1976 Jaime
En tercero de secundaria conocí a Miguel Ramos; recién llegaba de Saltillo y nos hicimos los mejores amigos, era muy hermoso, con ojos grandes y aura luminosa. Me deslumbró su agilidad mental y carisma. Mientras yo vivía encerrado en mis fantasías románticas, él bromeaba y tentaba a los chicos sin ninguna inhibición. Le revelé que me gustaban los hombres y poco después él confesó que estaba enamorado de un compañero del salón de clases. A veces pasaba la noche en su casa y hablábamos hasta el amanecer de nuestros sueños y deseos. Escuchábamos música de The Doors, Creedence, Beatles, y por primera vez con él escuché a Janis Joplin y a The Rollins Stones. Vimos juntos en el cine: El Show de Terror de Rocky, Hair, Tommy y Jesucristo Superestrella.
Una tarde mientras comíamos una hamburguesa en un parque, me aconsejó que yo debería ser menos amanerado, que no era una mujer. Ese momento fue brutal, lloré mucho porque lo decía mi mejor amigo, pero fue importante para la construcción de mi personalidad.
Una tarde mientras comíamos una hamburguesa en un parque, me aconsejó que yo debería ser menos amanerado, que no era una mujer. Ese momento fue brutal, lloré mucho porque lo decía mi mejor amigo, pero fue importante para la construcción de mi personalidad.
Dos años después, meses antes de cumplir los 18 años (por ahí de julio/agosto), ambos salimos en la noche a caminar por Avenida Insurgentes, pues habíamos oído que por esa zona rondaban los hombres homosexuales. Caminamos un rato, se detuvo un automóvil “vochito” y un tipo nos instó a subir, lo hicimos y bastaron unos minutos de plática para que descubriera que no sabíamos nada de nada sobre el mudo gay. Era odontólogo, nos llevó a su consultorio, ahí besó primero a Miguel y luego a mí. Mi corazón se quería salir del pecho; el sabor de su lengua, saliva, aliento y los pelos de su bigote, me anunciaron con fanfarreas que el momento que siempre esperé había llegado.
Miguel y él se hicieron novios exprés y nos invitó para el fin de semana siguiente a una fiesta. Cuando el anfitrión abrió la puerta de su depa, al entrar vi lo que a mí me pareció un mundo de hombres que bailaban, se abrazaban y besaban. Hasta entonces creía que éramos muy pocos.
Siete días después conocimos el Penthouse en el barrio de la Roma, y otros lugares para homosexuales las siguientes semanas.
En El Carmel, una cafetería de la Zona Rosa, me sedujo con su aire intelectual un hombre “maduro” de treinta y tres años. Se llamaba Jaime, era catedrático universitario y me dejé llevar a su estudio. Ya había leído en revistas y libros (que “casualmente” dejaba mi mamá sobre la mesita de lecturas), artículos o ensayos sobre homosexualidad y de cómo eran las relaciones sexuales entre hombres, así que por lo menos en teoría sabía lo que iba a pasar.
Después de charlar un rato, Jaime intuyó mi nula experiencia sexual y fue muy cuidadoso al penetrarme. Yo estaba excitadísimo con sus besos (todavía puedo recordar su aliento con un ligero gusto a alcohol), supe relajar el ano y no solo eso: podía sentir cada golpe de su pene sobre mi próstata, sus contracciones al eyacular y la explosión de energía vital que surgió de mi verga.
La experiencia fue iniciática y determinaría para siempre el rumbo de mi vida.
Miguel y él se hicieron novios exprés y nos invitó para el fin de semana siguiente a una fiesta. Cuando el anfitrión abrió la puerta de su depa, al entrar vi lo que a mí me pareció un mundo de hombres que bailaban, se abrazaban y besaban. Hasta entonces creía que éramos muy pocos.
Siete días después conocimos el Penthouse en el barrio de la Roma, y otros lugares para homosexuales las siguientes semanas.
