1976 El vaquero de Nasau
Estoy en el Sans Souci (o Sansusi pues), un bar gay en la
misma colina donde está el legendario mirador de La Quebrada, en Acapulco.
Bailo poseído por “Try Me, I Know We
Can Make It” de Donna Summer. Recargado en la barda de la terraza (con
una magnífica vista de toda la bahía), me observa un hombre joven, calculo que
es una cabeza más alto que yo, tal vez mide 1.90 metros, atlético, con atuendo
de cowboy que sienta perfecto con su actitud híper masculina. Termina la
música, volteo para mirarlo y saluda levantando su tarro de cerveza. Platicamos
unos minutos y en otros tantos ya vamos camino a su hotel. En el taxi me da un
nombre que no recuerdo y alcanzo a entender que viene de la capital de Las
Bahamas.
La habitación está a unos metros de la alberca; me invita a nadar y
entramos desnudos al agua. Inicia el jugueteo con besos que van subiendo de
nivel. No puedo dejar de ver sus piernas, brazos y pecho peludos, así como el
bigote ancho que baja hasta la barbilla por cada lado de su boca; él es rubio aunque está requemado por el sol. No sé cómo lo hace, pero logra penetrarme dentro
del agua. Estamos cara a cara, le abrazo la espalda y trenzo su pelvis con mis
piernas. Miro las estrellas (en todos los sentidos: literal y metafórico), de pronto se detiene, agacha la cabeza, me indica con el dedo que no hable.
Alguien se acerca, sigue caminando y se pierde más adelante en la oscuridad.
Con la cabeza hace un ademán de que nos vamos, sube las escaleras de la piscina
y camina hacia el cuarto.
La maravilla es que me lleva cargando de las nalgas,
yo cuelgo de su cuello y ¡me tiene ensartado!
No se ha zafado ni por un
segundo.
Abre la puerta, cierra la puerta, enciende la luz, sube a la cama,
baja de la cama, se para frente al espejo, regresa a la cama, se posa en un
sillón, repite dos veces la rutina anterior…sin desprendernos, sin dejar de
arremeter contra mi ser, de acariciarme o besarme.
En algún momento llego a
pensar que como los perros, infló las bolas dentro de mí, no lo sé, pero
definitivamente es un ¡Maldito Campeón Olímpico!
Por la mañana llega la escena
de siempre. No importa si estuve con ellos una o varias noches, algunos me
regalan ropa, otros, 20 y hasta 100 dólares, pero invariablemente todos
dicen good bye.
Lo hago parecer un poco trágico, lo sé; no obstante durante esa
temporada me divertí con tantos hombres como quise, la mayoría gringos
anglosajones, canadienses o europeos del Mediterráneo. Bastaba con que fueran atractivos
sexualmente. Los paseos, las invitaciones a comer, beber o a bailar, los
obsequios en efectivo, todo, resultaba un plus, nunca el objetivo. Pocas veces
tuve que preocuparme por un lugar donde pasar la noche, podía ser un hotel
sencillo o un Resort.
De todos modos, no habría funcionado una relación con
alguno de ellos, dado mi nulo conocimiento del idioma inglés.
Eso sí, muy
rápido aprendí que al oír entre líneas las palabras Fuck, Food, Drink, Suck,
Disco, Beer, Cock, Hotel, Dollars, Love, Sex, solo tenía que responder:
Yes,
Yes, Yes, Yes, Yes!


