BITÁCORA DE
VIAJES
Desde que era pequeño oí decir a mi madre que las drogas eran para los débiles de espíritu. Nos contaba la historia de uno de sus compañeros de entrenamiento, durante la época en que ella fue atleta de alto nivel.
Era un joven corredor velocista que se acercó a un grupo de toxicómanos para rescatarlos de su adicción. El chico no solo fracasó en el intento, sino que quedó atrapado en el mundo de las drogas, cayó en desgracia y murió en alguna calle, entre la basura.
Creer en ese "cuento del coco" nos mantendría alejados de las drogas durante la adolescencia, pero a decir verdad, tampoco conocí a alguien que las consumiera antes de que yo entrara al mundo gay.
Después,
cuando tuve relaciones sexuales con otros hombres que fumaban marihuana, simplemente mantuve distancia de sus motivaciones, hasta que me enamoré de
Francisco, que la fumaba diario. Al principio tuve conflictos por el hecho de
que lo hiciera, pero finalmente decidí probarla para poder juzgar desde mi
propia experiencia.
Digamos que sentí por ella algo de aprecio y otro tanto de indiferencia. Su efecto fue similar al que yo veía en Pancho y muchos otros conocidos a lo largo de mi vida: relajación, empatía y un aumento en la capacidad sensorial. Aun así, no la volví a consumir hasta casi una década después.
Digamos que sentí por ella algo de aprecio y otro tanto de indiferencia. Su efecto fue similar al que yo veía en Pancho y muchos otros conocidos a lo largo de mi vida: relajación, empatía y un aumento en la capacidad sensorial. Aun así, no la volví a consumir hasta casi una década después.
Irónicamente, durante ese intermedio, en el que
hice trabajo psicoterapéutico con el grupo SEXPOL, probé sustancias mucho más
poderosas. No sé si mi facilidad para la introyección (pues desde niño llevaba
décadas hablando conmigo mismo), el trabajo de desarrollo interior y las
puertas que esas drogas abrieron en mi cerebro se combinaron, porque cuando
volví a fumar marihuana, lo que debería ser un momento de laxa “pachequez”, se
tornaría en experiencias que no le pedían mucho a las vividas con aquellas
drogas fuertes.
Esta
serie, reúne relatos cortos que pretenden describir mis “viajes” con diferentes
sustancias que alteran la percepción de la conciencia y realizados a lo largo de
mi vida, al tiempo que retratan brevemente el contexto cotidiano en que
sucedieron. Recomiendo que se lean cuando aparecen como complemento en las
narraciones de la serie ANTOLOGÍA DE PITOS Y LEYENDAS para ampliar el campo de visión desde el cual se miran.
Carlos Ugarte L. 2020, año de la Pandemia

