jueves, 5 de octubre de 2023

1990 Gonzalo


                                                          1990 Gonzalo


                                                                                                                               "...Y el hombre (blanco) creó a Dios a su imagen y semejanza..."
                                                                                                                                                                   Reza Aslan, escritor iraní/estadounidense.
                                                                                                                                                                   -el agregado dentro del paréntesis es mío- 


   —¡Vaya!... hasta que te conozco a alguien con zapatos, —dijo un amigo en tono de broma cuando vio que me ligaba a Gonzalo en los baños La Limpia y salíamos de ahí para ir a mi casa. Sabía sobre el tipo de hombres que me gustaban y ese día lo sorprendí.

   Mi amigo, junto con la mayoría de los poblanos y los habitantes de las vecinas entidades de Oaxaca, Tlaxcala y otras del sur del país, representan un rico mosaico de etnias originarias, y aunque la capital de Puebla se encuentra a solo 140 kilómetros de la Ciudad de México, el proceso de mestizaje a lo largo de los siglos se inclinó en esta región por los genes autóctonos.


   Pero Gonzalo tenía rasgos europeos a pesar de ser un ranchero, específicamente herencia italiana porque era chipileño. Sus antepasados llegaron desde Véneto, Italia, hace más de un siglo, 400 familias fundaron Chipilo, se dedicaron a la producción de lácteos y sus derivados, y conservaron sus tradiciones e idioma, que irónicamente se mezcló con la lengua náhuatl mucho antes de que ellos lo hicieran biológicamente, dando lugar a un original y particularísimo lenguaje. Finalmente, y ante el peligro que representaba para la colonia la endogamia, permitieron la entrada, gota a gota de nueva sangre.







   ¿Le habría gustado a mamá verme llegar con ese “güerito” de 26 años?
   Desde que vivíamos en la Ciudad de México, decía en tono francamente sarcástico que su casa parecía el INI (Instituto Nacional Indigenista), en alusión a la persistente entrada a mi cuarto, de hombres de piel oscura.

   A lo largo de esta antología he hecho mención constante (e intencional) del tono de piel y atributos faciales de los hombres con los que he mantenido relaciones emocionales o sexuales, ello con el fin de poder hacer la siguiente pregunta:

   ¿Por qué no debería yo amar a la “Raza de bronce"?

   Trataré de responder esta duda luego de analizar varios puntos:

   ° Parece que ser o verse como un indio representa a aquel que fue vencido, sojuzgado y aculturado por otra persona, en el caso del México precolombino, con la piel “blanca”. Los vencidos eran morenos, los victoriosos de tez clara. Seguro que mi comentario suena totalmente superfluo y carente de análisis histórico y bla, bla, bla… todo ese rollo que ha llenado miles de libros, documentales y discursos, que les ha dado títulos académicos, reconocimiento o buenos puestos en la función pública a quienes HABLAN sobre la cuestión indígena. No obstante, la realidad es que 500 años después del despojo de su orgullo y energía vital, no hay nada que haga ver que ser indio conlleve algún indicio, si no de dignidad al menos de igualdad. Al Estado, sin importar su filiación ideológica, no le interesa cambiar esa visión(1).
Con frecuencia he oído que el discurso oficial exalta la grandeza de los indios del pasado, pero desprecia a los del presente.

   ° Actualmente los medios masivos de comunicación (Televisa, TV Azteca, Imagen, y otros, todos pertenecientes al sector privado), incluidas las redes sociales, tienen la capacidad tecnológica y financiera para modificar esa percepción en toda la sociedad, pero no les interesa cambiar las cosas. Basta con ver cualquier programa televisivo, ya sean telenovelas, de cine, noticioso o de espectáculos, donde solo aparecen personas de piel clara, “bonitas”. Los morenos cuando obtienen un papel para actuar, es para presentarse como delincuentes o perdedores.
Para cien millones de mexicanos no hay ningún incentivo para sentirse orgullosos de su origen.









