jueves, 5 de octubre de 2023

1994 José

                                                                                                                                                                                                                    1994 José



   Lo primero que vi de él fueron sus tremendas manotas. Íbamos en el metro y cuando busqué el tubo para sostenerme, atraparon mi mirada, eran enormes y tostadas como él, alto y delgado, pantalón, camisa y calzado formal, un casquete corto bien peinado. Tenía 25 años. Al bajar del vagón notó que lo seguía y me saludó. Era texcocano y quedamos de salir el siguiente fin de semana para ir a bailar al Butterfly.

   Esa noche, yo estaba ansioso por dejar ese lugar y llevarlo a la cama, aunque él se veía más entusiasmado por la bebida. No hubo manera de sacarlo del antro hasta que lo cerraron cerca de la madrugada. Ya en mi casa, apenas si pudo quitarse la ropa y tumbarse en la cama. De inmediato me lancé sobre él, hambriento de su cuerpo y boca; sin embargo no se mostró tan ardiente. Su verga estaba flácida, pero lamer los dedotes de sus hermosas manos me excitaba igual que si la tuviera dura. De nuestros labios apenas si nacieron algunos besos viscosos. Él se volteó boca abajo y le pregunté si me dejaba entrar, movió la cabeza en señal de afirmación. Lo hice enseguida, aunque fue frustrante no poder compartir a dúo el placer que me estaba brindando.
Seguía dormido hacia el mediodía del domingo. -A veces pasa-, me decía a mí mismo, y encontré consuelo al pensar que la próxima vez valdría por dos.

   Llegó un nuevo sábado, otra visita a la discoteca, otro maratón trasnochado de licor y el mismo bulto de carne sobre mi cama. Yo contemplaba su cuerpo tendido, midiendo sus enormes extremidades con mi lengua y el deseo atorado. —Tal vez mañana después de un baño—, negocié con mi mente e intenté dormir. En algún momento me abrazó por la espalda. No sé cuánto tiempo pasó, y de repente comencé a sentir en las piernas un líquido caliente que me despertó, en unos segundos supe que… ¡se estaba meando en la cama! Lo sacudí enérgicamente pero no se inmutó, el chorro de orina seguía saliendo y solamente se me ocurrió amontonar contra su pubis la sábana, que quedó empapada en un instante. Yo estaba encabronado y seguía tratando de despertarlo, pero fue inútil.
Varias horas después abrió los ojos, se dio cuenta de lo que pasó y……… le dio risa.

   Cuando nos despedimos en el portón de mi casa, expresó lo que pareció una disculpa, que no me interesaba oír. Lo vi alejarse por la calle mientras lamentaba saber que no volvería a “disfrutar” de ese colosal (y húmedo) macho.