-¡¡BENDITO SEAS!!...............
-¡QUE DIOS TE BENDIGA MIL VECES!...............
No gritaba esto porque estuviera en un templo o una fiesta religiosa, no. Se lo decía a Luis mientras eyaculaba dentro de él cuando hacíamos el amor. Aunque no era la primera vez que yo decía algo así, sí eran las oraciones que habían alcanzado el más alto nivel en la escala celestial.
Todo inició a mis quince años con las primeras masturbaciones. Ritualmente, durante tres años, los viernes (día de Venus) por las noches, cuando todos en casa dormían, tomaba un baño y al terminar comenzaba a acariciar suavemente mi pene, sintiendo con los ojos cerrados, segundo a segundo, las sensaciones que me regalaba. Conforme el nivel de placer ascendía, aumentaba la fuerza y velocidad de mi mano hasta que sobrevenía el orgasmo. Simplemente de mi boca salían (y saldrán el resto de mi vida) las expresiones "¡Santo Dios!", "¡Virgen Santísima!", "¡Dios, Dios, Dios!", "¡Santa Madre de Dios!" mientras me venía. Esa oleada de energía que comenzaba a recorrer la totalidad de mi cuerpo, primero de forma muy sutil y luego en ondas expansivas que convulsionaban toda mi carne, no podía ser otra cosa que minúsculos pedazos de paraíso. Con razón a mi Señor Krishna le gustaba tanto coger.
En algún momento he comentado que desde la niñez fui asignado al dios hindú Krishna para su tutela. Después, durante mi adolescencia quise saber más de Él a través de un soporífero e incomprensible (para mi) Bhagavad-gītā, que un Hare Krishna me “donó” a cambio del único dinero que traía en la bolsa. Justo cuando pensaba que jamás conocería la vida y obra de mi Maestro, mamá puso sobre la mesa de lecturas un libro de bolsillo con su divino nombre en la portada. Era una breve biografía donde narraba entre otras cosas, sus hazañas y enseñanzas como guerrero al lado de su primo Aryuna. Sin embargo, lo que llenaría de luz y daría un atisbo (casi premonitorio) a mi futuro, era la parte esa donde hablaba de sus jugueteos sexuales en los pastizales del Vrindavan hindú, con las gopīs o vaqueritas, que incluso estaban clasificadas en cinco tipos:
sakhis: amigas ordinarias
nitia-sakhis: amigas eternas
prana-sakhis: amigas íntimas
priya-sakhis: amigas queridas
parama-prestha-sakhis: amigas más amadas
Decía el mini libro que en su época de pastorcillo, "Krishna tuvo ¡10,000 amantes! y a todas satisfizo."
¡Ahora estaba todo claro! en lugar de escuchar a marchitas ancianas catequistas para subir al cielo, coger le sería equiparable.
Entre más avasallantes fueran los orgasmos, más cerca se podría estar de Dios. Al menos en mi redefinida fe.
Ahora que mirándolo desde un punto de vista más “científico”, me atrevería a especular que esa poderosa energía surgida con cada clímax sexual, podría ser el mítico Orgón del que Wilhelm Reich hablaba... "esa energía básica de la vida y que animaba al universo entero"... y del cual defendió su existencia hasta sus últimos días en prisión.
Una tarde de enero, bajaba del vagón del Metro para esperar en el andén a un amigo. En el trabajo nos habían dado boletos de cortesía para el teatro y valía mucho la pena ir, pues se presentaba la divertidísima obra Rosa de dos aromas de Emilio Carvallido. La persona a la que invité no llegó y me disponía a continuar el camino cuando llamó mi atención Luis, lo abordé e invité, y por suerte aceptó. Platicamos brevemente sobre cada uno en el trayecto hacia el teatro y luego en el intermedio de la obra. Durante la función ambos reíamos sin descanso. Me agradó mucho ver que disfrutaba de los ingeniosos juegos de palabras, enredos
y dobles sentidos que los actores usaban en la trama. No solo tenía un rostro hermoso, era inteligente y gracioso.
Además, en algunas ocasiones cuando reía, tomaba mi brazo y lo apretaba, traduciéndolo yo en un: "me gustas y puedes llevarme a tu cama". La culminación de esa noche no fue cuando tuvimos sexo, sino al contemplar su pecho y las facciones del rostro mientras dormía. No “creía” estar enamorado de él… deseaba con toda mi alma conquistar su amor.
Vivía en un municipio colindante con el norte de la Ciudad de México. Su barrio tenía 5 tiendas de abarrotes, 2 farmacias, un Jardín de niños, una Escuela Primaria y una Secundaria Técnica. También contaba con 2 tortillerías y por supuesto con la casa de Materiales para Construcción CARMONA, de la que era dueño su papá. Yo escuchaba fascinado el recuento detallado de los elementos que formaban su universo y que él ponía a disposición de mi conocimiento. Sí, definitivamente era un hombre perspicaz y sensible. Poco a poco lo fui integrando a mi mundo, amigos y familia; y yo a su vida.
