jueves, 5 de octubre de 2023

1985 Lázaro

                                                                                                                               1985 Lázaro

   Tenía cuatro días en la Habana cuando pasé a visitar por segunda ocasión a Armandito, a quien ya le había platicado sobre el trágico final que tuve con Víctor Hugo. Al entrar a su casa, lo encontré en compañía de Lázaro su primo, que venía a pasar unos días con él, ya que la escuela primaria donde trabajaba como profesor en una provincia cercana, entraba en periodo vacacional.

   Me integré a la conversación y procuré no evidenciar el tremendo impacto que provocó en mí su piel color azabache, su mirada penetrante y la blancura perfecta de sus dientes. En algún momento, Armando dijo que saldría unos minutos para ir a comprar un refresco.
Yo estaba muy nervioso y crucé con Lázaro algunas frases inconexas; luego, el espacio se llenó de un silencio perturbador, que él rompió de una manera que ni en sueños hubiera esperado.
Prometí al inicio de esta antología, que sería lo más fiel posible a la realidad, lo recuerdo y a quien lea esto le pido un voto de confianza porque así sucedió. Lázaro pidió que me acercara. Con tono amable expresó que deseaba mostrarme “algo”, tomó mi mano y la puso sobre su pecho al mismo tiempo que decía: —¿sientes mi corazón?... se quiere salir desde el momento en que te vi.
¡¡¡Coooooño!!! Yo sabía que los hombres cubanos eran extraordinariamente hábiles para seducir, especialmente a los turistas, pero esta espléndida escultura de ébano vivo, disolvió cualquier duda o temor, cualquier remordimiento o mal recuerdo sobre mi propósito en Cuba.
No pude resistir la tentación y sucumbí al flechazo de Cub….ido.

   Esa misma noche salimos a caminar por la Habana Vieja y a contemplar la bahía desde el Malecón. Armandito muy acomedido, nos dejó ocupar su cama en la parte superior o “barbacoa” de la casa, que había construido su padre para duplicar el espacio de su minúscula vivienda.
Estaría con Lázaro las veinticuatro horas de los restantes días. Gracias a que me propuse ser mesurado en esta nueva historia de amor, pude experimentar con más detalle cómo se vivía en la isla. Supe de las indudables ventajas sociales de la educación o la salud en el ámbito colectivo, aunque también sus contradicciones en el terreno de lo individual. Siendo maestro, Lázaro aseguraba que los niños cubanos eran los más felices del mundo; empero, una vez que llegaba la adultez y su consecuente capacidad para cuestionar el sistema, la cosa cambiaba. Las opciones para el ejercicio del pensamiento se reducían a… solo una.

   En aquel entonces Cuba era la niña consentida de la Unión Soviética y, aún con racionamiento había abundancia en el terreno gastronómico. Pude visitar con Lázaro el que ahora ya es un legendario y caro restaurante para turistas y que entonces fue un popular comedor para estudiantes universitarios, el Wakamba, donde comí una abundante y sabrosa lasaña. Fuimos a un restaurante chino con una sazón mucho más fiel a su origen que la comida preparada por sus semejantes en México. Disfrutamos mariscos y buena cerveza en otra ocasión en la que me causó mucha “ternura” escuchar a Lázaro expresar con evidente placer: "¡la vida chico… la vida!", cada vez que se metía una aceituna rellena de anchoas a la boca y la degustaba lentamente.
Nuestra visita al Moscú fue memorable porque disfrutamos de Pelmenis (parecidos a los ravioles), brochetas de Shashlik, sopa Solianka y, por primera y única vez en mi vida comí blintz con ¡caviar ruso!, simplemente celestiales, aunque Armando (al que también invité porque era la despedida del viaje) no compartía mi opinión, pues cuando le dije extasiado que los probara para que supiera lo que comían los zares rusos, respondió después de meterse uno a la boca y escupirlo… "—¡Wuac! Que bueno que nada más lo coman los zares porque saben asquerosos". No sabía si carcajearme o recoger de su plato el menospreciado manjar para no desperdiciarlo.


   Caminando por la calle de Obispo, conseguí colgantes checoslovacos de ámbar, pequeñas y exquisitas piezas de cerámica minimalista de la China de Mao y mi pieza favorita, una Matrioska de quince muñecas por el equivalente a ¡nueve dólares!


   También nació en mí un inmenso deseo de restregarles en la jeta a los “comunistas” de cafetería de mi patria, el aplastante hecho de que en Cuba SÍ había homosexuales, y no hablaba de fósiles heredados por el derrocado régimen de Batista; eran jóvenes como Víctor Hugo o Lázaro, ya nacidos en el seno de la Revolución, muchos de ellos leales a Fidel y al socialismo, otros rebeldes, no tanto por ser contra revolucionarios sino críticos del dogmatismo de sus dirigentes.
   Descubrí que Lázaro era un ateo puro acorde a su educación dentro del materialismo marxista. Cuando visitamos la Catedral de La Habana, me preguntó con sincera curiosidad por qué una anciana estaba de rodillas y oraba con una expresión doliente frente a una imagen religiosa; no lo entendía.
Por otro lado Armandito su primo, se sintió confiado una tarde para confesar que él sí creía, y me mostró una figura de San Lázaro que ocultaba en el fondo de su ropero.

   Mi tiempo en Cuba terminó, y decía adiós a mi pantera, apelativo con el que llamé a Lázaro esos días y los que le siguieron a través de cartas durante unos meses, cada vez más espaciadas hasta que dejaron de cruzar el mar.
   De cualquier manera, yo estaba aquí en México muy atareado conquistando el amor de Luis y... complementariamente, el favor sexual de alguno que otro chico.


   ¡Uta! Sin duda resulté ser yo, todo un hijo de…………........……........................…………..l capitalismo.