1976 Fermín
De 30 años, me ligó en la cafetería El Carmel. Era un hombre alto, de piel clara, narizón,
con porte de vividor de lujo y casado con una gringa rica. Todas las loquitas de
la “camada” (unos doce jóvenes que habíamos llegado a Zona Rosa por las
mismas fechas) me felicitaban al haber sido escogido por él esa noche en la
fiesta. Fuimos a uno de los baños de la casa, cerró la puerta, pidió que me
bajara los pantalones y la trusa, dijo que le diera la espalda y comenzara a
mover las nalgas de un lado a otro. Ya caliente, intentó penetrarme, pero tenía
un pito descomunal y yo pocas ganas de comérmelo. Exigió que moviera el culo
como si bailara hawaiano y acaté la orden mientras él se masturbaba hasta que
terminó.
Al salir, noté que los chicos ya no me miraban con tanta envidia; es más, estaban atacados de la risa pues desde una ventanilla del baño que daba al balcón, miraron toda la escena.
Al salir, noté que los chicos ya no me miraban con tanta envidia; es más, estaban atacados de la risa pues desde una ventanilla del baño que daba al balcón, miraron toda la escena.
Para muchos, ése habría sido un episodio humillante, pero no para mí. En todo caso era el episodio número chorrocientos de la nueva historia de mi vida. Cada día (a veces cada hora) aprendía algo nuevo sobre el universo gay: palabras, roles, códigos, lugares, historias, juegos, y que definitivamente se mueve alrededor del sexo, del ejercicio del SEXO. Que siempre hay alguien que desea tener sexo contigo y siempre hay alguien con quien deseas tener sexo, así nada más. Pero sobre todo, descubrí que viviendo en la calle, esa búsqueda por tener sexo, sería mi salvación algunas noches para no morir de frío, ya fuera porque encontraba a un hombre al que yo le gustaba y me gustaba, o, más retador, hallaba un hombre al que no deseaba, pero que me deseaba, al que podría chantajear con compasión, manipularlo, o capotear sus intenciones mientras conseguía al menos una noche de resguardo.
Las noches de fin de semana eran más amables, pues se podía ir al antro o a una de las muchísimas fiestas privadas que surgían. Fiestas que en varias ocasiones incluían (cual “súper combo”): bebida, comida, cogida y, por supuesto, amanecer ahí.
Una ocasión alguien comentó que salía para Acapulco; le pedí un aventón y aceptó. A la mañana siguiente llegamos y bajé en algún lugar del puerto. Yo no sabía cómo era la vida gay ahí. Perdí todo el día sin saber qué hacer y cuando anocheció, solo atiné a caminar por toda la Avenida Costera.
De pronto se paró un auto con vidrios ahumados, bajó un hombre grande, gordo y de aspecto siniestro. Me detuvo, decía ser Policía Judicial, que habían estado siguiéndome y ya sabían de mi homosexualidad y, por eso, iría a la cárcel.

Una cosa era saberme gay y estar dispuesto a asumirlo, y otra era el contexto social de aquella época, donde los homosexuales éramos enfermos mentales en el ámbito médico, infractores de la ley, disolutos para la sociedad y objeto de escarnio público para la prensa.
¿Cuánto de aquel discurso habría yo interiorizado durante mi vida, para subir a ese auto sin protestar?
Manejó un rato, se detuvo y mencionó que tenía la “opción” de entrar a su casa o ir a prisión. Dentro de su casa pidió que me despojara de la ropa, que caminara a su habitación y me tendiera en la cama. Obedecí. Cuando me tocó, le retiré con desprecio la mano, estiró el brazo derecho hacia una almohada y debajo de ella sacó un revólver; lo acomodó sobre la misma almohada, pero apuntando hacia mi cabeza. Simplemente levantó mis piernas y me violó mientras aterrorizado, yo veía de reojo su pistola señalándome.
Durante años me sentí culpable por aquella violación. Después, solo deseé que ese repugnante ser hubiera
adquirido sida o cáncer y que muriera lentamente, atormentado por el dolor.
De
cualquier manera, para mí había sido un precio muy alto por una noche “a salvo
de las calles”.

