1976 Joaquín
Estaba preguntándole a Jhony, (joven gay de recién ingreso a Zona Rosa)
cómo le había ido hace una semana cuando se apiadó de mí y solidariamente me
invitó a dormir en su casa, ya que era tarde y hacía frío. Vivía hasta Ciudad
Satélite, un municipio colindante con la Ciudad de México donde habitaba “gente
bien”. Esa noche tardamos más de una hora en llegar después de tomar el Metro y
un microbús suburbano. Pasaba de la medianoche cuando abrió la puerta de su
casa y me invitó a entrar. Sentados en un sofá (esperándolo, supongo) estaban
sus padres con una expresión de enfado. Jhony comenzó a explicarles que deseaba
ayudarme esa noche porque...
No terminó la oración cuando su padre se levantó
con el rostro desencajado y comenzó a gritarle que ya estaba harto de que no
respetara las reglas de la casa, que ellos no estaban pintados. El chico quiso
retomar su justificación, pero el señor zafó el cinturón de su pantalón y se
lanzó contra él como un energúmeno, azotándolo sin piedad. La escena era muy
violenta y humillante. Jhony se dirigió hacia la cocina a donde lo siguió el
padre rabioso. Mientras se escuchaban gritos e insultos, la madre llorando decía no entender por qué nos metíamos en tantos problemas, al mismo tiempo
que abría la puerta de su casa y pedía que yo saliera de ahí.
Todo sucedió muy
rápido y repentinamente ya estaba caminando, tratando de recordar el camino
hacia alguna avenida principal. De pronto escuché mi nombre y al voltear vi que Jhony venía corriendo hacia mí; traía el rostro y los brazos marcados por
el cinto.
Se disculpaba y mencionaba que me iba a llevar con unos amigos que vivían
cerca. Los amigos aceptaron. Me acurruqué a un lado de la cama, sobre la
alfombra, y a los pocos minutos uno de ellos ya ponía sus manos encima de
mí. Lo empujé y aclaró que, si quería dormir ahí, debía acostarme con los dos.
Otra vez lo rechacé y de nuevo acabé en la calle, marchando por la autopista
urbana que conducía hacia la ciudad. Llegué justo cuando amanecía, tomé el Metro hacia el bosque de Chapultepec y dormí un rato sobre una banca mientras
el sol calentaba mi piel.
Seguía hablando con Jhony, cuando uno de los chicos
de la “camada” comentó que un señor estaba muy interesado en conocerme. Quería saber si yo aceptaría tomar una taza de café con él.
Joaquín tenía cuarenta y tantos, era un compatriota
rubio que parecía gringo o inglés. Lucía de buen nivel económico pero muy
avejentado, y de su boca salía un tufo a hígado enfermo. (Para cualquiera era
un anciano, especialmente para los jóvenes del grupo, que estábamos de acuerdo
en que para no llegar a esa "lamentable" edad, lo mejor sería suicidarnos a los
30).
Se portó muy amable y al sentarme dijo que podía pedir del menú lo que
deseara.
A la pregunta de qué es lo que yo hacía, respondí con una dramática y
conmovedora historia de cómo había sido expulsado del hogar, únicamente por ser
“así” y de la forma en que todo el mundo trataba de aprovecharse de mi frágil situación. Propuso que podía quedarme en su casa. Hice una expresión desencantada de… "¿tú
también?", y agregó inmediatamente que era sin compromiso alguno pues él,
era un caballero.
Vivía justo una calle atrás de la Embajada de Estados Unidos en
una suite enorme, amueblada con gusto refinado. En uno de los muros, colgaba
enmarcado, el diploma de una escuela neoyorkina que lo calificaba como cocinero
Cordon Bleu, aunque solo lo había estudiado por hobby, según me aclaró.
Más
tarde, cuando yo intentaba dormir, Joaquín tocó con uno de sus dedos mi espalda
y expresó que no podía dejar de pensar en mí. Le volví a dejar claro que no
tendría sexo con alguien por el que no sintiera amor. Pidió que le diera la
oportunidad de conocerlo poco a poco para que yo aprendiera a quererlo.
Respondí que así sería, pero mientras tanto solo podría acariciarme, con
excepción de los genitales. Tampoco habría besos en la boca.
Al día siguiente
fuimos a una tienda donde me compró ropa y calzado. Afirmaba que yo sería el
“niño” con más clase de la Zona Rosa. Todos los días comíamos en Sanborns y por
las tardes tomábamos café irlandés en un lugar (para locas elegantes) frente a
El Carmel.
La cuestión era que también se chupaba ¡DIARIO! una botella de
whisky, y en varias ocasiones se orinó en la cama. Era asqueroso despertar a
media noche con la sensación de humedad en la parte baja de mi cuerpo.
Por la mañana su trabajadora doméstica me miraba con una discreta lástima, al
tiempo que cambiaba las sábanas.
A principios de diciembre anunció que
pasaríamos el resto del año en Acapulco; volvió a obsequiarme pantalones,
camisas y zapatos de playa.
Llegamos a un hotel cinco estrellas, aunque sentí que
era como de quince. Por la noche disfruté del soberbio buffet del Hotel Princess. Al día siguiente compró para mí en una boutique, un espectacular y pequeño
traje de baño rojo con puntitos blancos. Abordamos un taxi y llegamos a Playa
Condesa.
En cuanto miré el sitio supe que ahí estaba MI lugar. Había cientos de
hombres, turistas extranjeros y nacionales, lugareños bronceados y con hermosos
cuerpos acompañándolos. Mis ojos se inundaron de piernas, tetas, nalgas,
bikinis abultados, bíceps, pies, pelos, rostros, abundancia.
Nos dieron una
palapa en la zona nice. Todo el día estuve alternando congas y ceviches, con
largas caminatas, observando y empapándome del ambiente. Era DisneyGaylandia, un
sueño mágico… del que desperté cuando llegué a la habitación del hotel.
Joaquín notificaba que, ésa era nuestra luna de miel. Le respondí que era muy pronto,
aunque él argumentaba que no había mejor momento. Muy airado le recordé que yo
era un chico “decente” y sin decir palabra, ocupé un majestuoso diván en la
sala de la suite.
Al día siguiente no habló; solamente me entregó $500.00 (año
y medio más tarde, mi primer salario formal sería de $380.00 por ¡un mes de
trabajo!). Eran para que regresara a la Ciudad de México y lo esperara en su
casa.
Él llegaría más adelante pues iba a participar en una competición de
yates. Punto.
Con la mochila sobre mi espalda, por cierto, llena de ropa
preciosa, abordé un camión con rumbo a Playa Condesa, que me esperaba
ansiosa para ofrecer: arena, mar, sol y…….. MUCHOS MACHOS.


