1976 El Caballero Italiano
Uno de mis retos en esos días en los que ya había sido expulsado
de casa, era lograr dormir en algún hotelucho, en la cama de un ligue ocasional
o esperar a que clareara el día en una cafetería para gays trasnochados, que no
cerraba nunca, llamada 24 Horas. Ahí, ocasionalmente me permitía amanecer
Jorge, su encargado, un chico de origen michoacano con bellísimos rasgos
autóctonos, muy sofisticado y que era el amante en turno del dueño del
establecimiento. Fue impactante saber, años después, que había sido asesinado en
un “crimen pasional”, como acostumbraba llamar la prensa sensacionalista a los
ataques homicidas en contra de los homosexuales.
De día las cosas pintaban un poco mejor, solo había que ir a la Zona Rosa, caminar y esperar a tener un ligue o encontrar a alguien conocido. Si todo salía bien, conseguía que me invitaran un vaso de atole caliente o pan.
De día las cosas pintaban un poco mejor, solo había que ir a la Zona Rosa, caminar y esperar a tener un ligue o encontrar a alguien conocido. Si todo salía bien, conseguía que me invitaran un vaso de atole caliente o pan.
En una de esas jornadas conocí a un hombre
cuarentón, elegante, de nariz grande y aguileña, con el cutis cacarizo. Hablaba
español con acento extranjero y platicamos un largo rato. Dijo ser diplomático, exactamente Agregado Cultural de la Embajada de Italia en México. Mostraba muy
buenos modales y, lo mejor de todo es que me invitó a comer.
Fuimos al restaurante alemán Bellinghausen. Me recomendó pedir alcachofa a las brasas como entrada y pasar directamente al plato fuerte: eran sesos en mantequilla negra, acompañados con chucrut. Bebimos cerveza oscura.
Ya había leído sobre platillos internacionales en los recetarios de cocina de mamá, mas nunca los había probado. Yo estaba maravillado con los sabores… pero quedé boquiabierto cuando vi la cantidad de billetes que ese señor puso sobre la charolita donde venía la cuenta del consumo. Estaba seguro que al salir del lugar me pediría que lo acompañara a su casa u hotel. El hombre no me gustaba, aunque definitivamente valía la pena el sacrificio.
En cambio, señaló que le encantaría compartir nuevamente conmigo al día siguiente. A las 2 de la tarde llegó puntualmente (yo no tuve problema… llevaba seis horas esperándolo).
Esa ocasión entramos al Luau, pidió un menú que incluía variados platillos, todos exquisitos y exóticos. Me enseñó cómo tomar un par de palillos de bambú para comer con ellos, y aprendí que la mejor bebida para acompañar la comida china era el té de jazmín. De nuevo llegó una cuenta exorbitante y la certeza de que el postre sería yo.
—¿Te puedo ver mañana?, —preguntó. Le aseguré que ahí estaría cuando se retiró.
La siguiente tarde comentó que le gustaría que apreciara la comida de su país, caminamos unas calles y llegamos a un pequeño restaurante de aspecto tradicional y “modesto”, era La Lanterna. Comí con base en su sugerencia: prosciutto con melón, sopa de cebolla al gratín y spagheti con gambas (esta vez, me aleccionó sobre la manera correcta de combinar cuchara y tenedor para tomar la pasta), todo acompañado con una botella de vino Chianti. Por último, pidió mi opinión sobre un postre llamado cassata. Le dio risa ver mi cara al probarlo y soltó una carcajada cuando le reclamé que eso era huevo crudo batido con azúcar.
Una vez más le presentaron una suma, a mi parecer imposible de pagar. Sin embargo, sus exigencias nunca fueron más allá de ponerle atención a su agradable conversación con matices didácticos.
Al despedirse, agradeció mi compañía y se marchó. Esa vez ya no hubo más citas.
Siempre fue para mí un (espléndido) enigma lo que sucedió en esos tres días. ¿Solo buscaba compañía? ¿Esperaba que yo le dijera que deseaba estar con él? No lo sabré nunca, ni siquiera aprendí su nombre, pero sí entendí lo seductor que resulta una invitación a compartir comida y bebida sensual.
Desde entonces trato de impresionar a la persona con la que pretendo un noviazgo, invitándola a comer algo fuera de lo común, enseñándole a comer con palillos chinos, contarle la historia de que las cortesanas del emperador se perfumaban la boca con lichis antes de hacer el amor, o a degustar un buen vino (bueno, aunque sea una jarrita de sangría o clericot).
Por otra parte, las semanas que siguieron a aquellos días, continuaron marcadas por el hambre, la aventura y mi libertad recién conquistada… por no decir impuesta.


