jueves, 5 de octubre de 2023

1976 Joaquín

                                                                                                                                               1976 Joaquín


   Estaba preguntándole a Jhony, (joven gay de recién ingreso a Zona Rosa) cómo le había ido hace una semana cuando se apiadó de mí y solidariamente me invitó a dormir en su casa, ya que era tarde y hacía frío. Vivía hasta Ciudad Satélite, un municipio colindante con la Ciudad de México donde habitaba “gente bien”. Esa noche tardamos más de una hora en llegar después de tomar el Metro y un microbús suburbano. Pasaba de la medianoche cuando abrió la puerta de su casa y me invitó a entrar. Sentados en un sofá (esperándolo, supongo) estaban sus padres con una expresión de enfado. Jhony comenzó a explicarles que deseaba ayudarme esa noche porque...
   No terminó la oración cuando su padre se levantó con el rostro desencajado y comenzó a gritarle que ya estaba harto de que no respetara las reglas de la casa, que ellos no estaban pintados. El chico quiso retomar su justificación, pero el señor zafó el cinturón de su pantalón y se lanzó contra él como un energúmeno, azotándolo sin piedad. La escena era muy violenta y humillante. Jhony se dirigió hacia la cocina a donde lo siguió el padre rabioso. Mientras se escuchaban gritos e insultos, la madre llorando decía no entender por qué nos metíamos en tantos problemas, al mismo tiempo que abría la puerta de su casa y pedía que yo saliera de ahí.
   Todo sucedió muy rápido y repentinamente ya estaba caminando, tratando de recordar el camino hacia alguna avenida principal. De pronto escuché mi nombre y al voltear vi que Jhony venía corriendo hacia mí; traía el rostro y los brazos marcados por el cinto.
   Se disculpaba y mencionaba que me iba a llevar con unos amigos que vivían cerca. Los amigos aceptaron. Me acurruqué a un lado de la cama, sobre la alfombra, y a los pocos minutos uno de ellos ya ponía sus manos encima de mí. Lo empujé y aclaró que, si quería dormir ahí, debía acostarme con los dos.
   Otra vez lo rechacé y de nuevo acabé en la calle, marchando por la autopista urbana que conducía hacia la ciudad. Llegué justo cuando amanecía, tomé el Metro hacia el bosque de Chapultepec y dormí un rato sobre una banca mientras el sol calentaba mi piel.



   Seguía hablando con Jhony, cuando uno de los chicos de la “camada” comentó que un señor estaba muy interesado en conocerme. Quería saber si yo aceptaría tomar una taza de café con él.
   Joaquín tenía cuarenta y tantos, era un compatriota rubio que parecía gringo o inglés. Lucía de buen nivel económico pero muy avejentado, y de su boca salía un tufo a hígado enfermo. (Para cualquiera era un anciano, especialmente para los jóvenes del grupo, que estábamos de acuerdo en que para no llegar a esa "lamentable" edad, lo mejor sería suicidarnos a los 30).
   Se portó muy amable y al sentarme dijo que podía pedir del menú lo que deseara.

   A la pregunta de qué es lo que yo hacía, respondí con una dramática y conmovedora historia de cómo había sido expulsado del hogar, únicamente por ser “así” y de la forma en que todo el mundo trataba de aprovecharse de mi frágil situación. Propuso que podía quedarme en su casa. Hice una expresión desencantada de… "¿tú también?", y agregó inmediatamente que era sin compromiso alguno pues él, era un caballero.
   Vivía justo una calle atrás de la Embajada de Estados Unidos en una suite enorme, amueblada con gusto refinado. En uno de los muros, colgaba enmarcado, el diploma de una escuela neoyorkina que lo calificaba como cocinero Cordon Bleu, aunque solo lo había estudiado por hobby, según me aclaró.
   Más tarde, cuando yo intentaba dormir, Joaquín tocó con uno de sus dedos mi espalda y expresó que no podía dejar de pensar en mí. Le volví a dejar claro que no tendría sexo con alguien por el que no sintiera amor. Pidió que le diera la oportunidad de conocerlo poco a poco para que yo aprendiera a quererlo. Respondí que así sería, pero mientras tanto solo podría acariciarme, con excepción de los genitales. Tampoco habría besos en la boca.
   Al día siguiente fuimos a una tienda donde me compró ropa y calzado. Afirmaba que yo sería el “niño” con más clase de la Zona Rosa. Todos los días comíamos en Sanborns y por las tardes tomábamos café irlandés en un lugar (para locas elegantes) frente a El Carmel.
   La cuestión era que también se chupaba ¡DIARIO! una botella de whisky, y en varias ocasiones se orinó en la cama. Era asqueroso despertar a media noche con la sensación de humedad en la parte baja de mi cuerpo.
   Por la mañana su trabajadora doméstica me miraba con una discreta lástima, al tiempo que cambiaba las sábanas.

   A principios de diciembre anunció que pasaríamos el resto del año en Acapulco; volvió a obsequiarme pantalones, camisas y zapatos de playa.
   Llegamos a un hotel cinco estrellas, aunque sentí que era como de quince. Por la noche disfruté del soberbio buffet del Hotel Princess.  Al día siguiente compró para mí en una boutique, un espectacular y pequeño traje de baño rojo con puntitos blancos. Abordamos un taxi y llegamos a Playa Condesa.

   En cuanto miré el sitio supe que ahí estaba MI lugar. Había cientos de hombres, turistas extranjeros y nacionales, lugareños bronceados y con hermosos cuerpos acompañándolos. Mis ojos se inundaron de piernas, tetas, nalgas, bikinis abultados, bíceps, pies, pelos, rostros, abundancia.
   Nos dieron una palapa en la zona nice. Todo el día estuve alternando congas y ceviches, con largas caminatas, observando y empapándome del ambiente. Era DisneyGaylandia, un sueño mágico… del que desperté cuando llegué a la habitación del hotel.
   Joaquín notificaba que, ésa era nuestra luna de miel. Le respondí que era muy pronto, aunque él argumentaba que no había mejor momento. Muy airado le recordé que yo era un chico “decente” y sin decir palabra, ocupé un majestuoso diván en la sala de la suite.
   Al día siguiente no habló; solamente me entregó $500.00 (año y medio más tarde, mi primer salario formal sería de $380.00 por ¡un mes de trabajo!). Eran para que regresara a la Ciudad de México y lo esperara en su casa.
   Él llegaría más adelante pues iba a participar en una competición de yates. Punto.


   Con la mochila sobre mi espalda, por cierto, llena de ropa preciosa, abordé un camión con rumbo a Playa Condesa, que me esperaba ansiosa para ofrecer: arena, mar, sol y…….. MUCHOS MACHOS.