1976 Bogar
Vive en Acapulco, con un señor al que todos llaman Juanito. Bogar tiene un cuerpo hermoso y bronceado, rasgos muy finos, ojos grandes color miel y una melena tipo afro.
Estamos abrazados, tumbados sobre la arena, y lo mejor de todo, está cantando una canción romántica: Gavilán o Paloma de José José. Canta muy bien, pues eso es justo lo que hace, presentarse en centros nocturnos de manera profesional.
Me cautivó hace una semana y estoy…enamorado.
A los nueve años, debido a la separación de mis padres,
fui enviado junto con mis hermanos durante tres años a un internado
militarizado en Puebla. Para entonces yo intuía que algo me hacía diferente a
los otros niños; también sabía que el torso desnudo de algunos de los cadetes
de grados escolares superiores me causaba fascinación.
Luego, durante toda la
secundaria, encabecé la lista de los mariconcitos del salón de clases. Siempre
había chistes y burlas sobre mí, como cuando el profe de educación física pedía
que se levantaran las mujeres para que salieran primero al patio, invariablemente alguien gritaba —"¡Ugarteeee! faltas tú…".
Mi amaneramiento era
más apocado que estridente y nunca participé en deportes de equipo, pero fuera
de eso, de alguna manera conseguí ganar cierta aceptación (o invisibilidad), pues nunca fui agredido físicamente.
Comencé a ejercitar mi cuerpo y lo haría
sistemáticamente durante los siguientes 35 años. Puse mucho énfasis en piernas,
nalgas, abdomen, cintura y algo de pecho. Los brazos no eran tan importantes ya que aposté por una forma más estilizada que musculosa.
Tenía total
claridad de que consagraría mi vida a otro hombre. Mientras llegaba ese
galán, también me preparaba interiormente. Aprovechando que mamá trabajaba
todo el día, le propuse hacer yo la comida, estudié sus recetarios y poco a
poco aprendí a cocinar. Por las mañanas escuchaba los discos de música de mamá: El Mundo Maravilloso de la Música Clásica de Selecciones del Reader´s
Digest. Aprendía los nombres de las piezas y sus autores en lo que realizaba el
aseo de la casa. También me propuse hacer cada día una lectura de la
Enciclopedia Temática de Grolier, que en solo dos o tres cuartillas
desarrollaba un tema completo pues en mi opinión, aparte de ser un buen amo de
casa, podría hablar de cualquier tema con mi pareja y otras personas. No lo
avergonzaría cuando alguien dijera que yo era una “cara bonita” pero ignorante.
Recuerdo muy bien la forma en que mi mamá atendía a papá cuando él regresaba del trabajo. Lo primero que hacía era quitarle los zapatos, ponerle unas pantuflas y, hasta
entonces, servía la cena.
Incluso cuando mamá tuvo otras parejas y las llevaba
a la casa, siempre los halagaba con un detalle: música suave, vino o
bocadillos, les hacía sentir que eran especiales. Pero sus relaciones nunca
pasaban de unos meses. Supongo que el básico cerebro de esos tipos, confundía
su generosa actitud con sumisión.
Siempre nos enseñó que tarde o temprano los
hijos se irían y que solo te quedaría la pareja, así que habría que cultivarla
muy bien.
Bueno, al final ella no tuvo a alguien a su lado que la amara tanto
como lo deseó toda su vida. Aun así, siempre compartí con ella esa filosofía, aunque con los años hice algunas adecuaciones.
Para los 16 años ya estaba
estructurado mi esquema de romanticismo. Era el de cualquier quinceañera que
soñaba con la llegada de su príncipe. En la secu había chicos muy lindos, sobre
todo los de tercer grado, con más pinta de hombre que de niño, y mis compañeras
se hacían novias de ellos.
Había días en que parte del grupo escapábamos de la
escuela para ir al Bosque de Chapultepec y yo era testigo de sus besuqueos y caricias. Esas noches, recostado en la cama, oía la música de Los Pasteles
Verdes, o a Los Terrícolas, mientras lloraba y suplicaba para que llegara mi
amor. Unía los dedos medio e índice de mi mano, simulando unos labios que
me besaban tiernamente.
Me preguntaba, si yo sería algún día capaz de
despertar en un hombre, la pasión que aquellos cantantes expresaban en sus
versos.
En unas horas llegará el Año Nuevo y salgo a caminar al Zócalo, que es la plaza principal del puerto. Quiero disfrutar de los preparativos para la celebración, pero todavía no es hora. Regreso a la vivienda y lo primero que encuentro al entrar es a Bogar entregando a Juanito un regalo, besarlo en la boca y expresarle que lo ama. Son pareja, me lo explicará Juan al día siguiente.
Conoció a Bogar hace más de diez años cuando lideraba un grupo de loquitas; vestía un caftán blanco y le pareció la criatura más exquisita que había visto. Aún hoy parecía un chaval, pero pasaba de los treinta; eso le pesaba y lo convirtió en un cazacorazones.
No estuvo “tan” mal, repasé: me parí al mundo real, descubrí la poderosa esencia del placer, sobreviví a una violación, no sé quién soy, pero sé qué soy, confío en que Dios me protege y, por lo pronto, debo dar atención médica a las Princesas Disney que gobiernan en mi corazón. Están muy maltrechas. Una tiene el ojo amoratado, otra la boca reventada, dos más muestran moretones en piernas y brazos. Todas lucen con los encajes y tules desgarrados, han perdido las tiaras, las pelucas y una o ambas zapatillas.
Pronto descubriré que son más resistentes de lo que creía.
Irónicamente llegará, incluso, el momento en que yo mismo tenga que exterminarlas.