Conocí a sus hermanos, algo homofóbicos, aunque los disculpé dado el violento y precario medio donde se había desenvuelto su vida. Por fortuna me gané su respeto después de que en una ocasión “salvé” a su padre. Don José Carmona se estaba desangrando a causa de una hemorragia nasal que no había logrado detener durante horas. El hombre se ponía unas borracheras épicas durante días y ya había sangrado antes, pero esa vez fue peor. Luis me llamó muy angustiado para preguntar que hacía porque su papá se negaba a ir con un médico. Yo había leído que la vitamina K era fundamental para la coagulación de la sangre, pasé a una farmacia para comprar una ampolleta de esta sustancia y rápidamente fui a la casa de Luis. Al llegar me dirigí con mucho respeto al señor que, con la camisa y algunos paliacates empapados de sangre, accedió a ser inyectado. Sé que el episodio pudo haber terminado en tragedia, mas no fue así y la hemorragia paró. Inventé un cuento acerca de que después de esa medicina NO habría nada para curarlo y su efecto se anularía con el alcohol. Mientras su esposa lo aseaba, el papá me contaba apesadumbrado que se “empedaba” porque le daba mucho coraje ver como sus hijos mayores habían arruinado las tiendas que él mismo les montó para que iniciaran su propio negocio. La noticia llegó a oídos de sus hermanos (no la de que eran un fiasco, sino la de que yo “curé” a su papá) y durante un buen tiempo dejaron de molestar a su hermano Luis… el “puñalón”.
Por mi parte, invité a Luis en varias ocasiones a mis viajes de trabajo, formó parte de un grupo que María (mi Ángel de la Guarda en este mundo, no me cansaré de repetirlo) creó para que aprendiéramos el idioma inglés. Él, a su vez, inició una clase donde nos enseñaría a bailar cumbia, pues la bailaba de una manera riquísima y magistral.
En el aspecto intelectual compaginamos de manera fluida, no así en el terreno sexual. Desde las primeras veces que estuvimos juntos pude notar que solo se entregaba para complacerme, mas no se venía. Sutilmente lo fui enseñando a sentir, a disfrutar de su cuerpo y de los estímulos que recibía.
Vivía en un municipio colindante con el norte de la Ciudad de México. Su barrio tenía 5 tiendas de abarrotes, 2 farmacias, un Jardín de niños, una Escuela Primaria y una Secundaria Técnica. También contaba con 2 tortillerías y por supuesto con la casa de Materiales para Construcción CARMONA, de la que era dueño su papá. Yo escuchaba fascinado el recuento detallado de los elementos que formaban su universo y que él ponía a disposición de mi conocimiento. Sí, definitivamente era un hombre perspicaz y sensible. Poco a poco lo fui integrando a mi mundo, amigos y familia; y yo a su vida.
Conocí a sus hermanos, algo homofóbicos, aunque los disculpé dado el violento y precario medio donde se había desenvuelto su vida. Por fortuna me gané su respeto después de que en una ocasión “salvé” a su padre. Don José Carmona se estaba desangrando a causa de una hemorragia nasal que no había logrado detener durante horas. El hombre se ponía unas borracheras épicas durante días y ya había sangrado antes, pero esa vez fue peor. Luis me llamó muy angustiado para preguntar que hacía porque su papá se negaba a ir con un médico. Yo había leído que la vitamina K era fundamental para la coagulación de la sangre, pasé a una farmacia para comprar una ampolleta de esta sustancia y rápidamente fui a la casa de Luis. Al llegar me dirigí con mucho respeto al señor que, con la camisa y algunos paliacates empapados de sangre, accedió a ser inyectado. Sé que el episodio pudo haber terminado en tragedia, mas no fue así y la hemorragia paró. Inventé un cuento acerca de que después de esa medicina NO habría nada para curarlo y su efecto se anularía con el alcohol. Mientras su esposa lo aseaba, el papá me contaba apesadumbrado que se “empedaba” porque le daba mucho coraje ver como sus hijos mayores habían arruinado las tiendas que él mismo les montó para que iniciaran su propio negocio. La noticia llegó a oídos de sus hermanos (no la de que eran un fiasco, sino la de que yo “curé” a su papá) y durante un buen tiempo dejaron de molestar a su hermano Luis… el “puñalón”.
Por mi parte, invité a Luis en varias ocasiones a mis viajes de trabajo, formó parte de un grupo que María (mi Ángel de la Guarda en este mundo, no me cansaré de repetirlo) creó para que aprendiéramos el idioma inglés. Él, a su vez, inició una clase donde nos enseñaría a bailar cumbia, pues la bailaba de una manera riquísima y magistral.
En el aspecto intelectual compaginamos de manera fluida, no así en el terreno sexual. Desde las primeras veces que estuvimos juntos pude notar que solo se entregaba para complacerme, mas no se venía. Sutilmente lo fui enseñando a sentir, a disfrutar de su cuerpo y de los estímulos que recibía.
Mis dedos, boca, ojos y verga por su cuenta, se hicieron fervientes devotos de su piel, hasta el grado de bendecirle mientras me llevaba a la gloria.
Se oye todo tan lindo que parece que hablo de otra persona y no de mí.
No he dicho que “olvidé” informarle hasta que me aseguré unos meses después, cuando ya estaba enamorado de mí, que… yo no era fiel.
