jueves, 5 de octubre de 2023

1986 Federico


                                                 1986 Federico

   Alguna vez leí que la habilidad de Mata Hari, la legendaria espía alemana de origen holandés, no eran tanto sus meneos exóticos, como su pericia para extraer los secretos de sus amantes una vez que éstos quedaban vulnerables, después de que la cortesana los llevaba de visita al paraíso del placer.
   Yo no soy Mata Hari, pero me consta que las confesiones más increíbles que he escuchado, surgieron de la boca de algunos de mis amantes durante la sobrecama, ya liberados de la presión ejercida sobre nuestros huevos.

   Conocí a Federico en el Metro y me atrapó su porte, delgadez y aspecto de ave rapaz. Lo “nuestro” duraría unos tres meses; era un hombre lleno de energía vital y dominante, el sexo era estupendo al grado de que me obsesioné de su piel. Cuando mi cabeza hizo sonar la alarma para advertir de la inminente colisión emocional a la que me dirigía, detoné esa cápsula de escape llamada Ritual de Luna y Sangre (*)
   ¡Fiu! justo a tiempo…

   Su nombre, ya desactivado de la carga explosiva, quedará registrado dentro del grupo (ai): amor imposible.
   Sin embargo, eso no ha sido impedimento para que cada vez que nombro a Federico, me venga a la memoria el ejemplo más plausible de resiliencia y espíritu que he tenido la fortuna de conocer.
   Algunos de los hechos que narraré hoy no me constan, lo que sí puedo jurar es que cada una de las siguientes palabras salieron de su boca una tarde, después de haber hecho el amor conmigo.

   Federico no conoció a su padre biológico, pues su concepción fue violenta. Años más tarde su madre encontró a otro hombre que la “aceptaba” con todo y el niño. La familia creció con la llegada de dos niñas, no obstante, la diferencia en el trato que el papá tenía entre él y sus hermanas era abismal. Toda su infancia y adolescencia la vivió convencido de que cualquier mínimo error bastaba para ser regañado o castigado. Aunque en una ocasión, la humillación llegaría a un nivel extremo. No había limpiado correctamente el chiquero de los cerdos que criaban, y su papá le restregó la cara contra la mierda en el piso, mientras lo calificaba de pendejo e inútil.    

   A cualquier guionista de temas dramáticos o psicológicos le habría alcanzado esta historia para justificar el comportamiento delincuencial o perdedor de su personaje, aun así, aquí en el mundo real, la adversidad no pudo quebrar el espíritu de Federico.
   Él apenas pudo terminar la secundaria, donde aprendió los rudimentos de la electricidad y sus cables. Estos conocimientos básicos le permitieron integrarse años más adelante a un grupo de teatro como técnico. Asimiló con rapidez el arte de la iluminación y se hizo indispensable para la compañía, misma que rápidamente ganó prestigio por su vanguardista técnica de teatro sin palabras.
   El siguiente lustro, Federico viajó con la compañía a lo largo y ancho de todo el país, a Israel y a muchas naciones de Europa.
   Su ciclo en la compañía teatral terminó, y el destino volvió a fijarse en él para integrarlo a un equipo de emprendedores que abrirían un restaurante de comida mexicana en un país del Mar Egeo. Esta ocasión se desempeñaría con la misma asertividad al ser cocinero. Le bastaron solamente dos años para regresar a México y darle vida a su propio concepto gastronómico; vivo, lleno de sabor y éxito duradero. 
Viniendo de Federico, no hubiera podido ser de otra manera.
   Incluso me contaría mientras bebíamos cerveza en una cantina de la Zona Rosa donde lo encontré algún sábado, que su padre terminó presentándolo con el pecho hinchado de orgullo recalcando que era SU HIJO, cada que tenía la oportunidad de hacerlo.

   Al escuchar a tantos hombres y mujeres excusarse por el conformismo y la mediocridad de sus viditas, con argumentos igual de quebradizos que su espíritu, no puedo evitar recordar a Federico y lo que me confesó aquella tarde.

   Al fin y al cabo, no es la primera vez que mi cama se convierte en diván de desahogos… (aparte de los evidentemente sexuales pues). Aunque también existe una pequeña posibilidad de que en lugar de tener el toque hipnótico de Mata Hari, mis cogidas sean tan malas que provoquen efectos colaterales indeseables.