1990 Jaime
En algún momento, parte de la comunidad homosexual (y no tan homosexual) adoptó parte de ellos para hacerlos punto de encuentro y ligue. Estaban los baños Guadalupe, los del Paseo Bravo, los San Joaquín y los que se convertirían en mi centro de consuelo y “recogimiento” durante la difícil temporada que viví en esa ciudad. La Limpia se encontraba a solo tres calles de la casa de mamá.
Hasta entonces había visitado un par de este tipo de puteros en la Ciudad de México y los encontré sórdidos y sucios. Lo mío era el ritual de la seducción con miraditas y poses, especular con los atributos corporales del galán sobre el que me lanzaba, y dejarme sorprender. Pero más temprano que tarde los conocí, y esta nueva dinámica de encuentro entre hombres me atrapó para el resto de mi vida.
Deseo dedicar una narración exclusiva para los baños de vapor, y lo haré en su momento.
Por lo pronto diré que en La Limpia descubrí que existía un grupo de hombres que jamás conocería en los lugares gays; tipos de clóset, casados o bisexuales, la mayoría de aspecto muy varonil y hasta rudo, hombres que iban desde pueblos aledaños a conseguir los enseres necesarios para sus oficios de ganaderos o agricultores, que se daban una escapadita para refrescarse, y a los que nunca me molestó “confortar” y escuchar antes de que regresaran a sus vidas normales.
Uno de estos hombres se llamaba Jaime, más alto que yo y con rasgos finos, casi infantiles, que contrastaban con su cuerpo fuerte y espalda ancha. Pues cómo no iba a estar así, si trabajaba en una carnicería en Atlixco. Presumía que podía echarse al lomo un cuarto de res y luego destazarla limpiamente en una gran cantidad de cortes que me nombraba orgulloso. Lo fascinante es que sin hacer mucho dengue, tenía un trato educado y cortés. Estuvimos juntos varias ocasiones y una tarde lo noté particularmente emocionado. Había recibido los papeles donde se formalizaba a su nombre, la propiedad de la carnicería. Se los envió su padre a través de uno de sus hermanos mayores. Lo felicité, aunque percibí tristeza en su cara y le pregunté si no estaba contento por ese reconocimiento. Respondió que seguro su progenitor lo había hecho porque se sentía una mierda.
En ese entonces Jaime tenía 25 años y desde hace tres o cuatro, sus hermanos lo comenzaron a presionar para que se casara y tuviera hijos igual que cualquier hombre. A la presión se le fueron sumando insinuaciones, y finalmente fue acusado de puto, joto o volteado, hasta que unas semanas después el primogénito y el resto de la machista estirpe carnicera, le gritaron que a ellos les valía madres lo que hiciera con su culo, pero no soportaban que manchara con esa vergüenza el nombre de su padre. Jaime salió del local y les ordenó que lo acompañaran. Nadie imaginó que llevaba consigo un arma capaz de realizar el corte más brutal que jamás hubieran visto. En unos minutos llegaron ante quien era hasta ese momento un digno patriarca y sin ningún rodeo le gritó:
—¿¡Ya les dijiste a mis hermanos por qué soy maricón!!!? ¿Ya saben que me estuviste cogiendo desde que tenía 7 años hasta que te amenacé a los 14? ¡¡¡DÍSELO!!! —berreó Jaime con el rostro deformado por el dolor y la ira hacia su padre. El hombre agachó la cabeza y sus hijos se desgañitaban preguntándole si era verdad lo que escuchaban. El tipo nunca levantó la cara (ni entonces, ni durante el resto de su vida) para mirar de frente a Jaime o a sus hermanos... y ellos no volverían a ofenderlo.
Supe, cuando lo reencontré varios años después al visitar Puebla y, por supuesto, La Limpia, que el negocio marchaba de maravilla, su padre había muerto, llevaba casi dos años de relación con un chico y se veía feliz.