No sé con certeza qué tanto lo afectó porque se lo guardó. Para compensarlo pude conseguirle gracias a un conocido, el puesto de administrador en un pequeño hotel en el centro de la ciudad. En poco tiempo la dueña le asignó una habitación propia para que viviera ahí. Muchos crepúsculos estuve en ese cuarto con él, alimentando mi pasión con bocados de su aliento, de su calor. Pasión que a veces se contaminaba con celos quemantes a media noche, que me hacían bajar furtivamente por las escaleras hasta la planta baja donde estaba el área de recepción de huéspedes, para ver si lo “descubría” con otro. Pasión que me llevaba a espiarlo desde la calle, escondido tras algún poste o automóvil mientras mi sangre entraba en ebullición dentro de las venas.
No obstante, siempre dispuse de un excedente energético para atender a otros galanes.
Por ese entonces, en respuesta al trabajo en SEXPOL, estaba tratando de integrar a mi vida, un nuevo ingrediente de comunicación, la VERDAD (con mayúsculas). No hablo de la verdad diplomática, la verdad piadosa o la verdad políticamente correcta; era así tal cual suena, simplemente la verdad.
Se oye todo tan lindo que parece que hablo de otra persona y no de mí.
No he dicho que “olvidé” informarle hasta que me aseguré unos meses después, cuando ya estaba enamorado de mí, que… yo no era fiel.
No sé con certeza qué tanto lo afectó porque se lo guardó. Para compensarlo pude conseguirle gracias a un conocido, el puesto de administrador en un pequeño hotel en el centro de la ciudad. En poco tiempo la dueña le asignó una habitación propia para que viviera ahí. Muchos crepúsculos estuve en ese cuarto con él, alimentando mi pasión con bocados de su aliento, de su calor. Pasión que a veces se contaminaba con celos quemantes a media noche, que me hacían bajar furtivamente por las escaleras hasta la planta baja donde estaba el área de recepción de huéspedes, para ver si lo “descubría” con otro. Pasión que me llevaba a espiarlo desde la calle, escondido tras algún poste o automóvil mientras mi sangre entraba en ebullición dentro de las venas.
No obstante, siempre dispuse de un excedente energético para atender a otros galanes.
Por ese entonces, en respuesta al trabajo en SEXPOL, estaba tratando de integrar a mi vida, un nuevo ingrediente de comunicación, la VERDAD (con mayúsculas). No hablo de la verdad diplomática, la verdad piadosa o la verdad políticamente correcta; era así tal cual suena, simplemente la verdad.
El experimento resultó fatal. A cada pregunta expresa, contestaba lo que pensaba. Algunas personas se sentían ofendidas, a María le destrocé el corazón cuando le di mi opinión sobre un chico que le gustaba, y a Luis le respondí sin ningún miramiento cuando una noche que lo fui a ver, me preguntó qué había hecho el día anterior: —"cogí con un cabrón".
Pidió que me retirara y tres días después, mientras salíamos a caminar, escupió que yo era basura, y lo único que agradecía era la buena educación sexual que le di. Dio la vuelta y se alejó de mí.
Algunos meses más tarde pudimos hablar al respecto. Incluso fuimos a su cuarto en el hotel, hicimos el amor y cuando yo eyaculaba, no salieron expresiones beatíficas de mi boca, sino un devastador dolor desde el fondo de mi alma. El sexo sin amor con Luis, era el clavado a un profundo mar de lágrimas.
Todavía formaría parte de mi vida (como amigos) cinco años más, asistió a mi fiesta del cumpleaños treinta en el 88 y le perdí la pista cuando cambié de residencia a Puebla.
Pidió que me retirara y tres días después, mientras salíamos a caminar, escupió que yo era basura, y lo único que agradecía era la buena educación sexual que le di. Dio la vuelta y se alejó de mí.
Todavía formaría parte de mi vida (como amigos) cinco años más, asistió a mi fiesta del cumpleaños treinta en el 88 y le perdí la pista cuando cambié de residencia a Puebla.
En una visita a la Ciudad de México pasé a la cantina Paris para beber cerveza, encontré a León Faure (un amigo en común), le pregunté sobre Luis y me comunicó que había muerto unos meses atrás.
Era el año de 1990.
LUIS, fuiste uno de los más grandes Amores de mi Vida. Agradezco los diez y seis meses de dicha y placer que compartimos juntos.
Representas la PASIÓN y la certeza de saber que al menos en mi teología, "Dios se hizo carne".
Sin imaginar que sería un triste presagio, el 1° de noviembre, día de muertos de 1986, escribí y obsequié a Luis una calaverita que disfrutó mucho cuando se la recité:
LUIS, fuiste uno de los más grandes Amores de mi Vida. Agradezco los diez y seis meses de dicha y placer que compartimos juntos.
Representas la PASIÓN y la certeza de saber que al menos en mi teología, "Dios se hizo carne".
Sin imaginar que sería un triste presagio, el 1° de noviembre, día de muertos de 1986, escribí y obsequié a Luis una calaverita que disfrutó mucho cuando se la recité:


