jueves, 5 de octubre de 2023

1986 Ramón


                                                                                                                     1986 Ramón

   Ha terminado el programa de actividades que el equipo de capacitadores del Departamento de Fomento a la Lectura hemos dado a los integrantes de las bibliotecas infantiles de todo el país, que este año tuvo como sede, la ciudad colonial de Morelia.  
   También tengo a cargo la logística para asignar las habitaciones a los participantes, que en realidad son con excepción de un solo hombre, todas chicas. Entre los instructores vamos tres varones, así que dispondré de dos habitaciones dobles.
En cuanto veo a Ramón, el bibliotecario enviado por el tropical y costeño Estado de Tabasco presentarse durante las dinámicas de integración grupal, sé con certeza cómo quedarán organizadas las habitaciones.

   Todo el grupo ha cenado y ahora debe ir a descansar, pues mañana será un día muy atareado.

 Mientras llega el sueño, miro televisión acostado en una de las camas, sin más ropa que los calzoncillos. Ocasionalmente giro la cara hacia la cama de Ramón para hacer cualquier comentario y sonreírle. Escaneo rápidamente su cuerpo menudo y tostado, discretamente me acomodo la verga con la mano y puedo notar que sigue furtivamente mi acción. Perfecto… Ahora continúo “viendo” la tele, al tiempo que mi cerebro envía la orden de inyectar un poco de sangre al pito, espero un poco y vuelvo a platicar con Ramoncito que dirige su vista a mi paquete ya sin disimulo.
—¿Todo bien amigo? —le pregunto con tono bonachón y regreso a la pantalla, solo que para entonces, la idea de que me desea, ha hecho que mi pájaro se pavonee, esponjado y vanidoso bajo la tela. Puedo sentir que sus ojos se han incrustado en el bulto, volteo, lo miro fijamente y, literalmente le comienza a temblar el cuerpo y la quijada, sus ojitos negros parecen suplicar piedad, le digo que si tiene frío se puede pasar a mi cama. Lo hace tímidamente; me excita de manera casi sádica su sumisión y vulnerabilidad. Tenemos sexo los tres días del seminario.
   Por alguna “extraña” razón, su rendimiento durante la capacitación es óptimo.


 
   Trabajar para varias instituciones y empresas me reportó una gran satisfacción en el terreno de lo creativo. En algún momento de esta antología expresé que, debido a que salí de casa a los 18 años, tuve que dejar el bachillerato. No tuve más estudios formales que aquellos; sin embargo, a lo largo de mi vida tendré, por un lado, la fortuna de ingresar a trabajos bien pagados, gracias a amistades, familia o amantes; y por otro, usaría una regla básica... poner toda mi conciencia y empatía en lo que hiciera.

   ¿Cómo me hubiera gustado ser tratado por los bibliotecarios?
   ¿Por los servidores públicos?
   ¿Por mis superiores?
   ¿Por los profesores en la escuela al dar una clase?
   ¿Por mi médico, abogado o asesor financiero?

   Siempre encontré la manera de consultar información sobre los temas que tenían que ver con las tareas encomendadas, con curiosidad personal o con lo dicho por terceros. Hace años en libros, y en internet posteriormente.   
   El resultado es que, debido a un buen desempeño en todos los lugares donde trabajé, nadie cuestionó mi trayectoria académica para ocupar tal o cual puesto. En 1986 recibí de manos del Secretario de Educación Pública, Miguel González Avelar, el reconocimiento al Servidor Público del Año SEP/ Bibliotecas.
   Estando en la Ciudad de Puebla, un amigo del entonces Rector de la Universidad Autónoma de Puebla me animó para aceptar el nombramiento de Subdirector de Servicios al Público del Sistema Bibliotecario en esa casa de estudios. Yo estaba aterrado y le confesé que no tenía el perfil académico requerido, a lo que respondió...
   —No te preocupes, en este lugar, el que hace bien las cosas es porque las medio hace. 


   Tenía mucha razón, la mafia sindical tenía el monopolio de la asignación de plazas laborales para su familia, compadres y amigos; la cúpula al mando, a su vez podía hacer lo mismo con los nombramientos de sus directivos. A unos y otros les importaba un carajo el alumnado.
   Durante mi gestión realicé una encuesta a nivel institucional para conocer el grado de satisfacción por parte de los usuarios, presenté un borrador de reglamento para el sistema bibliotecario (que sorprendentemente no se había elaborado en décadas). Unos meses adelante hubo cambio de rector y, sorpresivamente fui ratificado en el puesto a pesar de que la administración entrante era opositora. Cargo que no pude desempeñar pues ambas facciones, enfrascadas en una lucha por el control del botín presupuestal de la universidad, hicieron estallar una huelga que se prolongaría por ¡85 días! Claro... con goce de sueldo para todas las partes, ¡faltaba más!
   El asunto me cansó y entregué mi renuncia.

   Durante más de dos décadas fui llamado “Profesor” o “Licenciado” en mis centros de trabajo y fue hasta que cumplí 46 años que presenté el bachillerato en un solo examen, el cual pasé con calificación sobresaliente. Lo mismo sucedió cuando ingresé a dos distintas licenciaturas en la Universidad Autónoma de México. Aprobé sin dificultad los exámenes de admisión... y abandoné ambas escuelas a la mitad del camino por falta de interés. ¿Por qué? no ubico con precisión la razón en el caso de la primera, la Escuela de Derecho.
No obstante sé, que cuatro años después, al descubrirme copiando y pegando desde internet, textos sobre el tema del cual YO debía desarrollar un ensayo o tarea solicitada por los profesores en la Facultad de Historia, supe que La Academia, sin vocación ni pasión, no era lo mío.




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