   ° Mi madre tenía una interesante teoría psicológica sobre el origen de mi afición por este tipo de hombres:
Los escojo así para sentirme superior.
Hasta donde comprendo, los blancos muestran su superioridad de la misma manera en que lo hicieron los europeos con los nativos de América, con esclavitud, humillación, exterminio o violación. Pero si estoy siendo extremista, se podría considerar la posición de José Joaquín Blanco en su breve ensayo Los apetecibles cuerpos de la miseria, donde plantea que la sobreerotización del cuerpo voluptuoso y firme (aunque efímero) de la mesera campesina y buenota, del lanchero o el obrero viril y magro, es otra manera más de ejercer el dominio sobre el jodido.
"Se vale hacerle a, o dejarse hacer por un jodido; pero NUNCA hacer con él", reflexiona el autor.
Este argumento se acerca, pero puedo decir en mi defensa que, si bien he hecho y me han deshecho, también HEMOS construido yo y esos a los que implícitamente mamá estaba señalando, quiero pensar que inconscientemente, como inferiores.
Creer que únicamente una relación entre personas de la misma clase social o étnica; blanquitos con blanquitos, licenciados con licenciados e inditos con inditos, es sinónimo de equidad o empatía, le costó a ella y a millares de personas muchas lágrimas y desilusión.



   ° Por último me gustaría explorar en mi cabeza para ver si encuentro algún detonante o semilla que inclinara mi deseo erótico y afectivo por los morenos.
¿Casi nada? ¡Ajá!, solo habría que echar un ojo a mi padre y a su hermano (mi tío). Tremenda estampa de hombres debió haber visto este pequeño mariconcito de 5 o 6 años. Luego, durante mi infancia y adolescencia, mamá sentó a sus trabajadoras domésticas (aun cuando en ese entonces se les llamaba criadas o sirvientas) en la misma mesa donde comíamos. Sin siquiera haberlo expresado, quizás lo supuse un signo de igualdad.
Esas trabajadoras invitaban durante las vacaciones a mi mamá para conocer sus pueblos y ranchos, y el olor a humo de leña, las narraciones durante las noches estrelladas o la visión de aquellos jóvenes bañándose en el río, de sus genitales y nalgas cubiertas por la desgastada tela de sus calzoncillos, el agua en su piel, su sonrisa, sus pies, su frescura… se impregnaría para siempre en mi olfato, en mis ojos y seguro que en mi verga.


   Que siempre sean pobres no es una coincidencia, ya que a la casi totalidad de hombres (y mujeres) con esas características, la dinámica colectiva los condenó a un estrecho campo de movilidad social.



   En el tiempo que he vivido no he encontrado una diferencia significativa en la calidad espiritual, ética, intelectual o emocional, en la amplia gama cromática entre el blanco y el oscuro. Hay tanta bondad o tanta maldad en todos los espectros. Si acaso, encontré que la característica más notoria entre quienes se tornan tiranos, crueles, mezquinos o ladrones, tiene que ver con el acceso al poder más que con el tono de piel.




   Conclusión… fui tan igualitario e imparcial con el güerito Gonzalo, como con cualquiera otro.
   Di lo mejor de mí, dentro de lo mejor de él.
   Fui cortés y lo encaminé hasta la puerta de mi casa antes de decirle: adiós.



¿Qué? ¿Esa no era la conclusión que debía dar? ¡Ay! perdón.







































   (1) Una nueva corriente de estudiosos ha surgido y cobrado fuerza durante la segunda década del siglo XXI en México, proponiendo una reinterpretación de los hechos y sus fuentes, y por lo tanto en la narrativa histórica, que por inercia educativa (o intereses ideológicos) hemos recibido, cambiando nuestro relato de nación doliente y resentida por la visión unificante del panhispanismo. Visión que por cierto me ha reconciliado con mis raíces.