En El Carmel, una cafetería de la Zona Rosa, me sedujo con su aire intelectual un hombre “maduro” de treinta y tres años. Se llamaba Jaime, era catedrático universitario y me dejé llevar a su estudio. Ya había leído en revistas y libros (que “casualmente” dejaba mi mamá sobre la mesita de lecturas), artículos o ensayos sobre homosexualidad y de cómo eran las relaciones sexuales entre hombres, así que por lo menos en teoría sabía lo que iba a pasar.
Después de charlar un rato, Jaime intuyó mi nula experiencia sexual y fue muy cuidadoso al penetrarme. Yo estaba excitadísimo con sus besos (todavía puedo recordar su aliento con un ligero gusto a alcohol), supe relajar el ano y no solo eso: podía sentir cada golpe de su pene sobre mi próstata, sus contracciones al eyacular y la explosión de energía vital que surgió de mi verga.
La experiencia fue iniciática y determinaría para siempre el rumbo de mi vida.
Hasta entonces mi itinerario diario había sido ejercer como amo de casa. Durante el día realizaba el aseo, preparaba la comida, cumplía con las tareas escolares, asistía al turno vespertino de la escuela preparatoria, y por la noche esperaba a que mamá (agotada) regresara del trabajo. Siempre la recibía en la puerta de la casa, con café caliente y pan sobre la mesa. Hablábamos de lo acontecido en el día. Ya en su recámara, mientras le masajeaba las piernas o su espalda, platicábamos sobre su historia, la historia de nuestra familia, sus anhelos, sus amores y sueños. Yo amaba confortarla, era su confidente, éramos amigos.
Así que cuando vio un cambio tan radical en mi comportamiento (como el que los fines de semana me dejaran diferentes autos a la una o dos de la mañana), decidió encararme.
Esa noche abrí la puerta de la casa, entré de puntitas para pasar desapercibido cuando escuché su voz decir:
Así que cuando vio un cambio tan radical en mi comportamiento (como el que los fines de semana me dejaran diferentes autos a la una o dos de la mañana), decidió encararme.
Esa noche abrí la puerta de la casa, entré de puntitas para pasar desapercibido cuando escuché su voz decir:
—Carlos…
Entré al cuarto, me invitó a tomar asiento, lo hice, pero en la orilla más extrema de su cama.
—¿Qué está pasando? —Preguntó, y di alguna respuesta tonta.
—¿Qué está pasando? —Insistió. De nuevo contesté algo más tonto.
—¿Qué está pasando? —Martilló implacable una y otra vez hasta que me rompí. Le conté todo. En algún momento le dije que yo creía que era mujer, ella hizo una especie de risa amarga y me afirmó:
—No Carlos, no eres mujer, eres un hombre homosexual… —Estallé en llanto y temblores.
—¿Sabes que puedes cambiar, verdad?... ¿Deseas cambiar?, —cuestionó serena.
—¡No!, he soñado con esto toda mi vida… —Repliqué.
—¿Ves? Eso prueba que ya decides como un hombre... Y a partir de ahora vivirás como un hombre.
—¿Qué está pasando? —Preguntó, y di alguna respuesta tonta.
—¿Qué está pasando? —Insistió. De nuevo contesté algo más tonto.
—¿Qué está pasando? —Martilló implacable una y otra vez hasta que me rompí. Le conté todo. En algún momento le dije que yo creía que era mujer, ella hizo una especie de risa amarga y me afirmó:
—No Carlos, no eres mujer, eres un hombre homosexual… —Estallé en llanto y temblores.
—¿Sabes que puedes cambiar, verdad?... ¿Deseas cambiar?, —cuestionó serena.
—¡No!, he soñado con esto toda mi vida… —Repliqué.
—¿Ves? Eso prueba que ya decides como un hombre... Y a partir de ahora vivirás como un hombre.
Finalmente sentenció:
—Debes irte de la casa.
Una semana antes de que yo cumpliera 18 años, con una mochila al hombro, salía del hogar ante la mirada atónita de mi hermano Fidel. Perdía mi entrañable madriguera y a cambio de ello, me entregaban el MUNDO.



