jueves, 5 de octubre de 2023

1984 Víctor

                                                                                                                     1984 Víctor Hugo


   Adentro del autobús que la agencia de viajes envió al Aeropuerto Internacional José Martí para recoger a quienes contratamos el paquete a Cuba, la guía pone mucho énfasis en que nadie debe separarse del grupo en ningún momento, ya que hay algunas personas “contrarrevolucionarias” y escoria, que podrían intentar robar nuestras pertenencias. Que si vemos algo sospechoso se lo avisemos para dar parte a las autoridades.                                                                                                           
La verdad es que estoy más atento de la ruta que nos lleva al lugar donde pasaremos las siguientes siete noches. Justo cuando dice que estamos próximos a llegar, veo por la ventanilla un parque muy grande y animado de gente. Cuento las calles: cinco en línea recta y dos a la izquierda. Llegamos al hotel. Al dócil rebaño se nos sigue advirtiendo de lo que se puede o no hacer.

   Hemos bebido el mojito de cortesía y podemos ir a descansar.

   En los próximos quince minutos ya estoy desandando el camino que memoricé, para comprobar mi Primera Ley Universal Jota:

   Todos los putos nos reunimos en la plaza o parque principal de cualquier ciudad del mundo. 

   Llego al parque Coppelia, apenas pretendo dar una vuelta para observar, y un mulato ya me está saludando. Pregunta la hora (seguro que también tiene su propio manual de cacería) y respondo:

   —Cuarto para las once. —Casi puedo oír que dice… ¡Te tengo pajarito extranjero! aquí decimos las once menos quince.

   Conversamos y sin más rodeos le pregunto si hay vida gay en La Habana. La hay, y muy intensa. Propone que comencemos por el Tropicana, le advierto que no voy a gastar más de lo que he presupuestado para una noche, me asegura que lo único que debo hacer es no hablar para pasar por cubano y entrar a la zona separada de los turistas en ese cabaret. Primero hay que cambiar dólares por peso cubano, que en el mercado negro se triplica en comparación con el centro oficial de cambio de divisas. Llama desde un teléfono público y en diez minutos llega alguien en motocicleta. Entrego el dinero y recibo a cambio un buen fajo de billetes.

   Entramos al Tropicana, no hablo, el mulatito se maneja igual que Rockefeller, ordena una botella de ron y refrescos. Llegan cuatro pájaras a la mesa (a quienes él había llamado por teléfono previamente), uno de los invitados tiene “tipo” español, cuarentón y dice ser hermano de la bailarina principal del fastuoso show que miro desde la sección C… o ¿D?... o ¿E? no importa, el ron me ha sosegado y opto por disfrutar. Don Mulato pide dos platos con jamón y otra botella de Habana Club, es el Señor de la noche. Cuando solicita la cuenta, relajo el culo, pues estoy seguro de que me la van a meter hasta el cogote, sin embargo ¡todavía quedan billetes! solo gasté ¡¡¡20 dólares!!!


   La fiesta se alarga en casa del blanco. Es una mansión en el Reparto Miramar… ¡Quéééé! ¿Pues no que todas las casas estaban atiborradas con docenas de familias?
Para entonces ya soy amigui del güero, me platica que tuvo un amante estadounidense rico y viejo, con tres propiedades en Cuba, mismas que le heredó al morir. Llegó la Revolución y le permitieron quedarse con la más “sencilla” (otra estaba en Varadero y la tercera en las montañas de Pinar del Rio). Esta tiene una amplísima estancia y cuarto de música con un suntuoso piano laqueado en negro. Sobre la pared de la escalinata que lleva a las recamaras en la planta alta, cuelgan ¡dos cuadros de Portocarrero! La loca se ufana de tener más piezas de arte que el modesto Museo Napoleónico de la Habana.

   ¡Peeeeeeero! absolutamente todo está inventariado, cada objeto de valor, cadena de oro, jarrón o anillo, y NADA se puede perder o vender. Año con año se revisa rigurosamente el listado de tesoros y él sabe que cuando muera, todo será para el Estado.


   Atravieso la puerta de entrada del hotel a las ocho de la mañana. La guía, sentada en un sillón del lobby, se da cuenta y grita con un tono pícaro y festivo: —Chiiiiico, tú si sabes a que se viene a esta isla.

   El grupo está pasando al comedor para desayunar, devoro cuanto puedo del bufet y subo a la habitación pues deseo dormir.

   Llevarán a la masa de turistas para ver memoriales o adoratorios, y escuchar loas sobre los “barbudos” padres de la Revolución Cubana.


 

   A media tarde salgo a caminar por la calle 23 (Vedado) y antes de lo que hubiera pensado, cruzo la mirada con un jabao, como según me explica el mismo Víctor Hugo, se les dice a los mulatos “blancos”. Tiene un cuerpo armonioso con la musculatura sólida de la raza negra, piel clara, cabello rizado, rasgos faciales muy finos y ojos de color (en su caso, esmeralda). El flechazo es inmediato.


   Es habanero, actor y bailarín, no nos separaremos durante los seis días que le restan a mi paquete turístico, además de los otros cinco que logro conseguir después de una alucinante peregrinación burocrática dirigida por el compañero Estupiñán, inolvidable personaje para cualquier extranjero que haya pretendido ampliar su estancia en Cuba. Único ser en toda la isla, asignado por la administración comunista para otorgar extensiones de visa.

   Víctor y yo vivimos un romance avasallador, con encuentros sexuales llenos de fuego y fluidos. Me presenta a su abuelita, a sus compañeros de la universidad, celebramos juntos la Navidad y escenificamos un desgarrador adiós de enamorados en el aeropuerto el día de mi partida.
Me grita —¡tequeconco! —(ambos sabemos que es la clave para decir, te quiero con cojones).

   Ya en México, van y vuelven de regreso cartas y llamadas telefónicas llenas de te amos, esperanza y planes para el futuro……...…............... hasta que conozco a Luis y eclipsa mi “pasión” por él.

   Regreso a Cuba en mayo para comunicárselo. Se inflama de furia y despecho, jura que quemará o se limpiará la mierda con mis cartas, todo termina abruptamente.


   En los días que me restan de estancia, conozco a Lázaro e inicio otro idilio. ¿Ya lo dije antes?……. Ahhhhhh, el amor.

 

 

   Víctor Hugo logró establecerse en Bélgica, formó un grupo de danza contemporánea y viajaría a México por cuestiones de trabajo en 1994. Llamó por teléfono a la casa preguntando por mi madre, a la que había conocido en Cuba un mes después de que yo fuera por primera vez. Se habían hecho amigos y la estimaba. Cuando dijo que era él, aclaró inmediatamente que no le interesaba hablar conmigo, aunque cambió de parecer al enterarse que mi madre había fallecido. Tomamos una cerveza en el centro y oírme hablar sobre la desolación que había dejado en mi alma la muerte de mamá, suavizó su expresión hostil. Quizás daba por saldada la factura por el dolor que le causó, mi afición por las historias “románticas”.  


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