jueves, 5 de octubre de 2023

1976 El Vaquero de Nasau

                                          

                                                  1976 El vaquero de Nasau



   Estoy en el Sans Souci (o Sansusi pues), un bar gay en la misma colina donde está el legendario mirador de La Quebrada, en Acapulco.
   Bailo poseído por “Try Me, I Know We Can Make It” de Donna Summer. Recargado en la barda de la terraza (con una magnífica vista de toda la bahía), me observa un hombre joven, calculo que es una cabeza más alto que yo, tal vez mide 1.90 metros, atlético, con atuendo de cowboy que sienta perfecto con su actitud híper masculina. Termina la música, volteo para mirarlo y saluda levantando su tarro de cerveza. Platicamos unos minutos y en otros tantos ya vamos camino a su hotel. En el taxi me da un nombre que no recuerdo y alcanzo a entender que viene de la capital de Las Bahamas.

   La habitación está a unos metros de la alberca; me invita a nadar y entramos desnudos al agua. Inicia el jugueteo con besos que van subiendo de nivel. No puedo dejar de ver sus piernas, brazos y pecho peludos, así como el bigote ancho que baja hasta la barbilla por cada lado de su boca; él es rubio aunque está requemado por el sol. No sé cómo lo hace, pero logra penetrarme dentro del agua. Estamos cara a cara, le abrazo la espalda y trenzo su pelvis con mis piernas. Miro las estrellas (en todos los sentidos: literal y metafórico), de pronto se detiene, agacha la cabeza, me indica con el dedo que no hable. Alguien se acerca, sigue caminando y se pierde más adelante en la oscuridad. Con la cabeza hace un ademán de que nos vamos, sube las escaleras de la piscina y camina hacia el cuarto. 
La maravilla es que me lleva cargando de las nalgas, yo cuelgo de su cuello y ¡me tiene ensartado!
No se ha zafado ni por un segundo.
   Abre la puerta, cierra la puerta, enciende la luz, sube a la cama, baja de la cama, se para frente al espejo, regresa a la cama, se posa en un sillón, repite dos veces la rutina anterior…sin desprendernos, sin dejar de arremeter contra mi ser, de acariciarme o besarme.
   En algún momento llego a pensar que como los perros, infló las bolas dentro de mí, no lo sé, pero definitivamente es un ¡Maldito Campeón Olímpico!

   Por la mañana llega la escena de siempre. No importa si estuve con ellos una o varias noches, algunos me regalan ropa, otros, 20 y hasta 100 dólares, pero invariablemente todos dicen good bye.

   Lo hago parecer un poco trágico, lo sé; no obstante durante esa temporada me divertí con tantos hombres como quise, la mayoría gringos anglosajones, canadienses o europeos del Mediterráneo. Bastaba con que fueran atractivos sexualmente. Los paseos, las invitaciones a comer, beber o a bailar, los obsequios en efectivo, todo, resultaba un plus, nunca el objetivo. Pocas veces tuve que preocuparme por un lugar donde pasar la noche, podía ser un hotel sencillo o un Resort

   De todos modos, no habría funcionado una relación con alguno de ellos, dado mi nulo conocimiento del idioma inglés.
   Eso sí, muy rápido aprendí que al oír entre líneas las palabras Fuck, Food, Drink, Suck, Disco, Beer, Cock, Hotel, Dollars, Love, Sex, solo tenía que responder:
   Yes, Yes, Yes, Yes, Yes!