las cinco de la mañana, la silueta del gigante se dibujaba frente a mí y nunca imaginé que entre mis ojos y la primera fase del ascenso había medio día de senderos, barrancos, pendientes escarpadas y mucha obstinación.
Cuando por fin arribamos al pequeño refugio para alpinistas, me pareció que era la bella casita de caramelo de un cuento de hadas y no pude controlar el llanto.



   Preparé el alimento de todos. Tal y como lo calculamos, se habían agotado los huevos cocidos y la mitad del chocolate y tequila, pero quedaba atún, verduras en lata, chicharrón “carnudo”, agua, pan y mantequilla de cacahuate. El resto de la tarde lo pasamos merodeando los alrededores.
Mirando hacia arriba; a la mitad de los mil metros de altura que faltaban para alcanzar la punta, iniciaba el glacial. A lo lejos, flotando sobre las nubes se podía ver el volcán Popocatépetl, y todo lo demás era un paisaje congelado e inhóspito que según leí, había sido usado para campo de entrenamiento de astronautas…… o viajantes como yo, extraviados en desiertos espirituales igualmente desolados.

   Me conmovió leer en las cruces del pequeño camposanto al lado del albergue, los nombres de personas que a lo largo del tiempo han muerto por congelamiento, fallo cardiaco o por el golpe de alguna piedra que, al rodar desde la cumbre, alcanzó el poder de una bala de cañón.
   Un bellísimo epitafio decía:

Para ti hijo, que lo último que miraste
fueron las estrellas, acercándose
para abrazarte eternamente.

   Dormimos vestidos dentro de los sacos de dormir y eventualmente me despertaba el golpe sobre los muros del pequeño búnker, de las rachas del viento que rugía furioso y gélido en el exterior.


   En cuanto salió el sol comenzó el ascenso, curiosamente el más joven del grupo ni siquiera lo intentó, mi amigo se fue retrasando y, sin querer ser macabro, me recomendó seguir avanzando por el camino de ¡cruces!
   Hubo un momento en el que daba cinco pasos y descansaba, pues estaba seguro que en cualquier instante el corazón se saldría de mi pecho. Finalmente pude llegar hasta donde nacía el casquete de nieve perpetua con la simple ayuda de un bastón para escalada. Quise continuar caminando sobre el hielo resbaloso y algo en el interior me dijo que la única cumbre que estaba cerca de alcanzar, quedaba irónicamente en el fondo de los seductores abismos de esa montaña. Eché un último vistazo al horizonte curvado, bajé la mirada y pensé que tal vez un poco de ese hielo podría adormecer mi conciencia y dejar que mis pies anduvieran un poco más.
Esos nuevos pasos los usé para descender hasta el refugio, ordenar nuestro equipaje y regresar a la Ciudad de Puebla.







   No sé si Mariano al final fue o no padre, pero al lado de su gente ejerció los oficios de luchador social, promotor cultural, militante y líder de una agrupación de creativas mujeres bordadoras, entre otros. De lo que estoy seguro es que al menos dentro de él, sí nació un Hombre Nuevo.